En el proceso de interpretación de la realidad que le rodea, el ser humano tiende últimamente a enfatizar dos aspectos que contribuyen a la formación de una opinión o de un criterio frente a los fenómenos de la vida: La subjetividad y el preconcepto.
Ciertamente, ambos factores acompañan desde siempre a la humanidad en su intento de descifrar los misterios de la existencia y mismo de la cotidianidad; pero en el posmodernismo que nos envuelve esos dos elementos vienen ganando fuerza, acompañados de un cúmulo cada vez más acentuado de desinformación, fanatismo y polarización.
Alejado cada vez más de los conocimientos que pueden brindar la ciencia o bien la experiencia empírica, y sumergido en oscurantismos varios, el ser humano actual se mueve –en general e influenciado por las redes sociales cada vez más tóxicas– en un escenario de incertidumbre e ignorancia en torno a los procesos que se encadenan para formar la temporalidad.
Distante de una herramienta fundamental para adquirir destrezas y aptitudes frente a la vida (es decir la lectura criteriosa) y envuelto en la luz y el ruido vacíos que emergen de pantallas y dispositivos, una persona común ve –la mayoría de las veces de manera inconsciente– cómo se desvanece su capacidad de discernimiento frente a los actos que observa gestarse frente a sus sentidos.
Agregado a lo anterior, la arrogancia de considerar que la razón está de su parte de manera constante y que la certeza le acompaña siempre, el humano actual gesta un relato, un discurso monotemático y que se erige como un signo monolítico de su condición. Ante la creencia de un modelo que siempre le beneficia en eventuales debates sobre el devenir, más bien se proyecta una sequedad, que le aísla de esa búsqueda de la verdad mediante la duda, de la experimentación real y de la humildad para superarse a sí mismo.
La excesiva subjetividad que ubica al sujeto de hoy frente a los fenómenos del mundo le hace navegar en un mar de relatos intrincados y de narrativa violenta, ante lo cual su reacción está cargada de poco criterio y de desconocimiento de las fuentes y de la manera en que se manifiestan el pensamiento y las acciones del ser humano. Cada uno saca sus conclusiones a prisa, a priori y sin la dialéctica necesaria para el balance correspondiente.
Tocar de oído y expresar ideas sin mucho sustento argumental o testimonial se volvió deporte nacional para una manada, que es liderada por ciertos influencers y gente que tiene acceso a una cámara y a un micrófono, propalando un peligroso pensamiento hueco o reaccionando ante el mundo mediante posturas muy cerradas e intolerantes, que retroalimentan la polarización y la violencia verbal, circunscribiendo el panorama en una puja entre blanco y negro, sin grises.
El preconcepto, es decir el llamado prejuicio o las condiciones socioculturales que acompañan a cualquiera, también encuentran mayor arraigo últimamente a la hora de descifrar el entorno y plasmar un análisis que le permita a la persona brindar su aporte en el intento de transformar su realidad. Al homogeneizarse eventuales variables y al mantenerse un relato casi único y hegemónico, las posibilidades se reducen en el debate de ideas o formas en que la humanidad puede escalar en la trama de la existencia.
Inserta en doctrinas o dogmas rígidos, alimentada por fanatismos y fundamentalismos renovados, la sociedad acusa recibo de peligrosas esferas totalitarias que se gestan y se evidencian ya en algunas interrelaciones humanas, con un poder casi centralizado que imprime rigor y obliga al rebaño a la obediencia ciega, sin contrapeso ni posibilidad de conflicto que llevase a romper los estrictos esquemas de las supremacías.
La voz cada vez más acallada de líderes, pensadores y hasta filósofos que iluminen el sendero y orienten hacia una convivencia más democrática, moldea el devenir en el que cada uno, sumergido en su individualismo, cree inyectar su dosis de verdad para imponer ideas, más que para la escucha correspondiente y la discusión constructiva. La poca lectura también afianza la brecha y diseña un pensamiento de pocas luces, fragmentado y exento de contribuir al enriquecimiento moral de la humanidad.