13 jun. 2024

Nuestro Frankenstein posmoderno

El variopinto espectáculo –ascendente en circunstancias surrealistas y disruptivas– que viene brindando casi de manera cotidiana la clase política, obliga a aguzar la imaginación con el fin de proyectar, y hasta anticipar, similares circunstancias a futuro, en enlaces que van de la desvergüenza al ridículo, directo y sin escalas. La competencia por exponerse con pompa y boato en menesteres alejados del rol que compete a los representantes del pueblo, raya la condición de mercado persa y cunde el “vale todo” a la hora de esgrimir alguna que otra idea, sin el mínimo criterio de sostener algún proyecto o defender planes en beneficio de la ciudadanía, sino para el mero tiroteo y la descalificación hacia quien osa alguna crítica.

En ese vaivén atroz de dimes y diretes, de sofismos y expresiones anodinas, circula el biorritmo propio en ámbitos como el Congreso Nacional, otrora claustro de connotadas figuras públicas, estudiosos de leyes, académicos, formadores de generaciones y con capacidad de análisis, que era volcada en históricas sesiones a la hora de debatir los proyectos. Hoy nos queda un triste espectáculo de verborragia soez, bailecitos ridículos en TikTok y un tren de vaguedades que hunden las esperanzas de los votantes.

Los demás poderes del Estado no se quedan atrás en el afán de dejar expuesta su ineficiencia y en soltar justificativos baratos como respuesta a los reclamos de la gente. Se busca dejar bajo la alfombra los crasos errores de la administración, imprimir el recambio en los cargos, algún maquillaje rápido y que todo siga circulando igual, total la ciudadanía poco y nada participa en las discusiones nacionales.

En todo círculo vicioso hay punteros especialistas en batir su propio récord de burla hacia la población y desaciertos en sus cargos. El reciente y lamentable menosprecio del senador Javier Vera hacia los pueblos originarios y su maltrato a una funcionaria indígena del Senado, con amenazas de por medio, resulta un eslabón más a la cadena de perplejidades que ocurren en un ámbito que naturalmente está para encontrar soluciones a los flagelos de muchos paraguayos, y donde los representantes deben abogar por la armonía general.

A la hora de repartir culpas sobre la podredumbre que reina en las altas esferas del poder, se debe ubicar en la punta de la pirámide a una población narcotizada, que acude a las urnas sin la mínima condición para saber elegir y evidenciar de quién se trata el o la candidata que busca ganar su voto.

Y de vuelta asistimos al círculo vicioso de un Estado que no educa adecuadamente, que no brinda las herramientas para saber discernir y solo catapulta a sectores ya atornillados a los estamentos de decisión, recursos monetarios de por medio, para que todo continúe bajo el imperio del statu quo, sin grandes cambios.

No se evidencia algún aporte dentro del sistema educativo para formar a ciudadanos criteriosos, con instrucción cívica, capaces de diferenciar entre quienes solo están colgados de la prebenda y anhelan perpetuar el clientelismo, y los que hacen mérito para acceder a un curul en beneficio de la ciudadanía.

Si la espiral sigue ese ritmo ascendente y nos vemos en un futuro gobernados por simios en potencia, que disimulan su falta de preparación con meros comunicados en redes, pero no son capaces de asumir de frente su ignorancia, habremos de ingresar a un inframundo donde un ejército de Frankenstein dominará el espectro y nos marcará la pauta, sin espacio para el debate o la crítica.

Recordemos que Mary Shelley, con su libro Frankenstein, nos hace reflexionar sobre los peligros de la ambición desmedida y la falta de responsabilidad ante las creaciones humanas; un monstruo que crece sin gobierno ni orientación, esa atrocidad perpetrada desde la misma sociedad, que luego mira anonadada cómo le reducen sus derechos, cómo cae en las burlas del poder y cómo sus esperanzas se reducen a cenizas.

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