30 jul 2026

El natalicio del Mariscal y la evacuación de Humaitá

El 24 de julio no era una fecha cualquiera en el Paraguay, era el natalicio del Mariscal Francisco Solano López y, junto con el 16 de octubre, aniversario de su asunción a la presidencia, constituía la celebración cívica más importante del calendario oficial. Lo que nadie podía prever es que esa misma liturgia de adulación iba a servir, en 1868, como cobertura para una de las operaciones más audaces de la guerra: la evacuación de la fortaleza de Humaitá.

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Estado en que quedó la iglesia de Humaitá al momento del abandono, mejorada con IA.

Foto: De la Biblioteca digital Luso-Brasileira.

Para julio de 1868, Humaitá era un cadáver que se negaba a morir. Francisco Solano López había evacuado el grueso de su ejército hacia San Fernando meses antes, dejando la fortaleza “aislada y entregada exclusivamente su defensa á su propia guarnición”, según las palabras de Juan Crisóstomo Centurión, quien confirma el cuadro en sus Memorias o reminiscencias. Los aliados habían estrechado el cerco: el ejército brasileño extendía su línea desde Cierva hasta el Espinillo, y el argentino desde allí hasta Paso Pucú. La escuadra de acorazados dominaba el río.

Centurión precisa la composición de la guarnición: unos tres mil hombres y trescientas mujeres, con diecisiete canoas para su transporte. El capitán de fragata Pedro V. Gill, jefe de la línea de tierra, ofrece una lista más detallada de las fuerzas en su testimonio a Zeballos: los batallones 12, 36, 38, 4, 25, 21, 3, 41 y 45 de línea, varios regimientos de caballería y los artilleros al mando del teniente coronel Pedro Hermosa. La plaza contaba con más de 180 cañones de entre calibre 4 y 68 en la línea de tierra, y en la línea de agua las piezas de 68, el legendario cañón Guaraní de calibre 150, y más de cien piezas de 32 y 24. Pero no había infantería para cubrir las dos leguas de trinchera: había que colocar “un soldado cada 10 varas, acudiendo los demás al punto amenazado”.

Max von Versen, el austro-húngaro prisionero de López, nos describe el camino que tomaron para la evacuación en su libro Viaje por América y la Guerra Sudamericana anota:

“… desde Humaitá hasta Timbó, cruzaron nuevamente en chalupas el impetuoso Río Bermejo, y finalmente otra vez el Río Paraguay en barco de vapor desde Monte Lindo una milla río abajo hasta el puerto del nuevo campamento en el Tebicuary”.

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Cañones abandonados frente al Cuartel General del Mariscal López, mejorada con IA.

Foto: De la Biblioteca digital Luso-Brasileira.

Las provisiones se acababan. Federico Masterman, el boticario inglés que trabajaba para el ejercito paraguayo, escribe que los defensores “se alimentaban con los cueros de los animales, que comían después de cocerlos”. Centurión indica que ya en julio “empezó á sentirse su escasez”. Los mensajeros que comunicaban la plaza con el cuartel general del Mariscal lo hacían a pie, burlando las avanzadas enemigas en el Chaco, y algunos perecían en el intento.

El mando era inestable. El coronel Paulino Alén, comandante de la plaza, había propuesto a López evacuar la fortaleza rompiendo la línea del sitio por tierra, hacia el Pilar. López rechazó el plan. Alén, según Resquín en sus Datos históricos, intentó suicidarse. Pedro V. Gill, que lo vivió de cerca, confirma y amplía: Alén “se hirió con un revólver en la cara y el vientre”, y que el hombre estaba desesperado y medio loco”, al punto que un día bajó al río con uniforme y espada y empezó a caminar hacia el agua, debiendo ser rescatado. El mando pasó entonces al coronel Francisco Martínez, segundo comandante.

López envió finalmente la orden de evacuación por el Chaco. El portador fue el capitán Patricio Escobar —futuro presidente de la República—, entonces ayudante de campo del Mariscal. Centurión recoge los detalles de la misión: López le dio un plazo de veinticuatro horas para llegar a Timbó, desde donde debía pasar a Humaitá burlando la vigilancia enemiga. Escobar “salió de San Fernando á media noche yendo por posta por el camino del chaco, y llegó á su destino á las 12 del día 23”. Cuando se le cansó el caballo, hizo el resto del camino a pie hasta Timbó. De allí, acompañado por el sargento Machuca, bajó de noche a la orilla del río, y “subieron sobre un fuerte embalsado de camalotes y aguapées y bogando con las manos salieron á la corriente del río, que los empujó hasta Humaitá, donde llegaron después de 8 horas de pacífica y lenta navegación”.

Las instrucciones de López, según el testimonio de Gill a Zeballos, eran claras: permanecer hasta agotar los víveres y, llegado ese momento, “retirar las tropas de la manera más prudente por el Chaco, abandonando el armamento y municiones después de inutilizarlos”. Se debían preparar minas explosivas en los alrededores de la fortaleza —cosa que no se cumplió— y el mando debía seguir la cadena de sucesión: Alén, Martínez, Cabral, Gill, Hermosa, Orzusa.

La decisión de utilizar la celebración del natalicio del Mariscal como cobertura para la evacuación fue tomada por el consejo de guerra de la guarnición. Pedro V. Gill lo formula con la precisión del testigo directo:

“El consejo de guerra resolvió la evacuación el 23 de julio, víspera del santo de López. Para engañar a los aliados, la guarnición hizo una gran fiesta en honor de López el 23, iluminando el campo con faros de aceite con mecha y haciendo tocar las bandas en toda la costa. Las fogatas eran numerosas. Se hizo salvas con todas las piezas alternativamente en todas las baterías”.

Centurión ofrece el relato más detallado del mecanismo del engaño. Los preparativos habían comenzado días antes, con trabajos que incluyeron la construcción de dos chatas pequeñas con las tablas del cielorraso de la iglesia de Humaitá, armadas con cañoncitos de a 4, y la apertura de un canal para introducir las embarcaciones en la laguna Yberá. En la trinchera de Isla Poí, a corta distancia de la ribera, se emplazaron piezas de campaña para proteger el desembarco. Los heridos y las mujeres fueron trasladados al Chaco con anticipación.

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Cuartel General del Mariscal López, hoy convertido en museo; se puede apreciar un hermoso portal ya desaparecido (mejorada con IA).

Foto: De la Biblioteca digital Luso-Brasileira.

La noche del 23 fue la clave de la operación:

“El 23, víspera del natalicio del Mariscal, empezó la banda á tocar piezas escojidas y por la noche hubo bailes á son de banda, con el entusiasmo y animación de costumbre, á fin de que el enemigo no sea percibiera de los trabajos de la desocupación. El 24, con mayor razón, continuaba la banda tocando con furia”.

Mientras la música festiva sonaba a todo volumen, los jefes de división Gill, Cabral y Hermosa “procedieron á inutilizar los parques, clavar los cañones y echar al agua ó bajo la barranca todos los que estaban colocados sobre el río”. A medianoche comenzó el pasaje de las tropas por cuerpos, dejando en cada división una guardia de observación con orden de presentarse al amanecer en el puerto.

Von Versen describió el engaño desde dentro:

“Algunos cañones pesados fueron arrastrados por 20 y 30 bueyes, durante el día se colocaban troncos de árboles en lugar de los cañones en las murallas y se aplicaban tales engaños con éxito”.

La operación, sin embargo, no concluyó a tiempo. Al amanecer del 24, la aglomeración de gente y la insuficiencia de las embarcaciones habían impedido completar el cruce. Centurión describe la solución improvisada: las guardias recibieron orden de volver a sus puestos “dando vivas y otras manifestaciones de alegría y entusiasmo con la idea siempre de que el enemigo no sospechara lo que se estaba haciendo”. A las dos de la tarde del 24, sin que los sitiadores se hubiesen apercibido de nada, Martínez dispuso continuar el pasaje, que terminó a las cuatro.

“El último que se embarcó fué un piquete de 50 hombres que guarnecía la trinchera del Este de Humaitá, y que á la par de los otros, estuvo haciendo fuego para engañar al enemigo hasta retirarse definitivamente”.

Cuando la última canoa atracó en el Chaco, los defensores vieron asomarse sobre la barranca de Humaitá a un pelotón de caballería enemiga. El teniente Juan Acencio Roa, según la nota a pie de página de Centurión, mandó hacer fuego con una pieza de a 32 sobre el pelotón. Humaitá —la fortaleza que los aliados no habían podido tomar a viva fuerza en años de sitio— caía sin un solo combatiente dentro de sus muros.

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Monumento al Mariscal Francisco Solano López en la Plaza de la Victoria, en Asunción.

Foto: Archivo ÚH

Thompson condensa la escena con admirable economía:

“El 24 (natalicio de Lopez) hubo bailes y música para engañar al enemigo; y durante esa noche atravesó toda la guarnición: las bandas de música permanecieron hasta el último para continuar tocando. El enemigo no sospechó nada hasta el día siguiente á las 12, en que hizo un reconocimiento y tomó posesión de Humaitá”.

Pero la evacuación de la fortaleza fue solo el principio de una nueva pesadilla. Los fugitivos debían cruzar la laguna Yberá para llegar a Timbó, donde los esperaban las fuerzas de Caballero. El terreno del Chaco, según la minuciosa descripción de Centurión, era “una pequeña península formada por el río Paraguay al describir una curva en forma de una U frente de Humaitá; es montuoso, anegadizo y lleno de fragocidades”. Las tres primeras expediciones nocturnas del 24 lograron cruzar la laguna burlando la vigilancia enemiga. Pero al día 26 ya no se podía pasar impunemente: los aliados reforzaron al general Rivas con seis mil hombres, metieron treinta y cinco canoas en la laguna —cuatro armadas con cañones— y organizaron un fuego sostenido de once piezas de artillería y dos mil rifleros, relevados por turno, de día y de noche.

Los combates nocturnos en la laguna alcanzaron una ferocidad inaudita. Centurión los describe con un lirismo aterrado: las canoas paraguayas pasaban “atropellando á las embarcaciones enemigas formadas en doble fila de batalla, peleando pecho á pecho y brazo á brazo, hasta que conseguían romper, después de una encarnizada lucha, la doble barrera de canoas y botes, llegando á la orilla opuesta con una tercera parte menos de los que iban. Todo esto lo hacían en medio de una gritería infernal. Los que salvaban al otro lado, lanzaban gritos de placer y se reíaná carcajadas, haciendo burla á sus no menos intrépidos adversarios; y una vez desembarcadas las gentes que llevaban, volvían en busca de otras, pasando de nuevo al través de aquel infierno de fuego”.

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La batería Londres, al momento de ser desmontada por los aliados (imagen mejorada con IA).

Foto: De la Biblioteca digital Luso-Brasileira.

Continúa Von Versen:

“A pesar de su situación desesperada, rechazaron la intimación a capitular hasta que, después de doce días, estaban completamente hambrientos o más bien muertos de hambre. Solo quedaban 1.200 supervivientes, que no habían comido nada en 50 horas y yacían sin fuerzas en el suelo”.

Finalmente, Martínez se entregó a los aliados el 5 de agosto con toda su tropa y seis cañones, lo que, según Resquín, fue “de acuerdo con los enemigos”. La predisposición del Mariscal contra Martínez, según el testimonio de Escobar recogido por Centurión, “era ya notable entonces, á tal extremo que ni ya quería oir hablar de éste”.

Sigue Von Versen que López, “inmediatamente arrestó a la esposa del comandante de estas tropas, Coronel Martínez, como castigo para este, la maltrató durante semanas y finalmente la hizo fusilar”. Y que Caxias al tomar posesión del lugar, “hizo nivelar el muro de Humaitá y, desde entonces, basó sus operaciones en este lugar”. Es decir, los aliados cumplieron la cláusula del tratado demoliendo las murallas, y transformaron Humaitá en su propia base de operaciones para las campañas subsiguientes.

Este artículo se ha construido exclusivamente a partir de fuentes primarias y compilaciones documentales: George Thompson, La Guerra del Paraguay (edición anotada y aumentada por Lewis y Estrada); Juan Crisóstomo Centurión, Memorias o reminiscencias históricas sobre la Guerra del Paraguay; Francisco Isidoro Resquín, Datos históricos de la Guerra del Paraguay contra la Triple Alianza; Jorge Federico Masterman, Siete años de aventuras en el Paraguay; Fidel Maíz, Etapas de mi vida; Silvestre Aveiro, Memorias militares; José Falcón, Escritos históricos; Guillermo Stewart, Memorias; la compilación de Giménez Vega, El cónsul, la guerra y la muerte, y los testimonios de Julián N. Godoy, Patricio Escobar, Bernardino Caballero y Pedro V. Gill recogidos por Estanislao Zeballos y publicados en La Guerra del Paraguay en primera persona (Brezzo, ed.). Viajes por América y la Guerra Sudamericana, de Max von Versen.

Investigador.
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