31 ago. 2025

La Academia trashumante

Se están por cumplir cien años de la fundación de la Academia Paraguaya de la Lengua Española. En 1927, Luis de Gásperi, el portentoso jurista paraguayo, fue su primer presidente. A lo largo de su historia algunos de los más ilustres intelectuales dieron brillo a la institución. Todos los países de habla hispana tienen instituciones similares para promover la cultura literaria y preservar el uso correcto del idioma español.

Hay 23 academias asociadas a la Asociación de Academias de la Lengua Española (Asale), que actúan como “guardianes” del idioma, evitando que se fracture en dialectos incomprensibles, al tiempo que se incorporan variantes regionales y modismos tecnológicos.

Son, pues, instituciones respetables y protegidas por los Estados por su valor inmanente a la nacionalidad. Es por eso que sus sedes suelen ser locales prestigiosos y con buena infraestructura. Así, por ejemplo, la Academia Argentina de Letras tiene un edificio propio en Buenos Aires con instalaciones para actividades formativas. La Academia Chilena de la Lengua cuenta con una sede bien equipada en el centro de Santiago. La Academia Peruana de la Lengua posee una preciosa casa histórica, considerada como un importante espacio cultural limeño. La Academia Colombiana sesiona en un edificio emblemático de Bogotá, con una impresionante biblioteca y salones para presentaciones de libros. Todas ellas cuentan con presupuesto estatal para su funcionamiento.

El contraste con la realidad de la Academia Paraguaya de la Lengua Española es chocante. Nunca contó con sede propia y el aporte presupuestario que recibió ha sido escuálido y arrítmico. Todo lo que desde allí se logró –que ha sido admirable y poco conocido– fue gracias a la invencible voluntad de sus integrantes. Su impacto hubiera sido mucho mayor con apoyo estatal, pero nunca existió una cabal valoración de la importancia estratégica de nuestro idioma.

El dato vergonzante es que nuestra casi centenaria Academia nunca logró tener una casa propia. Durante décadas sus reuniones se hicieron en casas particulares, en clubes sociales, en salones de la Academia de la Historia o de la Sociedad Científica, hasta que, en 1995, gracias a las gestiones de Hugo Rodríguez Alcalá, la Universidad Nacional de Asunción le concedió dos oficinas del Rectorado, ubicado entonces sobre la avenida España. En 2012 se firmó un convenio de usufructo de un pequeño espacio en la casa Josefina Plá, un patrimonio histórico, en la calle 25 de mayo. Era realmente un lugar poco digno, donde apenas cabían los libros, el escritorio de la secretaria y una mesa de sesiones.

Escribo “era” pues la Academia ha tenido que desalojar el local porque chorrea agua del techo, debido a la falta de conservación de la casona. Por ahora, sus libros están siendo preservados en la Biblioteca del Congreso, gracias a la buena voluntad de su director. El Centro Cultural de la República ha mostrado interés en encontrar una sede apropiada, pero hasta ahora, la Academia sigue trashumante. Uso la palabra en su sentido literario, evocando una vida de constante desplazamiento, sin un lugar fijo donde asentarse.

Lo más notable es que el Paraguay fue signatario, en 1960, del llamado Convenio de Bogotá, que en su artículo 2 lo compromete “a prestar apoyo moral y económico a su respectiva Academia Nacional de la Lengua Española, o sea, proporcionar una sede digna y una suma anual adecuada para su funcionamiento”. Este convenio fue ratificado por la Ley 901 de 1963. Firmamos leyes y convenios con gran exaltación, pero, a la hora de cumplir, se nos desvanece el entusiasmo.

Nuestra Academia de la Lengua, faro de la palabra escrita, sigue viviendo su novela trágica, sin presupuesto ni casa propia. El Estado tiene dinero para otros gastos, pero no hay un centavo para la cultura. No hay plata, aunque eso viole una ley y un convenio internacional. Mientras tanto, la Cenicienta de las letras sigue esperando su carroza... o al menos un techo que no gotee.

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