Las declaraciones del presidente de Brasil sobre la Guerra de la Triple Alianza han desatado reacciones en el ámbito político y la sociedad civil, que contrastan con el pesado silencio del Gobierno. Los hechos muestran el pobre manejo diplomático de un Gobierno que recientemente rompió lanzas por un futbolista y exhibe también las heridas que dejó una devastadora guerra.
El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, realizó una polémica declaración sobre la Guerra contra la Triple Alianza y se desató la indignación. De visita a la fábrica de una empresa de defensa, el mandatario defendió el poseer “poderío armamentístico” y conocimiento científico y tecnológico suficiente para, “sin arrogancia”, “hablar de paz”, sin dejar que “nadie meta las narices” en el país.
Dijo: “A nosotros nos gusta la paz, pero no podemos olvidar que, un buen día, Paraguay decidió invadir Brasil. Invadió Corumbá y al mismo tiempo invadió Uruguay y al mismo tiempo Argentina. Y esa guerra, que parecía que no iba a ser gran cosa, duró cinco años”.
Claramente el mensaje no estaba –directamente– dirigido a nuestro país, cuando abogaba por unas Fuerzas Armadas “bien preparadas y entrenadas”, porque, según indicó, “hay locos por el mundo queriendo hacer la guerra”. Sin embargo, no pudo evitar poner el dedo en la llaga.
Lula da Silva, de 80 años, se encuentra en campaña electoral para las elecciones presidenciales de octubre próximo, y su versión sobre la guerra coincide mayoritariamente con la versión predominante en aquel país. Esto no lo exculpa de tener un manejo tan pobre de la historia ni de las consecuencias que tuvo aquella guerra.
En 2022, el Parlamento del Mercosur (Parlasur) había presentado un informe que exponía los crímenes cometidos durante la Guerra de la Triple Alianza. El documento exponía las arbitrariedades que cometieron Argentina, Brasil y Uruguay contra Paraguay: Asesinatos y torturas de prisioneros de guerra indefensos; masivas y sistemáticas violaciones y asesinatos de mujeres y masivos secuestros extorsivos, principalmente de niños, masivos secuestros para esclavitud y servidumbre de hombre, niños y mujeres, y muertes por hambre y enfermedades causadas por la desnutrición. La guerra exterminó a gran parte de la población paraguaya y supuso la pérdida definitiva de 150.000 kilómetros cuadrados (30%) de la superficie del país.
La herida que este genocidio ha dejado en nuestro país es profunda y es además un trauma no superado porque fundamentalmente faltó el reconocimiento y la reparación. Por eso, las reacciones y el enojo ciudadano con el presidente brasileño.
Más grave, sin embargo, es el incómodo silencio de un Gobierno que apenas hace unas semanas decidió dar la cara por un futbolista por un caso de manifestaciones racistas, pero no reacciona ante declaraciones que ofrecen una versión distorsionada de nuestra historia.
Es el silencio de un Gobierno colorado que ha decidido pararse detrás de una potencia, como Estados Unidos, y asignar el cuestionado Acuerdo Sofa, el convenio de cooperación militar y seguridad suscrito entre Paraguay y Estados Unidos.
Más que fanatismo, necesitamos reflexionar sobre las otras maneras en que se están comprometiendo nuestra soberanía y nuestros recursos. Debatir, por ejemplo, sobre los subsidios a corporaciones transnacionales para la implementación de centros de datos de inteligencia artificial, sobre las plantas de hidrógeno verde y la criptominería.
Nuestros recursos no son infinitos y deben ser puestos al servicio del desarrollo, pero no sin considerar las consecuencias negativas. Los beneficios deben ser para el país y para dar calidad de vida a la población.
Del Gobierno se espera madurez y que sea capaz al menos de pedir explicaciones a través de las vías diplomáticas. Por lo demás, suena razonable la propuesta del historiador Herib Caballero cuando señala que, una forma simbólica de cerrar definitivamente las heridas del conflicto sería avanzar en el intercambio de los trofeos capturados durante la guerra.
“Cuando los países cierran estos procesos y estas heridas se cierran con la entrega de los trofeos de guerra, y este es un buen momento, estamos a 160 años de la guerra”, y propone un intercambio de trofeos, el buque Anhambai, capturado por nuestra flota en el río San Lorenzo por nuestros cañones.
Las heridas del genocidio de la Triple Alianza son reales, pero no necesitamos patrioterismo banal, sino diplomacia con carácter.