Tras la decisión del presidente de reajustar el salario mínimo por encima de la inflación, cierto canal de televisión recogió impresiones en las calles. El lugar elegido fue el Mercado 4. Allí, el cronista abordó a una señora, a quien llamaré Doña María, dueña de un comedor.
Consultada sobre los efectos del nuevo salario mínimo, respondió que eso no le afectaría. Insistente, el notero le preguntó, entonces, si subiría sus precios o reduciría sus porciones. La entrevistada retrucó que ni una cosa ni la otra, y que su estrategia para enfrentar una suba de costos era “rebuscarse” donde sus insumos fueran más baratos, porque subir precios podía hacerle perder clientes.
Sin saberlo, Doña María reveló un mecanismo que ayuda a explicar por qué un aumento del salario mínimo no se traslada directamente a la inflación. Muchas empresas, especialmente las pequeñas y expuestas a clientes sensibles al precio no pueden simplemente cargar todo el mayor costo al consumidor. Antes prueban otros ajustes, como buscar proveedores más baratos, resignar margen, reorganizar el trabajo o modificar la forma de producir.
Durante mucho tiempo, la pregunta dominante fue si el salario mínimo destruía o no el empleo. El traspaso a precios –«pass-through, en la jerga económica— recibió menos atención, aunque no estuvo ausente.
Mirando en retrospectiva, ese enfoque tenía cierta lógica. La información de precios era mucho más difícil de obtener hasta hace poco, mientras los datos de empleo estaban disponibles en encuestas y registros administrativos, los datos de precios por producto o comercio eran escasos.
Además, atribuir la causa del cambio de precios es empíricamente más difícil. Se necesita distinguir inflación general, choques sectoriales, cambios en la demanda, costos no salariales, competencia, tipo de cambio y otros factores. Por ejemplo, si un restaurante –uno de los sectores intensivos en mano de obra más estudiados– aumenta precios después de una suba del salario mínimo, cabe preguntarse, ¿fue por el salario, por alquileres, por alimentos o por inflación general?
No obstante, en las últimas tres décadas el tema ganó terreno y precisión empírica gracias a mejores datos desagregados, registros de ventas, precios online y cambios metodológicos en las investigaciones.
El punto de inflexión que contribuyó a erosionar la antigua certeza llegó con los estudios cuasiexperimentales de David Card y Alan Krueger hace 30 años. Surgió así otra pregunta: Si los aumentos del salario mínimo no se absorben principalmente mediante despidos, como antes se suponía, ¿quién paga el aumento?
La evidencia sugiere que operan varios mecanismos simultáneamente, entre ellos el empleo, precios, productividad, márgenes y reorganización. También sugiere que aumentos moderados del salario mínimo no suelen generar una inflación agregada relevante. Aun cuando el traspaso a precios puede ser considerable en ciertos sectores, los trabajadores afectados representan solo una parte del empleo total y esos sectores representan, a su vez, solo una parte de la canasta de consumo. Por ello, algunos precios pueden subir visiblemente, pero el IPC agregado suele aumentar muy poco.
Doña María no necesitó hablar de pass-through ni de márgenes ni de elasticidades. Le bastó con explicar cómo sobrevive un pequeño negocio y que no todo costo se puede cargar al cliente. A veces, se busca otro proveedor, se resigna margen, se reorganiza el trabajo o se acepta ganar menos. Una lección cotidiana de economía también puede venir de gente como usted o como yo.