30 nov. 2025

Un compromiso ético más allá de lo económico

A más de un año de haber alcanzado el anhelado Grado de Inversión, la euforia de los titulares ha dado paso a una realidad más sobria y exigente: La etiqueta “Baa3” (Moody’s) no borra por sí sola nuestras ineficiencias estructurales ni repara nuestras grietas morales. Si bien hemos logrado que el mundo financiero nos mire con nuevos ojos, validando nuestra disciplina macroeconómica, el verdadero examen de admisión no se rinde ante una calificadora de riesgo en Nueva York, sino ante la ciudadanía que, día a día, sigue esperando que esa solvencia técnica se traduzca en integridad institucional y bienestar tangible. Hoy, el desafío ya no es demostrar que podemos pagar nuestras deudas, sino probar que somos capaces de administrar nuestra abundancia con la misma ética con la que gestionamos nuestra escasez.

El capital extranjero (ese que buscamos seducir desde hace décadas) no es ingenuo. Busca rentabilidad, sí, pero huye de la incertidumbre. De nada sirve tener los impuestos más bajos de la región si mantenemos “ventanas rotas” en nuestro sistema judicial o si la burocracia sigue siendo un peaje para el emprendedor honesto y una alfombra roja para el amigo del poder. La institucionalidad es el verdadero activo subyacente de nuestra economía. Sin seguridad jurídica, el Grado de Inversión es solo un “trofeo de vitrina” que corre el riesgo de empolvarse mientras la inversión real pasa de largo hacia vecinos más serios.

Desde la visión de la Asociación de Empresarios Cristianos (ADEC) entendemos que la competitividad no puede divorciarse de los valores. Desde el mundo empresarial, tenemos una cuota de responsabilidad ineludible. No podemos exigir un Estado eficiente y transparente si, puertas adentro, validamos la informalidad o si nuestra única estrategia de rentabilidad se basa en salarios bajos y evasión de normas. El “Grado de Inversión” empresarial implica elevar la vara de nuestra propia gestión: Invertir en innovación, dignificar el trabajo y competir por calidad, no por prebendas.

Estamos ante una encrucijada histórica. Tenemos la oportunidad única de transformar este sello de calidad financiera en un motor de desarrollo inclusivo. Pero para que la bonanza macroeconómica baje a la mesa de las familias paraguayas, necesitamos “limpiar la casa”. Necesitamos entender que la corrupción no es solo un problema moral, sino también es el impuesto más caro y regresivo que pagamos todos y el principal freno para que ese capital que ahora nos mira, decida quedarse. Paraguay ya demostró que sabe hacer bien los números.

Ahora debe demostrar que sabe hacer las cosas bien. El Grado de Inversión fue la invitación a la fiesta global; nuestra conducta ética e institucional será lo que decida si nos quedamos a bailar como protagonistas o si, por falta de seriedad, nos vuelven a cerrar la puerta.

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