Hace un año la vida nos dio una señal. El recordado padre Aldo Trento y el querido artista Koki Ruiz emprendieron su viaje eterno el mismo día, el viernes 20 de diciembre de 2024. Ambos dejaron huellas en nuestra sociedad, ambos brillaron a su manera, no a través de los típicos oropeles de la vanidad, sino por la auténtica joya humana de su entrega personal a las labores sociales, solidarias y artísticas de rescate cultural paraguayo, inspirados de diversas maneras en las raíces cristianas de nuestra identidad profunda.
A veces, la vida, asombra con estos acontecimientos y es como si nos hablara en voz alta, creo que valdría la pena escucharla.
Koki Ruiz no solo rescató la Semana Santa tradicional en la mítica Tañarandy y le dotó de arte comunitario a las festividades religiosas, también supo atraer y rescatar para nuestra generación ese sereno y gozoso orgullo de saber colaborar juntos para hacer una obra bella. Así nos hizo participar de sus famosos retablos de coco, maíz y calabazas que tanto admiraron los de fuera y los locales durante la visita del papa Francisco en 2015, luego nos emocionó con el retrato de la Chiquitunga, primera beata paraguaya, a quien le tenía afecto sincero, y nos unió a su obra aceptando como pequeña ofrenda nuestros rosarios personales y familiares de forma realmente creativa y significativa.
El padre Aldo, que vino de Italia, pero se hizo más paraguayo que muchos, puso en juego toda su personalidad, toda su pasión, a la caridad y al rescate cultural de la beneficencia encarada como gesto de humanidad, de crecimiento personal y de encuentro comunitario.
Ambos retomaron con seriedad el legado cultural de los primeros evangelizadores jesuitas, en las famosas misiones del Paraguay, con expresiones de singular belleza. Ambos fueron reconocidos por el papa Francisco y por las autoridades nacionales, ambos gozaron del cariño y la admiración de los ciudadanos de a pie que se identificaron con su admirable y creativa tarea humanizante.
La palabra feriado viene del latín feria, que significaba día de fiesta, y el sufijo verbal -ado, indica que este día festivo es en agradecimiento por haber recibido algo. He ahí el motivo por el cual sería interesante marcar un día especial para rescatar en nuestra memoria colectiva, tan frágil, la figura de estos dos seres humanos que la providencia nos puso en el mismo tiempo vital para darnos, para regalarnos un mensaje positivo: “La belleza salva al mundo”, como diría Dostoievski. Pero no una belleza desencarnada y reducida para el deleite de unos pocos “especialistas”, sino una belleza palpable en el jopói caritativo y cultural comunitario.
Es notable, jopói en guaraní significa regalo o don, y se refiere al intercambio gratuito y solidario de bienes, gestos y palabras para la ayuda mutua y el bien común. El jopói es una forma de vida que constituye parte de nuestra herencia cultural más noble.
¿Por qué no dedicar este día 20 de diciembre al Día Nacional del Jopói, en homenaje a estos amigos que tanto bien nos hicieron a los paraguayos? Lo pueden declarar oficialmente o no, pero lo lindo sería que lo adoptáramos abajo, nosotros, viviendo y gestando en este día especial experiencias sencillas y significativas de jopói, de gratuidad, de ayuda mutua, de compartir juntos gestos simples y concretos cargados de sentido.
¿No sería una buena forma de hacer memoria y, a la vez, de empezar a vivir la Navidad con un renovado sentido de pertenencia, de autenticidad, de superación del plagueo y de la autocompasión, para permitirnos vivir de corazón lo que el alma nos reclama en estos días de fin de año?
Creo que, a lo paraguayo, encontraremos mil formas creativas de vivir este Día Nacional del Jopói, con un guiño de ternura y agradecimiento al padre Aldo y al artista Koki Ruiz, ambos de feliz recuerdo.