19 abr. 2024

Arnaldo Alegre

La posibilidad de que nos pongamos de acuerdo cada cierto tiempo para elegir a nuestras autoridades sin que la sangre llegue al río es lo más noble que la democracia ha hecho por nosotros. Y, a veces, hasta parece un milagro laico.
Lo vio venir desde una cuadra: Mate en mano y con la cara de susto como si fuera que vio a un aquelarre de sus tres últimas ex suegras pronunciando su nombre entre oscuros conjuros.
El sistema educativo nos prepara para ser un mero sujeto laboral. Por lo general están satisfechos si sale uno sabiendo sumar, restar y dividir y con las nociones necesarias para entenderse en la dulce lengua que le toca en suerte compartir con otros prójimos.
La sociedad paraguaya y gran parte de la mundial están en un terrible y profundo proceso de negación. No quieren ver el lado oscuro de su realidad. Apenas soportan una mención retórica, condescendiente, amigable
Descreo de los cielos e infiernos eternos como merecimiento por nuestro comportamiento terrenal. Entiendo que si la Justicia (señora reputada con inconfesables desvaríos y promiscuidades descaradas) funcionase es en esta celeste roca giratoria en donde deberíamos pagar por nuestras fallas
Debe estar algo tan podrido que un dirigente gremial vea como absolutamente viable pedir al Estado USD 1 millón para parar una protesta y que vaya a recoger —como un gentil adelanto de Semana Santa— una parte ínfima del negocio en el propio Ministerio del Interior.
Viendo la sufrida convivencia –transformada ahora en martirio– de Ucrania con su invasor ruso uno se ve tentado a hacer un paralelismo, con las obvias distancias de cada caso, con la relación entre Paraguay el gigante brasileño y, en menor medida, con Argentina.
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Hay algo de adolescentes ingenuos en las redes sociales. Y no es solo por la autorreferencia banal, la falta espeluznante de autocrítica y el sobredimensionamiento pueril de los hechos
Ninguna palabra es inocente y detrás de ella hay una construcción colectiva, sinuosa y absolutamente vital. A cada una, en especial a las floridas groserías que engalanan nuestras vidas y algún que otro encuentro familiar o social, le dotamos de un significado que rebasa su propia literalidad. Conocer la etimología de una ofensa es el primer camino para desarmarla como si fuese una bomba de relojería.
Todo aquel que ha sobrellevado un trabajo rutinario o que ha conducido largas distancias sabe con certidumbre experta que los últimos tramos de la tarea y los últimos kilómetros de la ruta son los más peligrosos y traicioneros, pues hasta el más avezado puede cometer en esas circunstancias errores y mandar todo el esfuerzo directamente al tacho del infortunio.
Arnaldo Alegre
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Por Arnaldo Alegre