Juan Andrés Cardozo | Filósofo
Lo que es propio de la filosofía es su función crítica. Su espíritu de contradicción. Su pensar es genuinamente creativo. Jamás cesa de releer la realidad, de interpretarla fuera de los cánones del poder. Su discurso siempre se rebela tanto contra el orden establecido como contra las ideas hegemónicas. Ni cabalga sobre el decir de otros filósofos, por irrebasables que fuesen estos para la propia historia de la filosofía. Su lenguaje no es el de la repetición, menos aún el de la glorificación de un sistema. Su pensar cuestiona siempre, o no sube a la cima de la categoría filosófica.
La realidad social está ahí para ser observada no como un simple espejo, supuesta reproducción de la objetividad. Es preciso aprehenderla. Y radicalmente. Ver más allá, en el fondo, de la mirada política, de la ciencia, incluso de la filosofía consagrada. Hay mucho de engaño sobre lo real y sobre su proceso. El papel del filósofo es desmixtificarlos: lo oculto de la realidad y lo instrumental del proceso. Nada por supuesto es para siempre, a condición de confrontar el mundo que se vive con nuevas teorías. Con un modelo diferente, opuesto al dominante.
Oposición como tarea
¿Por qué la filosofía es refractaria a los premios? ¿O al halago del poder? Porque su fin no es agradar a quienes fungen sobre el saber y la escritura. Y porque su palabra no es sumisa a ninguna jerarquía. Ni al de las leyes ni al de algún dios. A las leyes, porque sabe que no es neutral. Y porque siempre son anacrónicas. Están continuamente detrás del movimiento de la realidad. Y para coaccionar a quienes luchan por la autonomía: la ruptura a todos los límites de sumisión y de elección. Y a dios, porque no existe. Es todo.
Nietzsche, sujetado al individualismo extremo y desafecto a toda connotación social, conmovió a la inteligentsia al enunciar que “Dios ha muerto”. Muere el que ha vivido. El que fue parte de lo humano, y participó de este estar-con-otros en la historia de la humanidad. Jamás puede morir quien no existió. He ahí la cobardía del nihilista. No tiene la capacidad de negar la existencia de “Dios”. Invención del miedo y de la muerte.
Institución, finalmente, del poder profético. Y tan terrenal como los que apelan a su nombre para jurar que asumen su juzgamiento en el ejercicio de la política. Aunque en verdad lo hagan al servicio del poder económico. O de cualesquiera estratos del reparto del poder. Reparto del cual el pueblo no forma parte, según Ranciére.
Bien, por la representación que se desliga de sus votantes, de los que “legitiman” el poder de los que en su desempeño no solo se olvidan del pueblo sino, sobre todo, lo castigan. Bien, también porque en la movilidad social, en que se traduce lo político como instancia de decisión, la constante es el desclasamiento. Y la abjuración de los representantes de sus humildes orígenes.
Y bien, también, por el “desacuerdo de la política”. Devenida y convertida en “policía” como garantía de la seguridad de la oligarquía y de la reproducción del sistema en que se efectúa, practica, su poder. Y para cuya continuidad importa tanto la “democracia” como el “consenso”.
Contra las repeticiones
Pero la descolonización del pensamiento latinoamericano mal puede quedarse en la repetición de esas críticas, por atendibles que sean. Y no porque insista en la “inclusión” y en la “participación”. No. La razón procede de la metacrítica del pensar. La “microfísica del poder” de Foucault ya ha servido para la atomización de la igualdad. “Cualquiera” sin importar la “diferencia” ha dejado de sufrir la interdicción en los órdenes jerárquicos del poder.
Mas, con la contribución del posmodernismo ¿se ha avanzado en la superación de las desigualdades sociales? ¿La equidad es equiparable a la justicia social? ¿Y la aceptación de la diversidad ha significado el respeto a las identidades de la subjetivación colectiva y cultural?
El crecimiento de nuestra economía, y bajo la falaz fórmula del “derrame” que esa expansión produciría hacia abajo, no ha hecho otra cosa que aumentar la concentración de los bienes. Y, por lo tanto, las desigualdades cobran modalidades más salvajes. La inicua estratificación se ha fortalecido. Solo la corrupción ha perforado sus muros.
La lucha por la igualdad no pasa entonces por la propuesta de la inclusión. Transcurre, se mueve, por la emancipación de los trabajadores, formales e informales. Por la conquista del poder social de los explotados, con el compromiso de los docentes e intelectuales. Una vez instituido ese poder, mediante la organización de la mayoría, la Política podrá liberarse de su reducción a una entelequia y constituirse, al fin, en el conocimiento y en la acción que transforman la historia para universalizar materialmente la justicia social. Y para reconfigurar la política en la fuerza colectiva del bienestar general.
Así nuestro pensar sobre la Política ya no podrá ser un eco de la tradición. Pues incumbe a la totalidad social de los de abajo reconstruir su teoría y estructurar su práctica como la disfuncionalidad conceptual y activa con la ideología y los poderes establecidos. La Política se autodefinirá como la contracorriente del orden socialmente injusto. Y en tal carácter la justicia social de Aristóteles se reformulará en la concepción de una justicia horizontal, universalmente compelida y experimentada.
De la misma manera el bienestar general de Rousseau no se limitará a la generalización de la “vida digna”. No. Y nunca más, en la teoría y en la praxis. La disfuncionalidad exige un proceso de reconstrucción del “bienestar” como la autogestión de la sociedad entera del poder que le incumbe. Razón por la cual, al contractualizar el pueblo la distribución de la riqueza, producida por la mayoría enajenada, ya será para la efectiva sociorrealización de la igualdad. Material y cultural.
Por estos corredores avanza la rebelión del pensar filosófico.