<em>Por Antonio V. Pecci -Periodista | apecci@uhora.com.py</em>
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Aunque tenía el aspecto de una apacible y pacífica ama de casa, era bien distinta en la realidad: inquieta, crítica y centrada en la labor artística e intelectual. La conocí en 1964 en las aulas de la Escuela Municipal de Arte Escénico, donde enseñaba Historia del Teatro.
Durante ese año y el siguiente seguía sus clases atentamente. Luego ya concurrí a su casa para seguir charlando, preguntando, invitarle a que viera algunos de los espectáculos que montábamos con el TPV. Aunque tenía un ritmo de trabajo sostenido y extenuante, siempre tenía un tiempo para atender al visitante. Nos sentábamos en su largo corredor y charlábamos. “El artista es un rebelde de su tiempo”, sentenciaba con esa voz cadenciosa pero firme, en que primaba el tono español que nunca perdió. Así como el sentido de humor para rematar una conversación. Formaba parte del ‘exilio interior’, ése que Roa Bastos consideraba el más terrible. Aunque en esa fase de su vida en que la traté --años 60, 70, 80-- era evidente su carencia económica, no se dejó seducir por los cantos de sirena de los intelectuales del régimen para que colaborara en alguna publicación del Gobierno o escribiendo biografías de los jerarcas, que le hubieran signi- ficado buena plata. Pero se ne- gó a ser una prosista del stronismo. Colaboró sí en el semanario Comunidad, de orientación católica, haciendo críti- ca cultural, clausurado en el año 1969. Incluso en 1972 es- tampó su firma en una carta abierta solicitando la libertad del escritor Rubén Bareiro Saguier, preso en la Policía por haber ganado un premio lite- rario en Cuba. Sabía que eso podía tener consecuencias. Y la tuvo, pues la despidieron de la Escuela de Arte Escénico y de cualquier otro cargo similar. Fueron años difíciles, en que muchos le negaron el saludo o dejaban de invitarla a actos culturales. Por eso recibía con felicidad a los que se animaban a llegar hasta su casa. O cuando le llegaba algún libro de Roa Bastos o Elvio Romero. Y de otros autores extranjeros, ya que mantenía fluida correspondencia con publicaciones y autores extranjeros, visto el chato nivel cultural de la Asunción de esos años. Una de esas noches me contó, con voz estremecida por la emoción, las circunstancias en que moriría Julián de la Herrería, su marido, en Barcelona, en plena guerra civil. “Desesperada corría por esas calles desoladas, donde todos los negocios estaban cerrados, buscando un medicamento para mi esposo”, mientras intentaba conseguir para ambos un salvoconducto para los barcos que viajaban hacia Sudamérica. Pero que el cónsul paraguayo se lo negó, pues se cotizaban a buen precio. En esas circunstancias fallecería su esposo, y tiempo después lograría salir rumbo al Paraguay. Aquí comenzaría una nueva y difícil etapa de su vida. Vivencias que no anularon su capacidad creadora, sino que fueron transmutadas en arte.