Llegó el momento de exigir sensibilidad, y no me refiero a las relaciones de pareja. El romance debe volver, pero en la política, desde la política, y que se expanda a todos los ámbitos de la vida. Ya no podemos ser simples migajeros. A los políticos les pedimos amor intenso, o nada.
Es necesario un político sensible, a quien le importe de nuevo el pobre, el vulnerable, las familias que luchan por mantenerse a salvo. Que vuelva a sentir, que le duela la desidia, que llore, intensamente, por aquel que sufre.
Este es el escenario en contraste que vivimos hoy en Paraguay y en el mundo. La política como servicio y construcción de igualdad y derecho se ha perdido. Los grupos políticos ingresan por sus propios intereses, pillos, aprovechados, mediocres y serviles.
En la política se acabó el amor y lo hemos permitido mientras sufrimos el abandono y desgaste de un mundo que nos agota cada día y nos mata la esperanza. Qué poco romántico.
¿En qué momento normalizamos que el político sea alguien tan lejano del amor al pueblo?
Qué cercanía tiene hacia nosotros una persona como Noelia Cabrera, o Hernán Rivas. (Se me ocurren otros nombres, pero no quiero ensuciar, con tanto asco, este texto que tenía el objetivo de generar esperanza).
No se puede alimentar que todo sea válido en la búsqueda del poder propio. El profesor brasileño Vanderlei Soela, un gran pensador de los problemas que preocupan al mundo, menciona precisamente este aspecto, que trata del desinterés de cuidar al pobre, y lo relaciona con el crecimiento de los movimientos de ultraderecha.
El problema cae de arriba hacia abajo y comienza por los grandes líderes del mundo.
“Hay una mirada poco interesada en cuidar de los pobres y de los derechos. Por ejemplo, que Trump se resista a participar de la Unesco, de organismos de la ONU. Todo esto que se logró en el pasado, que las naciones se reúnan para discutir, para que trabajen temas de interés común, y este viene a decir ‘no sirve para nada, esto solo es gasto de plata, no participamos, nosotros somos los importantes, nosotros mandamos, y no necesitamos estas cosas’, y no es así la vida en sociedad. La democracia supone cercanía, diálogo, tolerar la diferencia, y con esta ultraderecha, autoritaria, incluso las minorías, en su discurso, no encajan, aquellos grupos que están intentando poner la cabeza fuera y ser reconocidos en la sociedad”, expresa el especialista, que además es máster en Psicología, doctor en Administración y máster en Arts of Pastoral Counseling.
La sociedad que se construye de esta manera genera inseguridad y miedo. Se edifica un mundo no compatible con la vida humana, mientras se usan palabras hermosas como “libertad” para mentir.
La falta de sensibilidad afecta al político y, hay que decirlo, al empresario, principalmente, y esto se ve en la excesiva concentración de riqueza.
Vanderlei también hace referencia a este problema y para dar una explicación lúdica, compara a la riqueza con una pizza, a la que si la partimos en pedazos, casi completa acabaría en manos del 1%.
“Son recursos públicos, en nuestros países, que podrían ser aplicados a educación, salud, transporte, medioambiente, o a vivir en paz. Entonces, la pobreza, esta diferencia tan grande que el mundo va viviendo, es un contraascenso. Es un peligro, es una bomba reloj”, apunta.
No es normal. Se enriquecen de un día para otro, con mansiones y autos de lujo, y simplemente no les importa lo que sufren las personas vulnerables en los hospitales o en el transporte público. No es normal, es grosero.
El abuso del poder político, del poder público y del poder privado y su influencia, es grosero.
Hay que volver a exigir amor al pueblo a los políticos. Que el negocio sea por el bienestar, que los acuerdos sean por el desarrollo. Queremos estar mejor, no más migajas.