Angel Piccinini
Investigador
Las fuentes legales y eclesiásticas fijan con precisión su estatuto oficial, pero callan sobre el color de la celebración; en cambio, los relatos de viajeros y la prensa de la época preservan escenas, música, juegos, asados y dichos que ninguna ley recoge. Reunimos aquí, en orden cronológico, lo que unas y otras conservan.
El viajero escocés John Parish Robertson dejó la descripción más temprana y detallada de un San Juan paraguayo independiente: La magnífica fiesta campestre que doña Juana Esquibel –una acaudalada y enérgica mujer de ochenta y cuatro años– ofreció en su casa de Ytapúa, en Campo Grande, para celebrar su santo el día de San Juan.
El centro de la celebración era una gran imagen del santo, que había sido repintada, dorada y vestida con una túnica de terciopelo negro y encajes de oro. Se la colocó sobre un escenario rústico que figuraba la isla de Patmos, rodeada de siemprevivas, naranjas, limas y acacias e iluminada por seis grandes velas; de los naranjales colgaban faroles de variados colores, prontos a encenderse. Los banquetes los prepararon los mejores confiteros de Asunción y cocineros que habían servido al ex gobernador Velasco; las mesas se cubrieron con los mejores manjares de la región, atendidas por una multitud de sirvientes.
Concurrieron alrededor de doscientos invitados de todas las clases sociales: “Altos y bajos, ricos y pobres”, desde miembros del Gobierno y ricos estancieros hasta tenderos. A diferencia de Europa, no regía un sistema rígido de castas, un comerciante próspero solía gozar de mayor preferencia social que un caballero terrateniente del campo.
Las mujeres llegaban en carruajes y carretas de bueyes finamente decoradas; los hombres se lucían a caballo. Una procesión de frailes dominicos, franciscanos, mercedarios y recoletos arribó montada en caballos “gordos y lustrosos”, precedida por las bandas de sus propios monasterios; al entrar, los religiosos se arrodillaban y se descubrían ante el santo.
Entre los invitados ilustres figuraban el ex gobernador Bernardo de Velasco; don Gregorio de la Cerda, que llegó rodeado de ahijados y “comadres”; y el vocal Fernando de la Mora, que bailaba pese a padecer gota. La fiesta contó con el patrocinio de Fulgencio Yegros y la asistencia de todo el gobierno, y fue costeada por los hermanos Robertson a pedido de la dueña de casa, con el propósito de limar asperezas sociales.
Al caer la noche, grupos de paisanos, atraídos por el regocijo, se sumaron desde los bosques con vestiduras blancas; al son de guitarras cantaban “tristes” y canciones nacionales. Mientras unos jugaban a los naipes –la malilla–, otros bailaban en los salones y sobre el césped. El jolgorio fue tal que los miembros del gobierno bebían y bailaban junto a sus subordinados, e incluso la anciana doña Juana se levantó a bailar un entusiasta “Sarambí”.
La velada se prolongó con café y chocolate hasta la madrugada, y los últimos invitados no se retiraron sino hasta las nueve de la mañana.
Hacia mediados de siglo, el excesivo número de fiestas religiosas entre semana obligaba a suspender las labores y perjudicaba gravemente a la agricultura, sobre todo en las épocas de cosecha del algodón, la caña y el tabaco.
Por ese motivo el Gobierno paraguayo solicitó a la Santa Sede una reducción de tales días.
El 14 de diciembre de 1842, el papa Gregorio XVI concedió un indulto apostólico que aprobaba la reducción. Al reglamentarlo y aplicarlo, el Vicario General del Obispado, Basilio López, emitió en Asunción, el 26 de agosto de 1843, un decreto que estableció cuáles serían las pocas festividades que conservarían su carácter de guardar y de asistencia obligatoria. En su artículo 3º se ordenó expresamente que “se guardará la fiesta de San Juan Bautista”, de modo que pese a la drástica poda de feriados quedó entre las celebraciones oficiales de la República, al igual que la de Santa Rosa de Lima.
Los almanaques y calendarios eclesiásticos de la época marcaban el 24 de junio como “La Natividad de S. Juan Bautista”, jornada en que los curas se encargaban de solemnizar el altar. El domingo 24 de junio de 1855 esa festividad tuvo, además, una relevancia particular: coincidió con el onomástico de la Primera Dama, doña Juana Carrillo de López. El Eco del Paraguay, en su Boletín Religioso y en la Crónica de la Capital, le dedicó por ello una felicitación pública, deseándole “mil prosperidades”.
En plena Guerra de la Triple Alianza, San Juan fue uno de los días más celebrados del campamento. El Cabichuí –periódico satírico impreso en Paso Pucú– le dedicó sendas notas en dos números consecutivos, que permiten reconstruir cómo pasaban los paraguayos esa jornada entre las trincheras. El número del 27 de junio de 1867 trajo la crónica titulada “El día 24 de Junio”:
El día 24 de Junio.
–Este día ha sido muy festejado por todo el ejército Nacional: nuestros valientes han estado de regocijo todo el dia y hasta muy avanzada la noche. En todas las trincheras, así como en Paso-pucú una mezcla armoniosa de bandas, arpas y guitarras amenizaba los bailes, los churrasqueos y la espansiva algazara de nuestros soldados, que celebraban el dia de San Juan.
Conviene reparar en un detalle que las leyes y los calendarios callan: junto a los bailes amenizados por bandas, arpas y guitarras, la crónica menciona los «churrasqueos» —esto es, los asados— como parte central del regocijo. Es la única huella gastronómica que las fuentes reunidas conservan de un San Juan paraguayo y procede, significativamente, del frente de batalla.
Pocos días después, el número del 1.º de julio de 1867 volvió sobre la fecha, ahora en clave de parte de guerra burlesco, bajo el epígrafe «Porto Triste»:
Porto Triste, cerca de cuyo paradero cayó uno de los confites de mayor calibre, enviados por nuestras geringas rayadas en la noche de San Juan, nos refieren que saltó como un mono de su carpa, y no considerándose seguro, ni á bordo del corazado, ni detras del gran parapeto que ha levantado e[n] la barranca, fué á buscar un asilo en el castillo flotante que mas léjos fondea de nuestras baterias.
En el idioma satírico del Cabichuí, los “confites” son los proyectiles y las “jeringas rayadas”, los cañones rayados. La nota refiere que, en la propia noche de San Juan, la artillería paraguaya disparó una bala de grueso calibre sobre la posición enemiga, cuyo ocupante –al que el periódico apoda “Porto Triste” (refieriendose al general brasileño Manoel Marques de Sousa, Conde de Porto Alegre, rebautizado aquí con el contrajuego de su propio título: “Porto Triste” –Puerto Triste– en lugar de Porto Alegre Puerto Alegre) huyó despavorido, saltando “como un mono” de su carpa para guarecerse en el acorazado fondeado más lejos de las baterías paraguayas.
Así, el San Juan de las trincheras combinó las dos caras de aquella guerra. De un lado, la fiesta popular y religiosa –música, baile y asado, sostenida todo el día y hasta muy avanzada la noche pese a la penuria del sitio–; del otro, el fragor del combate, hasta el punto de que el cañoneo de esa misma noche se volvió materia del humor de trinchera. La devoción y la pólvora compartieron, en Paso Pucú, la jornada del Bautista.
En el ámbito civil, la fecha estaba lo bastante arraigada como para nutrir el habla cotidiana. El Pueblo (1872) registra la expresión meteorológica del “veranillo del Sr. San Juan”; en las secciones literarias y de variedades reaparecía la frase “San Juan dice que sí”, y era común anunciar las “vísperas de San Juan”. El Fénix (1873) ilustra el costado lúdico y supersticioso de la festividad: las jóvenes se preparaban con ansias para participar en los “inocentes juegos de San Juan”, con el objeto de “ver su suerte en el libro del destino” –alusión a las pruebas adivinatorias con que, en estas fechas, se buscaba anticipar el porvenir–. Andando el siglo, el estatuto oficial de la fiesta se debilitó. En la ley sobre días feriados, sancionada el 10 de junio de 1887, San Juan ya no figuraba entre las festividades religiosas exceptuadas del trabajo: La norma solo declaraba feriados religiosos la Natividad, la Circuncisión, Corpus Christi, la Asunción, San Blas, Todos los Santos y los Jueves y Viernes Santo. La observancia eclesiástica, sin embargo, persistió.
La Guía General de 1895, en sus “Advertencias á los Fieles”, mantenía como obligatorio el ayuno durante la vigilia de San Juan Bautista, lo mismo que en las vísperas de Navidad o de Pentecostés, y los calendarios seguían señalando el 24 de junio como su Natividad.