Esa parece ser la premisa del Gobierno a la hora de la propuesta de la mentada reforma del Sistema de Jubilaciones y Pensiones del sector público, más conocido como la Caja Fiscal. Según los sesudos análisis de expertos y el reconocimiento de las propias autoridades del Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), los cambios introducidos con el plan aprobado a las apuradas en la Cámara de Diputados no bastarán para sanar completamente la sangría que viene sufriendo hace más de una década.
Entonces, me pregunto para qué tanto apuro. No es lo mismo discutir un proyecto que todos conocemos apenas desde fin de año, que haber discutido el asunto propiamente desde hace años. Coincidimos que la cuestión no daba para más, que iba a explotar en cualquier momento, y que los ajustes son necesarios, pero cuál es de vuelta el motivo para hacerlo así tan rápido. Esto es imposición, son los votos puros y duros, aplastar el diálogo para hacer algo, aunque no sea suficiente. Así, literalmente peor es nada. De modo que seguimos ocupándonos de lo urgente, dejando de lado tantos asuntos importantes.
La cartera económica admite que la iniciativa no elimina el déficit, pero dice que se ahorrarán alrededor de 500 millones de dólares al año, aparentemente al menos por un quinquenio, cuando se necesitarán de nuevo más cambios. Cómo puede ser ahorro reducir pérdidas en un sistema, sin hacer lo suficiente con los aproximadamente 2.000 millones de dólares anuales de malgasto en el país (recursos valiosos que podrían ser mejor aprovechados).
Entiendo que ya son como 1.600 millones de dólares de déficit en una década, con ciudadanos de primera y de segunda en las jubilaciones, en medio de una discriminación exagerada que la terminamos costeando todos con nuestros impuestos. Sin embargo, la solución no debería quedarse en el parche que patea el verdadero problema más para adelante, al siguiente Gobierno, en un país donde cuesta tanto implementar políticas públicas. Es imperioso hacer más, aunque se aplaude lo hecho.
Mientras tanto, los servicios públicos son insuficientes, no nos alcanza la salud, la educación deja mucho que desear, tantos policías no pueden con toda la inseguridad, la infraestructura es escasa para las exigencias de la población, y el transporte público es el calvario diario de cientos de miles. También, una mayoría de los servidores públicos no comprenden su responsabilidad, o la eluden adrede, y los mandatarios o autoridades públicas se creen los patrones (destilan prepotencia y arrogancia) sin recordar que están ahí para representar al pueblo, solamente por citar algunos males.
Cómo pretendemos mejorar las prestaciones del Estado con esta misma estructura tributaria, o sostener las cajas previsionales con la misma cantidad de aportantes y el elevado nivel de informalidad. Insisto, la macroeconomía no llega la microeconomía, la paciencia de quienes menos tienen obviamente no es la misma de los que ganan más. Hay que apuntar a más desarrollo a la par del crecimiento económico.
Me llamó la atención –entre otras cosas– un evento ocurrido en estos días en la madre patria, donde una mujer ganó un millonario concurso, y brindó el ejemplo de cómo deberían comportarse los que más tienen: “No me da rabia compartir el bote con Hacienda, me parece justo. Soy una creyente de que las personas que más ingresos tienen deberían contribuir más para poder vivir en la sociedad tal y como la conocemos. Gracias al sistema de impuestos que tenemos en España, tenemos un gran sistema de servicios públicos. Así que no me da ninguna rabia, al contrario, considero que he podido llegar hasta aquí gracias a mis esfuerzos, pero también a las circunstancias que se han dado en mi vida, y parte de esas circunstancias han sido el producto de la formación que he tenido gracias a la escuela pública, a becas públicas, a la sanidad pública. Si puedo contribuir un poquito a que el resto siga disfrutando de esto, yo encantada”, expresó, según replica el periódico ABC.
Es decir, no podemos ambicionar mejorar con lo mismo. Hay que hacer más, hay que cooperar más, aunque cueste. Tienen que comprenderlo los que más tienen, y exigir realmente mejoras en el gasto público, porque son los que tienen más fuerza para ser solidarios. La recaudación muestra signos de haber alcanzado techo con la misma presión tributaria, así que es fundamental encontrar alternativas. Las necesidades lo demandan.