13 ene. 2026

Armónicas de buena vida

Hace casi 40 años, don Villalba llegó a Paraguay y desde entonces se dedica a la venta. Actualmente lleva más de 15 años vendiendo armónicas bajo un árbol en la vía pública de San Lorenzo. Te invitamos a conocer la historia de este pintoresco uruguayo.

Foto: Fernando Franceschelli.

Sentado en medio de todo el bullicio mañanero, bajo la sombra de un frondoso árbol y en la vereda de un punto muy concurrido, en el centro de San Lorenzo. Ahí está don Miguel Ángel Villalba, en su improvisado puesto de venta, ordenando unas armónicas que apiló en el suelo.

Es muy curioso que este señor, de 79 años, se dedique a vender solamente el pequeño instrumento de viento desde hace más de 15 años. Una vez instalado en su lugar, saca de un bolso grande una pequeña radio portátil que dejó de funcionar. Abre el aparato por el medio y comienza a escudriñar entre los finos cables, usando un cuchillo desafilado que cumple la función de un destornillador.

Entretanto intenta solucionar el desperfecto, relata cómo empezó todo. “Antes mucha gente vendía —armónicas—, después la fueron dejando con el tiempo y ahora me quedé yo solo”, cuenta sin apartar la mirada de unos hilos de cobre sueltos. Quita la vista del aparato y con el ceño fruncido señala sus armónicas, para indicar que tiene dos variedades, una de 32 sonidos y otra de 48, con precios distintos. Explica que no las consigue en cualquier parte, solamente en Ciudad del Este. Precisamente un día antes había viajado hasta ahí. Como presumiendo, dice con una sonrisa: “Me fui solo”. De hecho vive solo, en una pieza de alquiler, en un barrio que se ubica entre Ñemby y San Antonio. No tiene esposa y tampoco hijos.

Todos los días se levanta muy temprano, como a las 6.00, y se dispone a salir para ganarse dignamente la vida. La mañana entera se dedica a vender y lo hace hasta el mediodía. Reconoce que por la edad ya no está en condiciones de soportar el calor de la tarde, así que a la siesta regresa a su casa. Los comerciantes de la misma cuadra no se quejan de él. Al contrario, dicen que es un señor de pocas palabras, reservado y de buen trato.

Exbailarín de tango

Además de vivir de la venta de armónicas, don Villalba tiene otra peculiaridad. Es uruguayo, de la ciudad de San Ramón, departamento de Canelones. Surge entre sus recuerdos el apodo con el que era conocido allá: Pelufo. Huyó de Uruguay en los años 70 a causa de la dictadura cívico-militar. Cuenta que, en consecuencia, en esa época ya no había qué comer. “Vine acá y era igual”, agrega encogiéndose de hombros. Le gusta Paraguay y ya no tiene pensado regresar para vivir en su país de origen. En casi 40 años, pocas veces fue de visita.

Su pintoresca apariencia delata su extranjerismo: sombrero de tango —un Fedora clásico a rayas—, que por debajo deja entrever sus cabellos blancos, camisa a rayas y pantalón de vestir. Sus calzados son negros y de puntas largas. Dice en tono discreto y cortante que, cuando joven, fue bailarín de tango, candombe y milonga, talento que se quedó en el tiempo. Para rememorar, los sábados escucha emisoras que pasan tango en sus programaciones.

Decide guardar la radio en el bolso, sin lograr solucionar el problema. En su casa continuará probando con más elementos a disposición. De a ratos se seca los ojos pardos con una toallita que saca del bolsillo del pantalón. “Es por un problema de la visión”, se excusa. Hasta el puesto llegan personas a preguntar, a comprar, o a conversar. Él muestra cómo se sopla para ejecutar: “Se mete entre los labios, llevando de un lado a otro”. Un joven le pregunta si trae partituras, y aunque la respuesta es no, igual se lleva una armónica. Al rato, una señora pide llevar tres, de 32 sonidos para sus nietos. Cuando se retiran los compradores, él resalta: "¿Viste que sí se vende?”. Aclara que el negocio es así, como cualquier otro. Algunos días se vende mucho; otros, poco o nada.

Con una genuina alegría cuenta que en todo este tiempo de vivir en Paraguay no aprendió a hablar en guaraní. No toma tereré por prescripción médica, porque le hace daño a la salud. Le gusta seguir el fútbol y el día a día de la política nacional.

Don Villalba no siempre está en un mismo lugar. También improvisa un puesto cerca del Palacio de Justicia de San Lorenzo y de Sajonia. Se dedicará a esto hasta que sus fuerzas se lo permitan. Toma una armónica —la de 48 sonidos— y la lleva a la boca, sopla y saca una nota. Ante la curiosidad, surge la pregunta de si sabe ejecutarla. Pícaro otra vez, sonríe y confiesa que no: solo las hace sonar para que la gente entienda que son armónicas y no barras de chocolate.

Un pequeño instrumento y el espíritu tanguero, componen una armoniosa vida.

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