12 jul 2026

Tres miradas a la Magnifica humanitas La Ciudad de Dios o la de Babel (III)

Al término de mi último artículo decía que el ser humano no es algo, sino alguien. Que su valor no depende de su función porque su origen y su destino lo trascienden. Esa convicción constituye el núcleo de la antropología cristiana. Sin embargo, por verdadera que sea, puede convertirse en una frase piadosa si no encuentra la forma de encarnarse en la historia diaria. Se necesitan cauces. Los grandes principios permanecen infecundos mientras no inspiren instituciones, leyes y una determinada visión de la sociedad. La cuestión decisiva no es solo qué creemos acerca del ser humano, sino qué ciudad construimos a partir de esa creencia.

Aristóteles diría que no basta con tener un telos, un fin claro, si no existe una polis que lo encarne. Del mismo modo, la exhortación del papa León XIV a reconstruir una nueva Jerusalén –una nueva civilización– solo puede realizarse si existen las mediaciones capaces de sostenerla. Recorramos, pues, tres aspectos de ese camino: El papel de María, las mediaciones mismas y la posibilidad de una nueva cristiandad.

La razón de invocar a la Madre de Dios como modelo de humanidad puede resultar extraña a muchos. Pero la figura de María tiene una fuerza que no es simplemente devocional, sino civilizacional. La idea central es esta: María no crea la realidad; la recibe, la reconoce y responde libremente a ella. Su mirada es anti constructivista. Nada de rechazo a nuestra realidad corporal, tal como se nos dio: admitir lo que es, con el “hágase en mí según tu palabra” ante el anuncio del ángel.

María no inventa el sentido del mundo ni impone su voluntad sobre lo real. Lo obedece. Hay allí una actitud de apertura al ser. Es la condición de posibilidad para fundar algo distinto. De esa fragilidad y humildad –no del poder ni de la voluntad de dominio– nace la posibilidad de una civilización nueva. El fiat mariano es el gesto fundacional de una historia escrita desde abajo. Pero una historia escrita desde abajo necesita, tarde o temprano, encontrar cauces: Instituciones, mediaciones, una forma histórica que la sostenga. La disposición receptiva de María no basta. Exige una traducción civilizacional.

Desde los primeros siglos, el cristianismo asumió esa provocación. La respuesta más clara fue la de San Agustín con la imagen de la Ciudad de Dios. No se trataba de un proyecto político en el sentido moderno. Agustín propone un orden social, sí, pero una comunidad fundada sobre el amor a Dios y al prójimo, y de ahí, un modo diferente de entender la autoridad, la justicia y el bien común. Su contrapartida era la ciudad terrena, que en Agustín se refería a Babel. Una civilización que pretende alcanzar su plenitud prescindiendo de Dios y termina absolutizando el poder, donde todo es política. Es el amor sui –el amor hacia nosotros mismos–, dice el filósofo de Hipona. Jerusalén y Babel representan así las dos alternativas.

Pero conviene advertirlo: cada época debe recrear esas mediaciones. No puede copiar las formas históricas del pasado. La cuestión, creo yo, no es cómo restaurar un mundo desaparecido, sino cómo hacer visible hoy esa Ciudad de Dios en medio de nuestras democracias y sistemas sociales.

Aquí aparece nuestro mayor déficit: las mediaciones entre la fe y la vida pública prácticamente han desaparecido. Las líneas que van de los principios a la concreción histórica se han contaminado de ideologías, y la fuerza de la experiencia cristiana perdió su vínculo político. Ya no tiene fuerza una acción católica organizada, ni el socialcristianismo, y menos la democracia cristiana. Los movimientos laicos que florecen en la segunda parte del siglo pasado, no se han plasmado en la realidad política. Más aún: Algunos cristianos ya no creen en la democracia.

Después de 1989, el colapso comunista en Europa vino acompañado de una globalización económica, sin arquitectura política capaz de sostener el diálogo y la paz. No generó unidad, sino reacciones fundamentalistas, identitarias y nacionalistas. Este diagnóstico no me resulta ajeno. Hace un año publiqué un libro sobre la nostalgia de una nueva cristiandad, que narraba el esfuerzo de mediar los principios de la doctrina social en un proyecto político-social cristiano. Ese proyecto colapsó, quizás, por la ambición de reducirlo todo a política. El desafío permanece abierto para cada generación. La nuestra, en el Paraguay, aún lo está debiendo.

La Ciudad de Dios nunca ha coincidido con ningún régimen ni época histórica. Es tarea permanente de conversión personal y construcción cultural. Esa es la propuesta de León XIV: más allá de la inteligencia artificial, nos exhorta a construir otra Ciudad de Dios donde la técnica sea medio, nunca un dios. Tolkien, citado por el papa Prevost, lo dijo así: No nos corresponde dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que esté en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir.

Volvemos así al punto de partida de estos artículos. La tentación de creer que la vida buena puede ser reemplazada y manipulada. Es la utopía transhumanista: Modificar al ser humano en busca de la arcadia paradisíaca. Pero la “Magnífica humanidad” no necesita ser superada tecnológicamente para tener dignidad: Solo le basta Cristo.

Dr. en Filosofía
Más contenido de esta sección