Me llamo Leonardo Terzaghi y nací el 20 de noviembre de 1933 en Apiano Gentile, provincia de Como, Milán, tan conocida por su hermoso lago. Soy el segundo de cuatro hermanos, dos varones y dos mujeres. Mi padre se llamaba Hermenegildo y mi madre Ángela, ambos muy trabajadores.
INICIOS
Sentí el llamado desde muy temprano, ya que en mi parroquia había un cura muy conocido por fomentar vocaciones. Tuve una infancia muy bella, una unión muy cercana con mi familia y, por supuesto, Dios hizo el resto.
Una vez concluida mi formación sacerdotal a los 28 años después de varios años de estudio y oración fui a Pietrelcina. Seguro a más de uno le sonará ese nombre. Fuimos con mi superior, mi formador, un sacerdote más y yo. Ahí conocí al padre Pío, una experiencia que nunca olvidaré; estuvimos como tres días y logré audiencia.
Conocer al padre Pío fue toda una experiencia. Recuerdo el momento como si fuera ayer. Fue el 17 de julio del año 1962. Llegamos el 16 a Pietrelcina, en el sur de Italia; la mañana siguiente, a las 05:00, como de costumbre, él rezaba la misa y duraba más de dos horas, el rito antiguo Preconcilio Vaticano II.
PREDICCIÓN
Llegó un momento en el que mi superior pidió que pasáramos al patio; él se encontraba ahí y fue un memento único. Una infinidad de gente pidiendo hablar con el santo y ahí estábamos.
Cuando me vio, me preguntó qué quería. “Podría ser mi guía espiritual y orar por mí”, le dije. Él accedió y me dijo: “Te llevarán a un lugar muy lejano, hijo mío”. De todas formas, a dónde, ¿A Sicilia? Le pregunté. “¡No!, mucho más lejos”, me dijo.
Entonces, preferí no comentárselo a mi madre, porque le iba a dar un paro cardiaco si le decía eso. Así que cuando llegó el momento de la reunión familiar, tras mi ordenación y la reunión con el padre Pío, simplemente saltó el tema.
Pues al año siguiente, ya estaba en Asunción del Paraguay. Todo era tan distinto. Provengo de Milán, la arquidiócesis más grande del mundo con más de dos mil parroquias; aquí, algo más que 90 actualmente; en aquel entonces, menos. Y así fue como llegué a La Piedad, fundada por el médico y ex ministro de Hacienda del presidente Félix Paiva, Andrés Barbero.
Qué honor. Dios, de esa forma, me dio la oportunidad de orar y obrar para reparar por mis pecados. Aunque la vida sacerdotal, como la vida misma, también tiene sus vueltas; me ordenaron viajar a Chile, para una misión pastoral en la Patagonia, en 1972.
Primero estuve en San Felipe, en la región de Aconcagua y posteriormente en Coyhaique, en la Patagonia chilena. Allí trabajábamos especialmente con niños provenientes del Archipiélago de los Chonos, una zona formada por miles de islas habitadas por familias de pescadores muy humildes. Eran comunidades extremadamente pobres.
MISIÓN
Nuestra congregación creó un hogar llamado Techo Fraterno, destinado a brindar alojamiento, educación y contención a los hijos de esas familias.
El objetivo era ofrecerles una oportunidad para construir un futuro mejor. Vivíamos también en Puerto Cisnes, un pueblo muy aislado sobre la costa del océano Pacífico. En aquella época el único contacto regular con el resto del país era un barco que llegaba aproximadamente cada quince días. Era una realidad muy distinta a la que había conocido en Italia.
Así, durante pleno invierno tocó mudar a los niños a la obra por barco durante la noche, todos parados íbamos. Fue una noche “inolvidable” llegamos y unas monjas de Coyhaique nos recibieron con una merienda. La casa de madera, confortable, pero había un pequeño detalle: le faltaba ventanas, con -20°C.
Al día siguiente, me dijeron: “Padrecito, no hay agua, por el frío extremo”. “¿Y de qué estamos rodeados?”, les digo. A juntar nieve, al fuego y hervir hasta abastecernos. Esas cosas que uno nunca olvidan; tras cuatro años de misión, después volví a La Piedad.
LA PIEDAD
“Cuando me muera, el tiempo no me servirá de nada. En cambio estos ladrillos servirán para albergar a desamparados con el dinero que ahorro”, solía decir Barbero a los que le criticaban por no ir gastar en más comodidades. Sí que tenía una visión a largo plazo ese hombre. Su obra hasta hoy perdura.
Tras 17 años ininterrumpidos como párroco, el obispo de ese entonces me envió en 1996 a Areguá, mi primer amor, ya que al llegar al Paraguay también anduve por ahí antes de instalarme en Asunción. Y fue ahí donde se me ocurrió el proyecto del campanario para la iglesia de La Candelaria, que tenía campanas rotas, pese a ser una hermosa edificación y faro de espiritualidad de la zona.
Así que me puse en campaña; había que juntar cien millones de guaraníes de la época, unos cincuenta mil dólares de la actualidad. Sí que se devaluó la plata, eh!
Pero con la comunidad de mi lado y Dios por supuesto, en cien días juntamos con mucho esfuerzo el dinero y pese a las adversidades pudimos cumplir con las obligaciones económicas contraidas tanto con el fabricante de campanas de Argentina y el contratista local del campanario.
MEDJUGORJE
Hay momentos en la vida que te quitan la paz, indiscutiblemente, pero Dios está ahí, siempre está. Y al final, ¿qué es la paz?
Como diría San Agustín, el gran erudito: “La paz es la armonía en el orden”. Por otro lado, el amor implica aceptación, que es lo que Dios nos pide, que lo aceptemos en nuestro corazón como Él nos acepta a nosotros con nuestras imperfecciones incluso. Nadie escapa al amor de Dios. Comprender eso fue lo que me ayudó en los momentos más difíciles, y los tuve.
Introduje por la gracia de Dios la devoción a Nuestra Señora de Medjugorje al Paraguay en los años noventa. Ella también es conocida como Nuestra Señora María Reina de la Paz.
En 1996 organizamos un gran Congreso Internacional en su honor. Y de ahí todo fue para adelante. Hoy es muy conocida y venerada; el mundo necesita cada vez más paz.
Me levanto todos los días a las 05:15, al confesionario a las 05:45, santa misa a las 06:15; después, 06:45 meditación y 07:30 desayuno para luego ya pasar a la oficina hasta el mediodía, siempre tengo algo qué hacer.
Así como nunca olvido lo que el padre Pío me dijo, que algún día me iría a vivir a un lugar lejos de casa, tampoco nunca olvidaré lo que un parroquiano me dijo cuando apenas tenía unos días de llegar al Paraguay: “Pa’i, che róga, nde róga”.
¡Que Dios bendiga al Paraguay, su hospitalidad y devoción por Nuestra Señora!
- “En 1996 organizamos un Congreso Internacional en honor a Nuestra Señora María Reina de la Paz. Y de ahí todo fue para adelante. Hoy es muy conocida”.