Transitamos un momento histórico en el que las personas tenemos al alcance de un click el poder de observar imágenes y mandatos sociales fuertes, que llegan directo al subconsciente, muchas veces sin notarlo.
El mundo se mueve a partir de pautas comerciales y económicas de firmas que venden artículos que nos ayudan a estar más cómodos, a organizarnos mejor, a hacer nuestro trabajo con mayor eficiencia y, por supuesto, a vernos mejor, y así “encajar” en el sistema.
Sin embargo, existe una delgada línea entre usar los recursos para mejorar nuestro bienestar y cruzarla hacia la obsesión con la imagen y la perfección, y lo que debería ayudarnos a sentirnos mejor se convierte en una fuente de presión, comparación constante y autoexigencia peligrosas.
El estudio Dove Campaign for Real Beauty (2004) indica que solo el 2% de las mujeres se consideran realmente atractivas. Otro, difundido por infosalud.com señala que las plataformas visualmente impactantes como Instagram y Snapchat influyen significativamente en la percepción de la imagen corporal, al mostrar contenidos idealizados, aspiracionales y editados.
A su vez, un análisis de la British Psychological Society confirma que la exposición a estas imágenes tiene efectos directos en el bienestar emocional, reforzando la comparación social y la insatisfacción con uno mismo.
Pero el problema no está en elegir una figura mediática como inspiración, sino en sobrepasar los límites de esa admiración. Como señala la doctora Linda Papadopoulus (@drlindap), psicóloga del comportamiento y asesora de campañas en el Reino Unido, el verdadero trabajo de reconstrucción de la autoestima empieza cuando dejamos de mirar para copiar y comenzamos a mirar para entender y aprender de lo positivo, sin perder contacto con nuestra realidad.
Tomando de ejemplo el fenómeno Kardashian: belleza percibida como artificial, sobreexposición constante, un estilo que muchos consideran excesivo y, aun así, aspiracional para quienes desean replicarlo a cualquier costo.
Al otro extremo encontramos a Kate Middleton, o anteriormente a Diana de Gales, que representan lo opuesto, una belleza sobria, elegante, organizada y calculada, pero también difícil de alcanzar, y presentada como modelo aspiracional.
Lo que une a ambas realidades, y no se ve públicamente, es que detrás de cada imagen pública hay un ejército de profesionales, desde estilistas y entrenadores personales hasta cirujanos y nutricionistas, que hacen posible esa aparente perfección.
¿Y que resulta? Cuando la inspiración se transforma en comparación constante, aparece el riesgo de dismorfia corporal, insatisfacción crónica y decisiones extremas, como cirugías o dietas estrictas.
Pero, ojo, la obsesión por la imagen personal y la validación no solo es cosa de redes o reality shows; también se refleja en la música. El grupo Green Day aborda estas temáticas con acento crítico en canciones como: Fashion Victim, Prosthetic Head y Oh Yeah!.
Escuchar estas canciones es recordar que la cultura popular invita a reflexionar sobre la presión estética, la autenticidad y la relación con la propia imagen.
Desde el origen literario de El retrato de Dorian Gray, base de toda vanidad, hasta la crudeza visual de La Sustancia (2024) o cintas como Death Becomes Her, o The Neon Demon, exploran y explotan el tema.
También lo aborda la música pop: Stupid Girls (P!nk), Mrs. Potato Head (Melanie Martinez), Beautiful, Dirty, Rich y Plastic Doll (Lady Gaga), Pretty Hurts (Beyoncé). Estas obras invitan a cuestionar por qué la sociedad, desde el Hollywood clásico hasta el presente sigue obsesionada con una imagen destinada a marchitarse.
La clave no está en evitar “ver”, sino en educar la mirada para que lo aspiracional no se vuelva autoexigencia, es consumir con conciencia.