16 oct 2026

Cómo lo que vemos influye en lo que somos

Transitamos un momento histórico en el que las personas tenemos al alcance de un click el poder de observar imágenes y mandatos sociales fuertes, que llegan directo al subconsciente, muchas veces sin notarlo.

El mundo se mueve a partir de pautas comerciales y económicas de firmas que venden artículos que nos ayudan a estar más cómodos, a organizarnos mejor, a hacer nuestro trabajo con mayor eficiencia y, por supuesto, a vernos mejor, y así “encajar” en el sistema.

Sin embargo, existe una delgada línea entre usar los recursos para mejorar nuestro bienestar y cruzarla hacia la obsesión con la imagen y la perfección, y lo que debería ayudarnos a sentirnos mejor se convierte en una fuente de presión, comparación constante y autoexigencia peligrosas.

El estudio Dove Campaign for Real Beauty (2004) indica que solo el 2% de las mujeres se consideran realmente atractivas. Otro, difundido por infosalud.com señala que las plataformas visualmente impactantes como Instagram y Snapchat influyen significativamente en la percepción de la imagen corporal, al mostrar contenidos idealizados, aspiracionales y editados.

A su vez, un análisis de la British Psychological Society confirma que la exposición a estas imágenes tiene efectos directos en el bienestar emocional, reforzando la comparación social y la insatisfacción con uno mismo.

Pero el problema no está en elegir una figura mediática como inspiración, sino en sobrepasar los límites de esa admiración. Como señala la doctora Linda Papadopoulus (@drlindap), psicóloga del comportamiento y asesora de campañas en el Reino Unido, el verdadero trabajo de reconstrucción de la autoestima empieza cuando dejamos de mirar para copiar y comenzamos a mirar para entender y aprender de lo positivo, sin perder contacto con nuestra realidad.

Tomando de ejemplo el fenómeno Kardashian: belleza percibida como artificial, sobreexposición constante, un estilo que muchos consideran excesivo y, aun así, aspiracional para quienes desean replicarlo a cualquier costo.

Al otro extremo encontramos a Kate Middleton, o anteriormente a Diana de Gales, que representan lo opuesto, una belleza sobria, elegante, organizada y calculada, pero también difícil de alcanzar, y presentada como modelo aspiracional.

Lo que une a ambas realidades, y no se ve públicamente, es que detrás de cada imagen pública hay un ejército de profesionales, desde estilistas y entrenadores personales hasta cirujanos y nutricionistas, que hacen posible esa aparente perfección.

¿Y que resulta? Cuando la inspiración se transforma en comparación constante, aparece el riesgo de dismorfia corporal, insatisfacción crónica y decisiones extremas, como cirugías o dietas estrictas.

Pero, ojo, la obsesión por la imagen personal y la validación no solo es cosa de redes o reality shows; también se refleja en la música. El grupo Green Day aborda estas temáticas con acento crítico en canciones como: Fashion Victim, Prosthetic Head y Oh Yeah!.

Escuchar estas canciones es recordar que la cultura popular invita a reflexionar sobre la presión estética, la autenticidad y la relación con la propia imagen.

Desde el origen literario de El retrato de Dorian Gray, base de toda vanidad, hasta la crudeza visual de La Sustancia (2024) o cintas como Death Becomes Her, o The Neon Demon, exploran y explotan el tema.

También lo aborda la música pop: Stupid Girls (P!nk), Mrs. Potato Head (Melanie Martinez), Beautiful, Dirty, Rich y Plastic Doll (Lady Gaga), Pretty Hurts (Beyoncé). Estas obras invitan a cuestionar por qué la sociedad, desde el Hollywood clásico hasta el presente sigue obsesionada con una imagen destinada a marchitarse.

La clave no está en evitar “ver”, sino en educar la mirada para que lo aspiracional no se vuelva autoexigencia, es consumir con conciencia.

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