28 jun. 2026

Tres miradas a la Magnifica humanitas: La IA no es una técnica (II)

La tecnología no es neutral. Esta afirmación del papa León XIV podría parecer controvertida. Se supone, desde cierta forma de pensar, que lo científico y lo tecnológico no deben entrañar valores. Los números no sienten. La ingeniería de un puente no dice nada al corazón. Una célula o un gas no son experimentados por los afectos. Son lo que son, conforme a sus componentes fisicoquímicos y a sus propiedades. Esa fue la ilusión del positivismo ilustrado que se nos predicó desde mediados del siglo XIX. El creer que el progreso ilimitado vendría de unas ciencias puramente objetivas, liberadas de toda consideración acerca del bien, del mal o de los fines de la existencia humana.

Para el papa Prevost, esto es un error que no supone negar el estatuto de las ciencias o el progreso. Ni el valor de la tecnología, pero esta no es un mero conjunto de instrumentos. En sí misma está cargada de una determinada concepción de la realidad que, en ciertos casos, socava el florecimiento del ser humano, lo manipula, lo reemplaza. Este fenómeno ya no puede comprenderse desde la concepción clásica –de Aristóteles a Tomás de Aquino– según la cual la técnica es un mero instrumento al servicio de fines humanos. Se trata de un giro que entrevió el filósofo Martin Heidegger a mediados del siglo pasado. El peligro de la técnica moderna, sostenía el alemán, no es ante todo práctico sino ontológico: La tecnología nos presenta todo –incluido el ser humano– como un recurso disponible, algo que puede ser calculado, organizado, optimizado y utilizado. Para comprender este cambio, permítaseme volver a la noción clásica de la técnica.

La técnica, para los clásicos –hasta bien entrado el siglo XX– era considerada nieta de la filosofía. La ciencia, o las ciencias, eran sus hijas. Filosofía, ciencia y tecnología formaban parte del árbol vital de la realidad. Y esa realidad era lo que era: Inteligible y comprensible por sus causas. Así, una casa se componía de materia –la madera–, forma –la de la vivienda–, causa eficiente –el constructor– y fin –habitarla–. La tecnología, martillos o guinches facilitaba la construcción. Eran las nietas que ayudaban al cálculo del constructor o al deseo de belleza del dueño.

Poco a poco ese instrumento, la tecnología, se fue apropiando de todo.

Ya no interesaba tanto para qué hacer algo, ni quién lo hacía. El cálculo y la eficiencia se apropiaron lentamente del deseo del dueño y del talento artístico del constructor. En este punto puede comprenderse la advertencia del papa León XIV. El problema no reside en los riesgos de un mal uso. La cuestión es más dramática: las herramientas, la tecnología, terminan por convertirse en lo único que importa y acaban dirigiendo todo el proceso.

Y ahí se inicia la deshumanización. Heidegger lo advirtió en 1954: Lo más peligroso de la técnica moderna no son sus artefactos, sino la forma de ver el mundo que instala en nosotros. La esencia de la técnica no es nada técnico. Es su visión de las cosas.

Ya no existe lo meramente instrumental –lo mismo que la encíclica dice de la IA– sino un modo de entender el mundo que reduce todo ente a recurso disponible. Somos lo que la técnica quiere que seamos. Todo artefacto técnico lleva consigo decisiones y prioridades: Lo que mide, lo que ignora, lo que optimiza y el modo en que clasifica personas y situaciones. (MH 104) ¿Resultado? El ser humano acaba subordinando su dignidad a la lógica de eficiencia impuesta por los algoritmos.

¿Y por qué esto es peligroso? Por varias razones. El ser humano no solamente es manipulado, sino que lo que siente o piensa es algo proyectado por algo anterior. Hay una –diría Heidegger– ontología anterior: Anónima. Por supuesto, esto entraña además una autocrítica. La inteligencia artificial no crea la soledad contemporánea, la encuentra. Encuentra una sociedad que ha perdido parte de su rostro humano y se ofrece como remedio. Llega con voz amable. Un amor robótico que aspira a reemplazar al eros o al ágape.

Frente a esto, la tradición cristiana, y la encíclica lo subraya, está la noción de imago Dei. Para la tradición cristiana, es una realidad inscrita en la estructura misma del ser humano. No es casual que uno de los autores más influyentes de nuestro tiempo, el historiador Yuval Noah Harari, sostenga que la dignidad humana es apenas, en último término, una narración, un relato. Nos lo contamos. Si la posición de Harari fuera correcta, los derechos humanos podrían ser cambiados con la narrativa dominante. Pero si la visión cristiana es la verdadera –como creo que es y Harari está equivocado–, existen límites que ninguna mayoría, ningún algoritmo y ningún poder tecnológico pueden violar.

El ser humano no es algo sino alguien cuyo valor no radica en su utilidad, sino en su origen y su destino trascendente. Y para que el ser humano sea consciente de ello, debe construir la ciudad de Dios en la tradición agustiniana del Papa, y no torres de Babel. ¿Cómo sería esto? Lo veremos en la última entrega.

Dr. en Filosofía
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