De todos modos, más allá de la estrategia ultradefensiva de Gustavo Alfaro, que no gustó a casi nadie por fuera del país, hemos sido testigos de una infinidad de demostraciones de desprecio, odio o racismo a nivel global, desde Francia a Paraguay, de México a Argentina o Estados Unidos a Irán. Pero, contrario a quienes siguen creyendo, de manera simplista, que de lo que se trata es de un problema de blancos contra negros, de personas inclusivas versus racistas, entre ilustrados y bárbaros, la cuestión es un poco más compleja y convendría contextualizarla.
Mientras Charlie Hebdo ridiculiza en su portada a una senadora paraguaya y continúa el escándalo en Francia por sus publicaciones racistas, el mundo mira, con cierto asombro hipócrita, como en cada fiesta de San Juan en Paraguay, cuando queman la figura de la estrella de la selección francesa Kylian Mbappé, en una antigua celebración paraguaya que nada tiene que ver con la reivindicación medieval de quema de brujas –en la que bastante experiencia tiene Europa–, sino simplemente la expresión de un juego tradicional que entre nosotros se denomina Judas Kái y que, en los últimos años, ha adquirido la figura del personaje mediático del momento, generalmente político.
Pero el verdadero escándalo consiste en que todavía se interpreten estos episodios como anomalías y no como la manifestación periódica de un problema que Europa, y por extensión el mundo entero, nunca pudo resolver: la persistencia del colonialismo bajo nuevas formas.
Frantz Fanon advirtió hace más de sesenta años, en Los condenados de la tierra, que el colonialismo no termina cuando se arría una bandera o se proclama una independencia. Permanece instalado en la forma en que una civilización clasifica a los seres humanos, distribuye el reconocimiento y administra quién merece ser considerado plenamente humano. El racismo no constituye un exceso accidental de la modernidad europea; por el contrario, fue una de las condiciones que hicieron posible su expansión colonial.
La Europa contemporánea continúa proclamándose heredera de la Ilustración y de los derechos humanos mientras miles de africanos desaparecen cada año en el Mediterráneo. Ese mismo mar que durante siglos fue la ruta de las expediciones imperiales se ha convertido hoy en el mayor cementerio migratorio del planeta. Ayer, Europa desembarcaba en África para imponer fronteras, extraer riquezas y reorganizar sociedades enteras. Hoy son los africanos quienes intentan llegar a Europa escapando, en muchos casos, de las consecuencias históricas de aquel mismo orden colonial.
Sin embargo, el debate público rara vez gira en torno a esa responsabilidad histórica. La discusión suele limitarse a cómo impedir que entren. No se habla de reparación, sino de seguridad. No se habla de justicia, sino de control fronterizo.
Eso explica el crecimiento sostenido de los nacionalismos europeos. El fenómeno político representado por Marine Le Pen en Francia, por ejemplo, o en Alemania con Alice Weidel, no puede entenderse únicamente como una reacción electoral. Expresa una transformación cultural más profunda: la convicción de que la nación debe volver a definirse mediante criterios identitarios y excluyentes. El extranjero deja de ser un sujeto de derechos para convertirse en una amenaza demográfica, económica o cultural. El inmigrante pobre deja de ser una víctima de un orden desigual para transformarse en el enemigo al que hay que combatir.
Adela Cortina denominó a ese fenómeno aporofobia: el rechazo al pobre. No se rechaza cualquier diferencia. Se rechaza aquella que no produce beneficios. El empresario extranjero y el futbolista multimillonario son más que bienvenidos.
Por eso, el caso Mbappé resulta revelador. Mientras convierte goles y gana copas mundiales que se traducen en millones de euros, encarna la Francia multicultural que el mercado celebra y necesita. Pero basta una derrota o una opinión incómoda para que reaparezcan las preguntas sobre el origen de su padre camerunés, como si la nacionalidad pudiera graduarse según el color de la piel.
El fútbol nunca eliminó el racismo europeo; simplemente aprendió a administrarlo mientras resultara rentable. Durante mucho tiempo, una parte de la sociedad francesa cuestionó que su selección estuviera integrada por demasiados jugadores negros, hijos de inmigrantes o descendientes de las antiguas colonias. Sin embargo, cuando llegaron las finales y las Copas del Mundo, aquellos cuerpos dejaron de incomodar para convertirse en patrimonio nacional. La victoria suspendió momentáneamente el prejuicio, pero nunca lo derrotó.
Ese mecanismo no pertenece únicamente al deporte. Es la lógica del mercado. El capitalismo global celebra la diversidad mientras esta produzca valor económico. La inclusión dura exactamente lo que dura la rentabilidad. El diferente deja de ser diferente cuando genera ganancias.
Por eso resulta ingenuo pensar que el fútbol constituye un espacio separado de la política. La FIFA se presenta como una organización universal comprometida con la lucha contra la discriminación, pero durante décadas convivió sin mayores conflictos con regímenes autoritarios, con redes de corrupción, con intereses geopolíticos y con una industria donde el dinero terminó subordinando a casi cualquier principio ético.
El llamado “Mundial de las prohibiciones” dejó al descubierto esa contradicción. Se promovían campañas contra el racismo mientras se administraban cuidadosamente los silencios frente a las restricciones de derechos o a las condiciones laborales que hicieron posible el espectáculo. El problema nunca fue únicamente el deporte, fue el modelo civilizatorio que el deporte reproduce.
Algo semejante ocurre al otro lado del Atlántico. Estados Unidos construyó buena parte de su riqueza gracias a sucesivas olas migratorias y, sin embargo, levanta hoy nuevos muros físicos, jurídicos y culturales contra quienes llegan desde el sur. Donald Trump no inventó esa lógica; simplemente la hizo explícita. Convirtió en discurso político aquello que permanecía latente en una parte importante de la sociedad occidental: el miedo al otro, la xenofobia, la nostalgia de una comunidad homogénea y la convicción de que los problemas económicos pueden resolverse expulsando extranjeros.
Quizá por eso el fútbol produce una ilusión particularmente eficaz. Durante noventa minutos parece reunir a la humanidad bajo un mismo lenguaje. Pero apenas termina el partido, regresan las fronteras, los pasaportes, los muros, los discursos nacionalistas y las jerarquías raciales. La globalización demuestra entonces su verdadero rostro: no es una comunidad mundial, sino un inmenso mercado donde circulan con libertad los capitales, las mercancías y los futbolistas exitosos, mientras los pobres siguen encontrando alambradas.
El neoliberalismo prometió un mundo integrado. Lo que terminó consolidando fue una competencia permanente entre individuos, naciones y culturas. La solidaridad fue reemplazada por la eficiencia; la cooperación por la competencia; la comunidad por el rendimiento. Como advirtió Fanon, el colonialismo nunca desapareció porque continuó reproduciendo una forma de entender las relaciones humanas basada en la dominación y la jerarquía.
Por eso, el problema nunca fue Mbappé ni Celeste Amarilla. Ambos son apenas síntomas de una enfermedad mucho más profunda. La verdadera cuestión consiste en preguntarnos por qué una civilización que se proclama universalista sigue necesitando distinguir entre ciudadanos plenos y ciudadanos tolerados; entre inmigrantes útiles e inmigrantes descartables; entre vidas que merecen ser lloradas y vidas destinadas a perderse en el Mediterráneo o en el golfo de México.
Maradona soñó que la pelota no se manchaba. Quizá aquella frase expresaba la última esperanza de que todavía existiera un espacio inmune a las miserias del poder. Hoy sabemos que no era así, la pelota sigue manchada, pero no por el fútbol.
Sigue manchada por el colonialismo que nunca terminó de irse, por la xenofobia que espera una derrota para volver a hablar, por la aporofobia que convierte al pobre en amenaza y por un mercado global que reivindica la competencia de todos contra todos mientras reduce la solidaridad a una consigna publicitaria.
Mientras no se cuestione franca y abiertamente ese orden, mientras nos perdamos en discusiones coyunturales y no estructurales, el verdadero partido seguirá jugándose fuera de la cancha. Y es allí donde todavía se decide quiénes pertenecen al mundo y quiénes continúan siendo, como escribió Fanon, los eternos condenados de la tierra.