En los últimos años de la carrera de arquitectura y como culminación de una serie de charlas sobre la “Formación Profesional”, el arquitecto uruguayo Nelson Bayardo finalizó su exposición sobre la misión del docente, con las siguientes palabras: “...Muchachos ... no se dejen embotellar el pensamiento. La conciencia es el último refugio de nuestra dignidad profesional…” mientras proyectaba en la pantalla la imagen de una conocida y oscura botella de gaseosa.
El incidente me viene a la memoria en estos días en que arrecia la publicidad que nos induce a consumir el contenido de las botellas. Tantas, de todos los colores y sabores, que el pensamiento tiene pocas chances de no ser “embotellado”. Y junto al aliento para el consumo, la actividad que moviliza su contenido: la intensa y extendida frivolidad sobre nuestras carencias y necesidades de todo orden.
Porque en nuestro país, el exceso de botellas y de la frivolidad, lastima y da lástima. No porque seamos puritanos y no gustemos de los placeres de la vida mundana. En absoluto, porque los entretenimientos: los juegos, el deporte, la vida en sociedad, son complementos necesarios de nuestras actividades. Y una distensión medida y proporcionada puede servir de expansión a los que trabajan o estudian; un complemento que permite romper la formalidad con algo banal.
Pero para muchos, la frivolidad ha pasado a ser un ejercicio, un negocio. Y para todos, un verdadero contrasentido.
Tanto que hasta la prensa le dedica grandes espacios; se regodea con lo frívolo y frivoliza hasta lo peor de nuestras características. Especialmente en el ámbito de la publicidad, cuando se aplica en promover el éxito, con una botella de contenido alcohólico en la mano. Pero como no hay que “escupir en el asado” de la prensa, pues ella se mueve en base a la publicidad, nadie se ocupa del tema. Es más, nadie DEBE ocuparse del tema.
Ni el asunto es combatido con el mismo rigor con el que se condena el consumo de las drogas o del tabaco. Tal pareciera que no se puede fumar pero beber alcohol… aparentemente, no es tan malo.
En un país pobre y carente como el nuestro, la deformación tiene operadores permanentes, porque “la frivolidad vende” según justifican algunos. Es una actividad lucrativa, un factor de logros y de éxitos. Pero la “galería de la fama” cuya estantería nos seduce, se nutre de escándalos; exhibiendo desnudos o desnudando intimidades.
Las miserias propias y las ajenas que deberían tener un marco de pudor y respeto hacia los que quieren mantenerse a salvo de estos desbordes.
Lo terrible es que conlleva un “daño colateral” no suficientemente dimensionado: que la frivolidad distiende el sentido de responsabilidad de una sociedad. Para convertir la tanguera expresión de Discépolo en una lacerante realidad: “todo es igual… nada es mejor”.
Hoy la fama está a la vuelta de cualquier reality televisivo en los que se ve a gente participando, muy oronda, en programas en los que se exhiben todas sus miserias. No para resolverlas sino para regodearse con ellas. Como para merecer un “like” en las redes; o para que sean motivo de burlas humillantes.
De la misma manera que la farándula es el sueño de muchas jovencitas y jovencitos, aunque -se sabe- que ese “mundo” contiene también los gérmenes de la violencia que solemos lamentar.
Es indudable que muchos de nuestros congéneres se revuelven incómodos ante el anonimato. Y a falta de virtudes con los que trascender, algunos deciden “pasar al frente” de otras maneras. Asumiendo desde luego, que habrá alguien interesado en visibilizar todo en homenaje a “la libertad de expresión” y la posibilidad de “arrasar” con la audiencia.
Creo que dicha libertad consiste efectivamente, en que cada quien se exprese sin censuras. Igual que los que decidimos pasar la página o cambiar de canal cuando lo que vemos no convoca nuestro interés. Porque a la libertad de escribir o hablar, está la libertad del que quiere -o no- leer, ver o escuchar.
Finalmente, si repasamos los factores que concurren a esta compleja ecuación: libertad de expresión, recursos laborales, rating, necesidad de publicitar negocios y servicios …¿en qué parte aparece el indispensable aporte de compromiso, educación y responsabilidad que todo medio debe a su audiencia? …
¿Y que todo ser humano se debe a sí mismo?