12 jul 2026

Honestidad

Un recuerdo –tal vez sea el más profundo de los que aún conservo en mi memoria– es de una vieja casa de adobe sobre la avenida de Paraguarí. Estaba a media cuadra de la plazoleta de la Iglesia sobre la acera izquierda caminando hacia la estación del tren. Una parte de ella alquilaba mi madre. Yo tenía como cinco años y unos años menos mi hermano.

Al lado, patio mediante, en una casa de pilares y corredor alto, había una sastrería. Los dueños de esas casas eran hermanos, don Alejandro Regis el sastre y doña Fermina, que hacía dulces de maní, ka’i ladrillo, de la casa donde alquilábamos.

Lo que recuerdo de ese lugar es la lección que mi madre me dio y me hizo aprender una de las bases que han moldeado desde entonces mi obrar: La honestidad.

Unos años después vinimos a Mbatovi, donde nacimos y nació mi madre, la casa de los abuelos.

Los fanáticos de nuestro valle solemos decir que Mbatovi es un paraíso y no son pocos quienes coinciden conmigo. No por nada abundan allí las casas quintas, con quinchos y piletas y se abrieron urbanizaciones y barrios cerrados hasta en las laderas de los cerros Hû, Santo Tomás, del Cerro Pe y Mbatovi.

Antes había muchos campos ociosos, buena parte de ellos de los militares. Lo que me llamaba la atención y me causaba cierta indignación verlo, mientras caminaba a la escuela en Paraguarí sobre aquella cinta negra que nacía en el follaje de Cerro Roke hacia Cordillera y se perdía al otro lado del Cerro Pa’ü, donde emergía a lo lejos, al asomo del cerro Perõ la ciudad de Paraguarí era con qué facilidad y, sobre todo, con qué impunidad, se adelantaban algunas alambradas en la franja de seguridad. Incluso, había casitas dentro de ella. Esta práctica se reproducía hasta en los callejones que conectan diferentes sectores del barrio, en este caso Santo Tomás, Hugua Hovy.

Una de las causas, al menos en estos últimos, según entiendo, es que hasta no hace mucho tiempo la mayoría de los terrenos eran fiscales, sin una medida cierta y guiada más por la costumbre que por planos, aunque la institución responsable debía tener todos esos planos. En ellos están señalados las rutas y los callejones con sus medidas y demás.

Algunos podrían excusarse con “demasiado zoncera es un metro y medio o tres”; otros pueden alegar “por necesidad”, o el más común de las justificaciones: “Todo el mundo lo hace”.

Cuando sucede esto, y sobre todo se cierra un callejón de uso público, me vuelve siempre el recuerdo del caserón con el techo de tacuaras y tejas sobre la avenida de Paraguarí. Tenía dos habitaciones hacia el frente, las más grandes, y dos más pequeñas hacia atrás. El patio era enorme y se conectaba con el otro del caserón donde estaba la sastrería. Me gustaba explorar y los que más desafiaban mi curiosidad eran unos piletones hechos de ladrillo, metidos en el suelo, como bateas; no podía explicarme para qué servían.

De vez en cuando entraba en la sastrería, donde su dueño, don Alejandro Regis, un señor alto y canoso, ya era mi amigo; siempre estaba ocupado vistiendo y desvistiendo un maniquí, un torso sin brazos ni cabeza y desde la cadera, solo un palo ajustado a lo que parecían tres dedos enormes en el suelo. El piso estaba regado de recortes de telas de distintos colores, de carretes de hilos, finos y gruesos; sobre la mesa se esparcía rollos de telas generalmente grises, cartones dibujados con puntadas, una regla enorme y pedazos de tizas. Una tijera tan grande que –pensaba entonces– podía cortarse con ella una cabeza y una plancha de hierro, también enormes a mis ojos, eran sus herramientas.

Una vez agarré del piso un carrete con el hilo medio usado, con una aguja clavada en él, y lo llevé a casa. Cuando mi madre lo vio en mi mano, se paró frente a mí y con suma severidad me dijo: “Andá, devolvé, ahora mismo, y le vas a devolver al señor en su mano lo que agarraste y le vas a pedir disculpas”.

Por la contundencia de sus palabras no le era necesario controlar si lo hacía como me había ordenado.

También nos repetía hasta el cansancio, hasta grabársenos: “No mientan porque el que miente roba y el que roba, mata”.

La enseñanza es que no importa si es poca cosa porque si lo haces con las pequeñas, también puedes hacerlo con las grandes.

Tanto era su peso que hasta hoy no hay manera de burlarlas.

Más contenido de esta sección