Édgar Emilio Serín,
Cnel. (R) Ejército Paraguayo,
asesor jurídico Arzobispado de Asunción.
El objetivo del presente artículo es hacer entender el origen de un conflicto complejo, diferente a los conocidos en nuestra historia, originado en nuestras antípodas y que desafía globalmente a la comprensión y el análisis.
Voy a describir brevemente a un periodo histórico entre 1790 a 1909, cuyas consecuencias se proyectan hasta nuestros días pues, una parte, del actual problema de la seguridad de Paraguay se origina en el mar de China, hace 185 años.
A principios del siglo XIX, Inglaterra se encontraba en una frenética carrera por conquistar nuevos territorios y recursos. Ni el narcotráfico, ni el contrabando, ni el lavado de activos eran ilícitos.
El Imperio Británico comenzaba el proceso de liberalizar económicamente al mundo. Corría el año 1839 del siglo XIX; reinaba en dicho imperio chino el emperador Daoguang. En el Reino Unido, una joven reina Victoria y en nuestra novel República el doctor Gaspar Rodríguez de Francia, ya en su último año de vida.
China era la mayor potencia económica mundial por entonces, una tercera parte de la población mundial. No compraba nada, es decir, no comerciaba con los reinos occidentales de ultramar; en cambio, su porcelana y té, vendidos a un alto costo, enloquecían a la sociedad inglesa.
En contrapartida, lo que hechizaba a la sociedad china era el consumo del opio que, al ser adictivo, creaba una base de consumidores directos e indirectos.
Daoguang, preso del pánico, decide prohibir el consumo de la sustancia. En la India, dos comerciantes –William Jardine y James Matheson– mandan cultivar grandes cantidades de “las flores del mal” (la amapola) y de la mejor calidad, sin posibilidades de colocación en el mercado debido a la prohibición del emperador chino.
Jardine y Matheson acuden en protesta a la Corona, dándose inicio a la Primera Guerra del Opio. Derrotado, Daoguang cede parte de su territorio (Hong Kong) y con el dinero obtenido en cantidades industriales, aquellos crean un conocido banco, hasta hoy vigente en la plaza.
Aquí comienza la lucha contra las drogas. La ambición comercial de alguna potencia versus las medidas proteccionistas de la otra, con base en un mercado floreciente de consumidores.
Los demás reinos integrantes de lo que hoy conocemos como la Unión Europea, tratan de emular, en principio, el triunfo de la Corona británica reproduciendo el mismo modelo, intentando incluso “legalizar” el uso de lo que hoy conocemos como consumo recreativo, no farmacéutico, de los opiáceos.
Y aquí se producen dos hechos que incorporo al análisis; primero, la diáspora china a los puertos de Londres, San Francisco y Ámsterdam que, como consecuencia, produce un llamado de atención proteccionista de los Estados Unidos en relación con las consecuencias geopolíticas del fenómeno reciente; y segundo, la primera convención internacional estadounidense sobre las drogas, realizada en el año 1909.
Fíjense que los más agudos periodistas y demás estudiosos tanto nacionales como extranjeros que observan el fenómeno del narcotráfico en Latinoamérica hablan de la ineficacia policial y el fracaso militar en la lucha. Particularmente, no concuerdo con ellos.
Pienso que una base adictiva requiere preferentemente de educación y prevención, dándole énfasis al tratamiento médico, además del uso de la fuerza legal como última ratio.
Las drogas han acompañado los grandes cambios del mundo: la Colonia, el Imperialismo, la Guerra Fría y hoy a la globalización. El balance es terrible: poblaciones estigmatizadas, desplazadas, familias destrozadas e incontable cantidad de muertos. Pero como Estado, el problema no solo radica en una cuestión que atañe a la salud.
Lo más grave es la cantidad de traidores que mercan con el resultado. Fíjense que el emperador Daoguang pierde la batalla, con armas similares a los esquemas utilizados hoy. Sus peores enemigos eran sus propios compatriotas, nucleados en corporaciones de criminales organizados, denominadas triadas, con fuerte injerencia en la política.
Las causas por las cuales estas triadas hayan tenido tanto éxito, se resume en la existencia de un sistema complaciente, conformado por funcionarios venales, faltos de integridad y serviles a un capital con fuerza política que impone, a su vez, intereses corporativos en contra del interés común; aspectos que finalmente contribuyen al progresivo desmantelamiento del aparato estatal. Así como vamos, ese es nuestro futuro.
Es que a la historia, así como a la moda, muchas veces se la recicla.