12 sept 2026

Hugo Javier o la seducción de creerse parte del poder

Hay trayectorias políticas que, con el tiempo, terminan diciendo mucho más sobre el sistema que las hizo posibles que sobre quienes las protagonizaron. La de Hugo Javier González puede ser una de ellas.

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Hugo Javier ingresó a la arena política en el 2018 y ahora lucha por su vida.

Imagen: ÚH.

Mientras escribo estas líneas permanece internado, en estado grave, después de haber sido encontrado inconsciente en el lugar donde cumplía su condena. Las primeras versiones hablaron de un accidente cerebrovascular y una posterior caída. Luego aparecieron nuevos datos, otras versiones y, finalmente, las sospechas.

Lo cierto es que la posibilidad de que haya sido golpeado no nos resulta para nada inverosímil en un país como Paraguay. De hecho, un familiar suyo, que prefirió permanecer en el anonimato, llegó a expresar públicamente el temor de que pudieran enviar a un sicario hasta el hospital.

La sola existencia de ese temor merece una reflexión, ya que vivimos en la sociedad de la sospecha y hasta nos parece “normal” imaginar que un ex gobernador preso pueda ser golpeado en la cárcel o que un sicario pueda llegar hasta una terapia intensiva, con lo cual el problema deja de pertenecer solamente al terreno policial para pasar al orden político.

Y es aquí, precisamente, donde la historia de Hugo Javier comienza mucho antes de aquella noche y habrá que remontarse a casi 10 años atrás, al año 2017, cuando Honor Colorado buscaba candidato para disputar la Gobernación de Central. El primer elegido fue otro comunicador popular, Rubén Rodríguez, que tenía exactamente aquello que la política profesional busca cuando su propia identidad ya no alcanza para producir entusiasmo: reconocimiento, simpatía, familiaridad y un rostro sonriente construido durante años fuera de la política.

Pero ocurrió algo extraordinario: Rodríguez contó públicamente que Horacio Cartes le garantizaría durante los cinco años de su eventual gobierno los ingresos que dejaría de percibir en el sector privado. La información publicada en aquel momento hablaba de USD 1.200.000 distribuidos durante el mandato, aproximadamente USD 20.000 mensuales. El escándalo fue inmediato y Rodríguez terminó renunciando.

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El ex gobernador de Central Hugo Javier fue condenado a 10 años de cárcel.

Foto: Renato Delgado.

HC perdió al candidato, pero lejos estaba de perder el método, simplemente necesitaba otro rostro y apareció Hugo Javier, que hasta entonces era precandidato a diputado por el movimiento de Óscar Tuma. En agosto de 2017 se pasó a Honor Colorado para ocupar el lugar dejado por Rodríguez tras el fiasco de su breve precandidatura.

Era la secuencia típica de la política contemporánea. Cuando los partidos ya no pueden producir legitimidad mediante ideas, proyectos o cuadros propios, comienzan a importarla de otros campos, como la radio, la televisión o, actualmente los infuencers o streamers, como fiel reflejo de la sociedad del espectáculo que la maquinaria electoral convierte en votos.

Hugo Javier funcionaba perfectamente dentro de esa lógica. Durante su presentación como candidato, Santiago Peña pronunció una frase que nueve años después resulta casi profética que deberíamos haberla escuchado con mayor atención porque contiene una verdadera filosofía del poder: “Todos somos soldados del partido; nadie es nada sin el partido”.

El soldado no determina la guerra, no fija la estrategia, ni decide dónde combatir. Simplemente ocupa una posición dentro de una organización preexistente que seguirá existiendo cuando él desaparezca. Pero para ser soldado y ser “utilizado”, también hay que aceptar entrar en el juego y no se entra solo por coacción, se ingresa, muchas veces, seducido por los flashes de las fotografías al lado de los poderosos, nos gusta que quienes hasta ayer parecían inaccesibles nos llamen por nuestro nombre y sentir que hemos ascendido socialmente.

Nos fascina esa brevísima experiencia antropológica de dejar de mirar el poder desde afuera y comenzar a creer que formamos parte de él. En ese sentido, Étienne de La Boétie planteó hace casi cinco siglos uno de los problemas más perturbadores de la filosofía política. En su Ensayo sobre la servidumbre voluntaria se planteó: ¿Por qué tantos obedecen a tan pocos? Su intuición continúa siendo incómoda, porque obliga a abandonar una comprensión infantil del poder. La dominación nunca es solamente aquello que alguien nos hace, también necesita deseos, adhesiones, vanidades y pequeñas recompensas; es decir, el placer de sentirse reconocido por quien manda.

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Investigación. El ex gobernador de Central está procesado junto a otras 49 personas.

Por eso, en el fondo Hugo Javier somos todos y no porque todos hayamos firmado documentos irregulares, sino porque conocemos íntimamente la seducción del reconocimiento, del cargo, del título, de la invitación, de la primera fila y la fotografía. Pero mientras el flash dura una fracción de segundo, puede hacernos creer durante años que el poder también es nuestro.

Quizá ahí estuvo el verdadero error de Hugo Javier: en confundir proximidad al poder con posesión del poder. Años después, poco antes de regresar a prisión, concedió a Palo Rubin una entrevista que hoy adquiere otro significado. Reconoció su inexperiencia administrativa y contó que el movimiento le proporcionó un equipo que debía ayudarlo a conducir la Gobernación.

Describió una división de funciones tan simple como políticamente estremecedora: otros se ocuparían de administrar; él solo debía recorrer, estar con la gente, inaugurar obras y firmar. “Entré en un agujero ajeno”, dijo y habló de no haber sido protegido cuando comenzaron los problemas.

La expresión posee una densidad extraordinaria porque la firma es uno de los lugares donde el poder abstracto se convierte finalmente en responsabilidad individual. Las organizaciones, las redes, los movimientos ni las maquinarias firman, lo hacen las personas. Allí aparece la perversidad y también la eficacia de ciertos sistemas de poder. La estructura colectiviza el beneficio mientras todo funciona y puede individualizar la responsabilidad cuando algo fracasa.

En otras palabras, cuando el candidato gana, ganó el partido, cuando inaugura una obra, la hizo el proyecto político. Cuando conquista un territorio históricamente adverso, demuestra la fuerza del movimiento. Pero cuando aparecen los fiscales, los expedientes y las condenas, reaparece súbitamente el individuo, el soldado cae y el partido lo abandona.

Por eso comprender que Hugo Javier pudo haber sido utilizado no significa declararlo inocente, pues la responsabilidad política y penal no desaparece por ingenuidad. Quien acepta un cargo público acepta también aquello que implica. El poder puede utilizarnos, pero aceptar sus beneficios y subestimar sus responsabilidades también constituye una decisión.

La tragedia comienza justamente allí, en la seducción inicial. Hugo Javier quiso entrar, quiso ser candidato, cambió de movimiento y aceptó la estructura. Disfrutó seguramente de la victoria que lo convirtió en el primer gobernador colorado de Central después de décadas. Pero esa es también una de las capacidades más antiguas del poder, el hacernos creer, mientras nos necesita, que pertenecer a su estructura significa participar realmente de él.

Hay otro detalle de la entrevista con Palo Rubin que adquiere ahora una extraña tonalidad.

Después de grabarla, Hugo Javier pidió que una parte no fuera emitida. Su abogado habló de evitar un eventual “daño procesal”. Palo Rubin explicó que el segmento omitido estaba relacionado con asuntos personales que podían afectar a terceros y que no tenía relación con la Administración pública.

Pero cuando menos es sospechoso –sobre todo atendiendo los desenlaces finales– que un hombre que durante años vivió de hablar frente a micrófonos, convertido en político gracias, en buena medida a su notoriedad pública, termine su trayectoria pidiendo que algunas de sus propias palabras permanezcan fuera del aire.

Con todo, el caso Hugo Javier nos interesa mucho más allá de él. Hoy es Hugo Javier, mañana aparecerá otro, pues la estructura siempre necesita rostros nuevos. Necesita candidatos capaces de renovar su apariencia sin transformar su naturaleza, como respuesta a esa antigua costumbre paraguaya de considerar que estar cerca de quien manda significa haber dejado de ser uno de los que obedecen. ¿Qué queda, entonces, del soldado cuando el partido decide que ya no lo necesita?

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