Es curioso lo que está ocurriendo con la cultura que va creando la inteligencia artificial. Se configura una suerte de realidad mágica, parafraseando a aquel soñador británico de odiseas espaciales, Arthur C. Clarke, para quien toda tecnología avanzada termina pareciéndose a la magia. Por mi parte, confieso que no creo que la inteligencia artificial ni las computadoras sean magia. Es tecnología pura y dura.
Pero el título de este artículo revela un argumento; el que las máquinas no piensan. Que la inteligencia supone un yo humano. Y, sin embargo, nuestra cultura exalta la inteligencia artificial mientras, subrepticiamente, arroja a las humanidades y, sobre todo, a la filosofía –por inútiles, se dice– al desván de los olvidos. ¿Qué decir de todo esto? Lo confieso, no es fácil exponer el tema. Aboquémonos, no obstante, a ello.
¿Puede la máquina pensar?
Una máquina, por más sofisticada que fuera, no piensa. Eso sí, calcula y configura, a lo más, una función instrumental. Manipula procesos y genera símbolos que comunican un significado, que son interpretados por los que crearon el instrumento: Los técnicos. Ellos son los inteligentes, los diseñadores que hacen que esas máquinas entiendan, razonen. Un algoritmo concede una información o calcula una decisión que le ha sido dada.
El conocimiento generado por la inteligencia artificial no es producto de una realidad natural –como sería la mente humana–, sino del contenido que sus creadores humanos le han dado.
Esto ya lo había entrevisto hacia 1980, el célebre filósofo John Searle, de la Universidad de Berkeley –nada sospechoso de dogmatismo religioso– con su famoso experimento del cuarto chino: Se pueden manipular sin errores símbolos chinos siguiendo un manual, sin entender una sola palabra de chino.
Un sistema puede manejar sintaxis, procesar signos según reglas previamente establecidas, sin entender su significado.
La computación es siempre accesoria a un manipulador humano, a un observador humano detrás. Calcular no es comprender. Imagínese si esto no fuera así: Un juez “decidiendo” con un algoritmo. La decisión de lo justo desde la máquina. Ahí el problema dejaría de ser tecnológico y pasaría a ser humano.
El fantasma del materialismo
¿Dónde radica la fascinación que idealiza a la inteligencia artificial como la gran utopía lograda? Creo que hay una tela invisible que la justifica: Es el materialismo reductivo que hoy permea muchos centros tecnológicos globales y que defiende la idea de que pensar es calcular, de que la inteligencia es solo procesamiento y de que el yo ya no es necesario. Paul y Patricia Churchland, profesores durante décadas en la Universidad de San Diego, han llegado a una conclusión radical: La mente no existe. En obras como Materia y Conciencia, sostienen que creencias, deseos, recuerdos o emociones no son realidades propiamente dichas, sino mitos de una “psicología popular” llamada a desaparecer.
El conocimiento generado por la inteligencia artificial no es producto de una realidad natural, sino del contenido que sus creadores humanos le han dado.
Recuerdo haberle preguntado esto a un gran intelectual paraguayo, materialista convencido: Si todo se reduce a materia, como argumentas, ¿de dónde viene el amor a tus hijos? Dudó y, ante su silencio, agregué: ¿Serían efecto químico, de la serotonina y la oxitocina tal vez? Nunca más me tocó el tema. Ahí está el punto cuando todo se reduce a procesos físicocerebrales, ya no hay amor, ni decisión, ni responsabilidad; solo conexiones y niveles químicos. Desaparece lo humano junto con la mente. Y si no hay mente ni yo, entonces basta con que una máquina calcule y procese para que se la llame “inteligente.”
Contra la corrupción no hay algoritmo
Hasta aquí, quizá algún lector me vea como un enemigo del progreso y la tecnología. No es así. Mi tarea es más modesta: Filosófica. Intento distinguir para comprender. La inteligencia artificial puede asistirnos en nuestras capacidades, pero no decirnos qué es la verdad, el bien ni qué significa ser humano.
Cuando una cultura reduce el ser humano a dato, se vacían la libertad, la responsabilidad y el sentido vocacional de las profesiones. Hoy reaparece la tentación materialista bajo nuevas formas, sustentada por el prestigio de la inteligencia artificial. Se confunde cálculo con inteligencia, deducción con decisión, algoritmo con libertad. Pero una máquina, por sofisticada que sea, solo ejecuta instrucciones.
El verdadero peligro no está en el avance de la inteligencia artificial, sino en una cultura que ha olvidado lo no calculable: el amor, la libertad...
La decisión humana surge precisamente allí donde la conclusión no se sigue necesariamente de las premisas, donde intervienen la prudencia, la contingencia y la responsabilidad, como enseñó la tradición clásica de la filosofía cristiana.
El verdadero peligro no está en el avance de la inteligencia artificial, sino en una cultura que ha olvidado lo no calculable: El amor, la libertad, el arte, la filosofía, lo simbólico y lo religioso. La crisis no es tecnológica, sino humana. Moral. Espiritual.
Esto vale también para la política, especialmente en países emergentes como el nuestro. Ningún algoritmo puede sustituir la responsabilidad moral que exige el bien común. Donde las instituciones son débiles y la corrupción se ha casi normalizado como en el Paraguay, la inteligencia artificial no va a corregir la misma. Se corre el riesgo de hacerla más “eficiente” en manos de burócratas inescrupulosos.