Después de tantos años, ya no recuerdo qué aspiraciones tenía de niño para cuando llegara a ser grande; es decir, una persona adulta. De hecho, a esa edad, antes de la adolescencia, no se suele tener aspiraciones reales y posibles, que implicasen esfuerzo y responsabilidad. No se entiende de esa manera. Los divagues eran más bien sueños –tal vez– irrealizables, como llegar a ser un astronauta que dejara su huella en la Luna; quizás un capitán pirata como Sandokan; un ermitaño consagrado a la contemplación o –más aún– ser tan pobre y feliz como lo fue San Francisco de Asís, el del Hermano Sol, hermana Luna, Hermano lobo, según había leído en La Vida de los Santos. Nada de eso sucedió, como quedó demostrado con el tiempo.
La madurez fue asentándose en mi cuerpo y mente, más en mi cuerpo que en mi mente, por suerte, que seguía reticente a dejar de dibujar sueños en el estrellado cielo de mi imaginación. Por esos años preadolescentes, todavía corriendo detrás de esos sueños, me enamoré y con ello llegó la poesía como un flechazo directo al corazón: “¿Qué es poesía?, dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. ¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? Poesía eres tú”. Con estos versos de Gustavo Adolfo Bécquer comenzaron mis primeros coqueteos con la poesía. Ellos me introdujeron en el terreno del amor y, como sabemos, el amor es otra cosa; en mi caso, era una abrumadora sensación que agitaba mi pecho y aceleraba los latidos de mi corazón, muy intensos para tan temprana edad. Sin embargo, con el tiempo eso también fue sosegándose y me llegó lo que la gente llama sentar cabeza. En otras palabras, entré en razón.
Estoy seguro que por este divague hemos pasado todos, hombres y mujeres por igual, aunque en mayor o menor medida, dependiendo cada quien de sus circunstancias. Es lo que nos moldea finalmente y nos ubica sobre el terreno donde terminamos parados. Como vivir en un termo es una metáfora, en la realidad todo esto sucede en medio de interacciones con otras personas, amigos, familia, compañeros, educadores. Cómo hemos vivido este proceso es lo que nos define de grande; es decir, una persona adulta. Básicamente la intensidad o la frivolidad.
En este punto, me quedo con este término: frívolo. Define a lo que es superficial, insustancial, de poca importancia. Cuando se trata de personas –dice el diccionario–, estas acostumbran a dedicar su tiempo a asuntos irrelevantes y de poca importancia. A falta de profundidad en materias generales, refuerzan lo exterior, la imagen, y la apariencia acaba siendo su mayor virtud.
Hubo personas frívolas en el camino, en el entorno, en la amistad, en el amor, en el trabajo. La diversión y los temas fáciles y triviales eran sus favoritos; abordar cuestiones más complejas, “que comprometan su pensar”, que exponían sus fibras más íntimas las ponían nerviosas, esquivas, hasta huidizas. Luego, ya era asunto terminado. Entonces las preocupaciones de estas personas eran sobre sí mismas, cómo se veían, o más bien, cómo las verían las demás personas. La trascendencia hacia lo colectivo, la responsabilidad social y compromiso que conlleva no figuraban en sus agendas.
En ese contexto, cuando llegó internet y con él las redes sociales, estas se volvieron punto central para la validación de las personas frívolas. Desde el menú del día a los viajes por diversos puntos del mundo y cercanías son sus debilidades. Y la selfie de cada día.
Han pasado muchos años y eso, como efecto colateral de lo que naturalmente representa, me ha dado la posibilidad de ver, de experimentar y sobre todo comprender estas realidades. Y en este punto entra lo que dice en TikTok –ya que estamos en tema de redes– un neurocirujano, que en la persona hay dos medios de validez: el tener y el ser. En el primero, la persona su validación deviene de lo que tiene: logros, títulos, cargos, imagen. En el otro, la persona vale por lo que es; y explica Mario Puig: Con todos los títulos, cargos, logros, yo soy; si pierdo todos esos que colgaban de mi persona, ¿siendo la misma persona?
Queda a cargo de cada quien ponerse a pensar –si quiere– qué persona es. Si quiere ir un poco más lejos en el tiempo, recordar los sueños de niños, cómo se manifestaron en su adolescencia y en qué terminaron ya siendo adulto.