Desde antes de que Santiago Peña fuera elegido presidente del Paraguay, comencé a llamarlo Autómata del Bando de los Contrabandos, en estas filias y fobias. Mientras otros prefieren títere o marioneta para designarlo –hubo una lúcida estudiante secundaria sampedrana que lo comparó con Pinocho y lo animó a convertirse en humano–, prefiero este término por ciertas connotaciones maquínicas, de una frialdad célibe de que el personaje de Carlo Collodi carece. Por supuesto, presidente es un título que le queda muy grande a este economista-para-ricos-nacionales-y-extranjeros, por lo que no se acostumbra mucho a asociar aquí este cargo con Peña. En otras ocasiones, he preferido llamarlo El Estafeta, es decir, el Mensajero personal de Horacio Cartes, pero este servicio ya no es necesario últimamente. Ahora en sus viajes le hace los mandados a los bancos, al emporio agroexportador multinacional, al Departamento de Estado norteamericano y al Estado de Israel.
Me gusta llamarlo Autómata porque, a diferencia de los títeres, un androide de su calaña tiene, en realidad, una cierta autonomía compleja, pero es una autonomía totalmente programada por un ser humano. Es, en suma, un máquina sin interioridad, indolente. Me gusta decir, además, que forma parte del Bando de los Contrabandos, utilizando una expresión extraída de la novela Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos. Peña es un representante cabal de la casta colonial y, después, republicana que siempre manejó este país como una élite sin escrúpulos por naturaleza y definición: “Oligarcones” del ganado, el dinero espurio y la hipocresía política. Roa los describe incomparablemente mejor:
“Prole de los que traicionaron el levantamiento comunero. Aristócratas-iscariotes. Los que vendieron a Antequera por la maldición de los Treinta Dineros. Bando de los contrabandos. Bando de los escamoteadores de los derechos del común. Bastardos de aquella legión de encomenderos. Mancebos de la tierra y del garrote”.
Desde hace dos semanas, hay movilizaciones de diferentes sectores sociales que, por diferentes motivos, exigen atención de los poderes del Estado, pero sobre todo del esquivo Poder Ejecutivo que encabeza el Autómata. Presentan demandas sensibles de la población desde hace décadas, profundizadas precisamente por las políticas de ganancias financieras agroexportadoras e inmobiliarias que caracteriza al capitalismo vernáculo gestionado por economistas del Banco Central, como el mismo Peña. Las demandas tienen relación con la seguridad, el trabajo y el medio ambiente y provienen de campesinos, indígenas, profesionales de blanco y vecinos de comunidades.
Pero el Autómata de la Chetada se encuentra plácidamente abocado al disfrute y la promoción de una carrera automovilística en el Sur (donde compiten los apellidos stronistas de siempre, como en un club de amigos ampliado internacionalmente). Para Peña, sus mandantes reales y su granja de trolls el rally es, en efecto, un asunto de Estado central para el país. En su automatismo, Peña expresa no solo la indiferencia y la indolencia esenciales de su condición “robótica”; sino, sobre todo, el carácter desembozado del proyecto clasista que propugna el Partido Colorado con la hegemonía del cartismo.
Para estos connotados pillos de la clase alta generalmente asuncena, en connivencia con el pillaje internacional de las clases altas de la región, existen jerarquías entre los paraguayos: ciudadanos de primera, de segunda y de tercera. Estos dos últimos están al servicio de los primeros en el imaginario social de los cartistas: los de segunda son reproductores privilegiados de la ideología neoliberal, mientras los de tercera son trabajadores-esclavos de la acumulación capitalista y financiera del Paraguay colorado. Por esto es que nunca Peña recibió ni recibirá oficialmente a ninguno que esté por debajo de los primeros a los que responde: por cuestiones de clase.
El clasismo de este gobierno no tiene precedentes en Paraguay y se está convirtiendo, rápidamente, en una virtud social para quienes, en las capas medias-altas, viven a base de las prebendas y privilegios del Estado colorado. El Supremo roabastiano, respecto de un antepasado proargentino del Autómata, dictamina: “Despeño a Peña”. No es mala idea.