26 sept 2026

Seis años de ignominia

Lo que más impacta en Hernán Rivas es su descomunal caradurez. Su audacia no fue la de un habilidoso prestidigitador, sino la de un personaje tosco, de trucos obvios.

Su propio juicio era el primero al que asistió. Ahora, abandonado por sus ex amigos —“estafados”—, Rivas pasará de ser juez de jueces a terminar entre rejas.

¡Qué mala idea fue aceptar la entrevista con Santiago González y Roberto Coronel en aquella nefasta mañana de 2023! Al terminar la conversación, quedó claro para todos que jamás estudió en una facultad.

Olvidemos a Rivas. Es uno más en el escándalo más bochornoso de la historia judicial paraguaya. Jamás habría llegado al Jurado de Enjuiciamiento (JEM) si no fuera por un capricho de los cartistas, quienes, henchidos de soberbia y en plena borrachera del poder, lo mantuvieron allí.

Su universidad, la Sudamericana, era una despensa que repartía títulos como si fueran caramelos. Su falta de registros no es un “desorden administrativo”, es un modelo de negocio.

Un modelo que requiere decanos y rectores de cierto prestigio para que su fachada sea presentable. Hay que ir a la caza de los otros centenares de Rivas desperdigados por el país. Dicen que se los encuentra hasta en la Corte Suprema de Justicia.

Vergonzoso lo del Cones.

Dejó al desnudo la gelatinosa institucionalidad de nuestra educación superior. Mientras la Academia de Medicina se indigna por la proliferación de 45 facultades de Medicina —muchas de ellas de ficción—, sorprende el silencio del mundo judicial ante la multiplicación de las de Derecho. Existen casi 200.

Eso es una locura.

El vertiginoso y amañado paso del título falso por las dependencias del Ministerio de Educación y Ciencias (MEC) no puede quedar impune. La reputación del entonces ministro, Eduardo Petta, se agrietó de modo patético.

¿Cómo se atrevieron a tanto? ¿Acaso no midieron el daño que le infligían a la República? Que un impostor haya colonizado el JEM no una, sino dos veces —primero en nombre de los diputados y luego de los senadores— es una afrenta sin nombre.

Ya había denuncias de prensa; existía una advertencia escrita de Enrique Bacchetta, y sobraban las evidencias de que aquel hombrecito apenas sabía leer. Pero que los propios miembros del JEM lo hayan encumbrado como su presidente ya fue la alegoría de una republiqueta.

La Corte Suprema de Justicia actuó como un buzón burocrático. Omitió su potestad de fiscalización y le otorgó la matrícula a un individuo sobre el que existían cuestionamientos públicos estridentes.

¿Falta alguien? Ah, sí, me olvidaba del Ejecutivo. No olvidemos la respuesta de Santiago Peña cuando le preguntaron si no tenía vergüenza de Hernán Rivas.

Canchero, respondió: “Ni un poco”.

El falso abogado subyugó a los tres poderes del Estado hasta que no se pudo disimular que era un burro indefendible. He ahí la otra cara del “gigante que despierta y que desfila orgulloso con sus medallas de grado de inversión”.

Quiero destacar dos cosas.

Primero, la decepción generada por la cobardía con la que los magistrados y fiscales del país observaron toda esta humillación. Salvo el Colegio de Abogados y ciertas voces individuales, la mayor parte de los gremios mantuvo la cabeza gacha. Distinto habría sido si hubieran mostrado la cohesión y rebeldía de los médicos que hasta pusieron sus cargos a disposición en pos de reivindicaciones colectivas.

Y, segundo, esta historia tiene tres muertos a quienes les habría encantado asistir a la condena de Rivas. Mi homenaje a Ramón Romero Roa, el buen jurista colorado al que el cartismo sacó del JEM para reemplazarlo por Rivas; a José Casañas Levi, el funcionario del MEC que tuvo la valentía de investigar sus antecedentes, y a Jorge López Lohman, el intachable juez de San Pedro, destituido en forma injusta con el voto de Rivas.

Esto no puede ser el punto final de seis años de ignominia. Tiene que ser el primer renglón de una lista que la sociedad paraguaya todavía no se anima a escribir.

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