15 may. 2026

Una carta para Rodrigo Leiva

En realidad no sé por dónde empezar. No sé cómo recordarte y si estas palabras alcanzarán a dimensionar siquiera la gran enseñanza que nos dejaste, querido Rodrigo Leiva.

Cuesta en este momento tener un pensamiento claro y que lo escrito no quede solamente como un montón de renglones en un espacio periódico dentro de un diario junto a otra diversidad de informaciones.

Más aún cuando sabemos que en unas horas, cuando llegue a la web, naufragará y, finalmente, terminará perdiéndose en el inmenso océano de contenidos digitales.

Como contenido escrito y millones de palabras escritas por segundo, este comentario terminará en el rincón lejano de la memoria del lector, lectora. Pero no importa, mayormente ese es el destino que debe tener la palabra escrita, la memoria.

Acá si importa valorizar tu vida y sobre todo honrar tu memoria, Rodri. Todos los que hemos tenido la ocasión de compartir tus sueños, conocer tu lucha y, finalmente, sentir como perdimos este partido cuando nos enteramos de tu partida el lunes 26 de enero al mediodía.

Aún cuenta digerir todo esto, ya que hace un año compartíamos contigo la alegría cuando tocabas la campana cerca de las tres de la tarde ahí en Clínicas, tres años después de iniciar tu tratamiento.

¿Qué nos llenó de tristeza? ¿Fue por otra vida que se apagó a causa del cáncer, la maldita enfermedad con la cual desde hace décadas lucha la humanidad y aún no logra vencerla del todo?

¿Fue porque tus sueños de ser un gran futbolista cuyo nombre corearían en los estadios y que también ayudaría a su familia no podrán cumplirse? ¿Fue porque sentimos también como nuestro, el esfuerzo que tu mamá Alba hacía cada día llamando a la solidaridad y estando a tu lado en el Hospital de Clínicas?

La respuesta la tendrá cada uno de los que estuvo pendiente de la salud de Rodrigo y de cómo también acompañaba sus sueños, su evolución y luego su día a día contra la enfermedad.

“Me gusta mucho jugar, cuando estoy en la cancha me siento libre y solo pienso en ganar y ayudar al equipo”, nos contabas aquella tarde noviembre del 2024, mientras con tus pies descalzos pateabas la pelota en el patio de tu casa.

En esa conversación nos habías contado que uno de tus sueños era asistir alguna vez a un partido en el Defensores del Chaco, ya que nunca habías ido al estadio.

También tenías otro sueño por cumplir: Conocer personalmente a Julio Enciso, a los otros jugadores de la Selección Paraguaya y al técnico Gustavo Alfaro.

“Hace poco, vencí al cáncer y me gustaría conocer a todo el plantel de la Selección, al profe Alfaro y a todos. Si me pueden dar la oportunidad, por favor. Chau”, habías dicho en un video en el que sostenías con una gran sonrisa, esa que tiene todo niño, una remera tuya que pintaste a mano con los colores albirrojos y el número 19 con el apellido Enciso.

El video había sido publicado a finales de mayo. En enero habías tocado la campana que indicaba el fin de tu tratamiento con quimioterapia. Luego volviste a la escuela, también volvías a jugar en la escuelita de fútbol de Libertad donde eras el número 9 indiscutible y por supuesto seguías con tus controles médicos.

A la Selección Paraguaya le quedaban aún dos partidos por las eliminatorias entre junio y setiembre. Su lugar de entrenamiento, el CARDE, no distaba mucho de la casa donde Rodri vivías con tu mamá y tus hermanitos y hermanitas.

A pesar de haberlo intentado y a través de contactos, no pudo darse el encuentro con tus ídolos y el técnico Alfaro.

¿Íbamos a intentarlo de nuevo este año, a pesar de no lograrlo, mientras se preparaban para ir al Mundial?

Sí, absolutamente sí. Sin ninguna duda. Porque si algo nos enseñaste con tu sonrisa de niño ilusionado querido Rodri, es a no rendirnos. Esa lección la recordaremos siempre. Te recordaremos siempre, querido hermanito.

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