Se habla mucho de una “generación de cristal”: Jóvenes con baja tolerancia a la frustración, que esperan resultados rápidos, que cuestionan la autoridad o que abandonan frente a la primera dificultad. Pero antes de etiquetarlos, quizás también deberíamos mirar hacia adentro y preguntarnos cómo los estamos acompañando. Porque ninguna generación se forma sola.
Somos los padres, educadores, líderes y adultos de hoy quienes hemos acompañado a esta generación. Quisimos darles más oportunidades, más libertad, más escucha y mejores condiciones que las que nosotros tuvimos. Eso es, sin dudas, es algo positivo. Pero también vale la pena preguntarnos si, en ese intento por darles más, no hemos empezado a evitarles demasiado.
Queremos que sean independientes, pero muchas veces resolvemos por ellos. Queremos que sean resilientes, pero tratamos de evitarles la frustración. Queremos que aprendan a decidir, pero intervenimos rápidamente cuando aparecen las consecuencias. Lo hacemos con las mejores intenciones. Sin embargo, ¿protegerlos de toda dificultad realmente los prepara mejor?
Tarde o temprano habrá un examen que no salga bien, una entrevista en la que elijan a otra persona, un jefe que marque un error y exija, o un proyecto que fracase. Habrá días en que toque cumplir, aunque no existan ganas. No podemos evitarles todas esas experiencias. Un “no”, un error y la decisión de volver a intentarlo también educan y forman.
Esto no significa reivindicar modelos autoritarios ni afirmar que nuestra generación lo hacía todo mejor. Los jóvenes nos están haciendo preguntas que durante mucho tiempo no nos planteábamos o no teníamos el espacio para hacerlo. Cuestionan liderazgos que no escuchan, buscan equilibrio entre trabajo y vida personal y quieren entender el sentido de lo que hacen. Muchas de esas preguntas no nos gustan, pero enfrentarlas nos generan un espacio para mejorar.
Por eso, la conversación no debería ser sobre quién tiene razón o qué generación es mejor. La pregunta importante es otra: En un mundo que cambia, ¿cuáles son las cosas que no deberíamos cambiar?
Pueden cambiar las profesiones, las formas de trabajar y las expectativas sobre los líderes. Pero la responsabilidad, el respeto, el esfuerzo, la curiosidad y la capacidad de afrontar la frustración siguen siendo valores y formas clave para construir un futuro.
Las empresas también tenemos responsabilidad en esto. Para muchos jóvenes, el primer empleo es donde descubren que su trabajo tiene un impacto más allá de sus vidas, y que formar parte de un equipo implica derechos y compromisos. Por eso, no solamente empleamos, también formamos. Debemos abrir puertas, escuchar ideas, enseñar y ofrecer líderes capaces de acompañar con respeto.
Pero acompañar no significa bajar la vara. Como parte de la generación que debe guiarlos debemos escuchar y exigir; comprender y marcar límites; dar autonomía y pedir responsabilidad. Oportunidad y exigencia se necesitan mutuamente.
Paraguay necesita mejor educación, mejores primeros empleos y organizaciones capaces de desarrollar su talento joven. No se trata de buscar culpables ni de decidir quién tiene la razón. Se trata de construir juntos: Adultos que abran oportunidades y acompañen, y jóvenes que asuman compromisos, aprendan y desarrollen todo su potencial
Por eso antes de volver a hablar de una “generación de cristal”, preguntémonos: ¿qué generación queremos formar juntos?