25 sept 2026

Cuestiones homéricas

Nolan extraviado

Esta es mi primera impresión tras ver la muy celebrada Odisea, de Christopher Nolan: Es homérica, es cierto, pero dudo que sea totalmente cinematográfica; es decir, dudo que sea una película de pies a cabeza y, en gran parte, me parece que es más una especie de fantasía televisiva.

La espléndida edición de Jennifer Lame (que refleja los múltiples niveles narrativos de Homero), decididamente cinematográfica, contrasta con el guion de Nolan que busca “amenizar” esta edición compleja, de una superficialidad notable para cualquiera medianamente familiarizado con la literatura de Homero y la cultura griega antigua.

Hay que decir que tanto el carácter “fílmico” como “televisivo” se encuentra de alguna manera en la misma lírica de Homero: La primera historia de aventuras de la literatura occidental es, de por sí, tanto un montaje narrativo mayor, como un dispositivo episódico típicamente anecdótico. Es cine y, a la vez, telenovela (probablemente una de las más grandes telenovelas de la historia, de hecho).

El asunto que Nolan desconoce visiblemente, en esta dicotomía entre montaje y guión, es la centralidad del mito como “ordenador cultural” de los griegos homéricos. El mito (es decir, la profecía divina que influye en el mundo humano) actúa como explicación última de las “decisiones” de los personajes de la literatura griega clásica. El guion de Nolan quiere dar la impresión de que los personajes pueden “decidir” su destino, algo absolutamente ajeno a la cultura helénica y más afín a la modernidad contemporánea de la individualidad. O sea, en este sentido, el Odiseo/Ulises de Nolan es más bien un hijo del romanticismo europeo del siglo XIX y de la lectura interesada que hace doscientos años hizo de la herencia grecorromana.

Tal vez una serie de televisión hubiera sido más justa para la obra de Homero.

El Aura

En el inicio del Canto V de la Odisea, Ulises hace siete años que está atrapado en la isla de la ninfa Calipso. Los pretendientes de Penélope, mientras tanto, piensan en emboscar a Telémaco y matarlo. En la asamblea de los dioses, Zeus decide que ya es hora de que Ulises cumpla su destino y vuelva a Ítaca. Porque los griegos son seres de destino.

El Canto V es conocido célebremente por resultar en la afirmación de la condición humana, es decir, civilizatoria de Ulises. No había lugar en la cultura homérica para optar por la juventud eterna que le ofrece Calipso, en un mundo de cuevas previo a la agricultura: El romanticismo no era un imperativo categórico de la épica griega, tampoco de su ética; aunque resulte comprensible que, dos milenios después de Homero, los poetas románticos alemanes desesperaran por releer lo helénico en clave de una individualidad prometeica.

El destino de Ulises, por ello, es regresar junto a Penélope y Telémaco, pero antes tiene que sufrir la tormenta enviada por Poseidón sobre el mar. Tiene que sufrir como humano. En síntesis, tiene que probar que lo es, algo que al ecce homo del cristianismo no se le exigirá, pues Jesús haría el trabajo por el resto de la humanidad.

A duras penas sale vivo Ulises de la borrasca poseidónica. Se encuentra en la orilla de la isla de los feacios. Está exhausto, desnudo y tiritando. En ese momento, experimenta un profundo dilema de vida o muerte: si pasa la noche a la intemperie junto al agua, el frío y el rocío terminarán por matarlo; pero si sube a la colina boscosa para guarecerse, teme ser devorado por los animales. Durante todo el capítulo el héroe griego se queja de su fortuna, como se queja el Job de los hebreos. “¡Ay de mí! ¿Qué no padezco? ¿Qué es lo que al fin me va a suceder?”, dice en el verso 465.

Una “brisa glacial viene del río antes de rayar el alba” en la isla. Este viento frío es el “aura” para Homero y los griegos del a. C. 800. Para Ulises es un viento de la muerte dadas sus circunstancias. Por esto elige, finalmente, subir a la colina y refugiarse entre los arbustos, donde logra descansar con la ayuda soporífera de Atenea, su valedora.

El aura homérica no tiene nada que ver con lo que hoy entendemos por aura: no es un rasgo de la “diferencia”, sino de la igualación humana ante los dioses, ante el destino, ante el mito.

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