29 ago 2026

La teoría del hincha

Una teoría de los biólogos evolucionistas explica el fenómeno del hincha como una exitosa mutación genética que provoca la tendencia del humano a identificarse con la tribu, a construir elementos de identidad que le permitan sentirse parte de un grupo y que este lo acepte como miembro. Esa asociación a nivel afectivo producto de un gen mutado habría dado a sus portadores una enorme ventaja en la antesala de la civilización, cuando no éramos más que un puñado de simios incapaces de sobrevivir por separado. Quienes portaban la mutación tuvieron más chances de alcanzar la edad necesaria para procrear y dejar descendencia. Hoy, sus herederos genéticos gobiernan el planeta.

Esta teoría ratifica aquello de que el fútbol no son solo 22 hombres (o mujeres) disputándose un balón en una cancha, y explica por qué un evento que convoque a representantes de todas las tribus del mundo moderno (las naciones) genera un nivel de excitación colectiva imposible de replicar. El deporte de grupos en general y el fútbol, en particular, despierta al hincha tribal que llevamos enquistados en el ADN, al homínido que era capaz de superar sus naturales instintos de supervivencia, poniendo en riesgo su propia vida, para asegurar el alimento y la vida de los miembros de su clan.

Y con ese espíritu enarbolamos banderas, nos pintamos el rostro y componemos estribillos con una coreografía bélica, y presenciamos cada partido con el corazón en la boca, con una explosión de alegría o tristeza que escapan a cualquier razonamiento lógico. Resistirse o pretender juzgar estos arrebatos tribales no tienen el menor sentido. Es puro instinto, es lo que el largo proceso de evolución hizo de nosotros. En el pasado evitó nuestra extinción, en el presente nos otorga una tregua de la realidad, nos regala unos días de fantasía colectiva, la oportunidad de compartir un mismo sentimiento y un sentido de pertenencia por encima de las muchas diferencias personales.

Por supuesto que este postulado científico no justifica los excesos. La violencia o las rivalidades deportivas llevadas a niveles de odio homicida no tienen exculpación posible; después de todo, ningún humano moderno puede excusar sus acciones alegando una motivación genética. Si las emociones controlaran todas nuestras acciones la vida civilizada sería una quimera, el hombre sería el lobo del hombre, como dijera Hobbes.

Esta teoría, sin embargo, sí justifica el otro extremo, el que algunos hombres y mujeres (muy pocos) no desarrollen ese espíritu de pertenencia tribal ante el deporte, la religión o incluso el Estado nación. Refiere que no todos los sapiens modernos son descendientes de aquellos portadores de la mutación. Existe pues una minoría a la que toda la liturgia mundialista le resulta absolutamente indiferente. No le provoca sentimiento alguno. Y no es intencional, simplemente carece del gen futbolero. Esto no significa que no comparta con gusto el carnaval en el que se convierte su colectivo con cada evento deportivo e incluso religioso. Es como disfrutar de la fiesta de la Navidad, aunque no se comparta la creencia religiosa que la justifica.

Y en ese particular escenario nos encontramos hoy como tribu nacional. Dos o tres temas musicales se repiten machaconamente desde cada espacio mediático y las banderas y las camisetas nos uniforman como para ir a la guerra. No tiene sentido resistirse, solo relajarse y disfrutarlo.

Cuando la fiesta se acabe volveremos a desenterrar las hachas de guerra, recordaremos que en la tribu los caciques de turno no siempre tienen como prioridad la supervivencia del colectivo ni su bienestar, sino la permanencia en el poder y la perpetuidad de los privilegios que su ejercicio conlleva.

Pero ya habrá tiempo para eso. Por ahora, nos viene bien este recreo, este lapso mágico en el que la mayoría se conecta con todas las generaciones que le antecedieron, la memoria genética de millones de hinchas que miraban con estupor la inmensidad del universo y que solo conseguían mitigar el sentimiento de soledad sabiendo que contaba con los otros, con su gente, con su tribu. ¡Hoy somos Paraguay!

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