19 ago 2026

Excelentes proyecciones macroeconómicas, pero desafíos a nivel micro

Las proyecciones económicas para el Paraguay en el presente ejercicio de 2026 confirman la resiliencia y el dinamismo del producto interno bruto (PIB). Según algunos informes recientes públicos y privados, las expectativas de crecimiento se consolidan en un 4,0%, con una probabilidad al alza impulsado por resultado excepcional del sector agrícola, especialmente de la soja.

A este panorama expansivo se le suma un entorno de estabilidad monetaria con una estimación de inflación tendiendo a la baja, situándose en un 3,5% anual. Este comportamiento ha permitido al Banco Central del Paraguay (BCP) mantener una tasa de política monetaria anclada en el 5,50%, proyectando también una estabilidad que podría estimular la inversión de capital extranjero y dar previsibilidad a las finanzas corporativas.

No obstante, la naturaleza de este crecimiento muestra una de las limitaciones más importantes del PIB como indicador de bienestar. La expansión económica paraguaya sigue dependiendo del desempeño de su sector primario, en particular a la producción y exportación de materias primas como la soja y la carne vacuna. Esta dependencia expone al país a una histórica y persistente volatilidad económica.

De hecho, los mismos reportes advierten que las perspectivas para 2027 se enfrentan a riesgos climáticos como el fenómeno de El Niño, cuyas consecuentes lluvias torrenciales amenazan tanto la zafra agrícola como la actividad de la construcción. Cuando el bienestar material de una nación se expande o se contrae al vaivén de las fluctuaciones climatológicas y de los precios internacionales de los commodities, el crecimiento reflejado en el PIB adquiere un carácter volátil, concentrado y precario para las bases de la pirámide social.

El empleo en el mercado paraguayo constituye otro factor de distorsión que el PIB es incapaz de diagnosticar con precisión. A pesar de las cifras de crecimiento, los niveles de informalidad laboral rondan históricamente el 70%, privando a la mayoría de los trabajadores de seguridad social, estabilidad laboral y salarios dignos.

Paraguay necesita transitar con urgencia hacia indicadores multidimensionales de evaluación del desarrollo. Mientras el PIB sigue aumentando, el acceso a una salud pública de calidad sigue siendo deficiente, la educación pública deja sin un futuro productivo a la juventud, una gran cantidad de hogares se mantienen en condiciones de pobreza y vulnerabilidad, y los sistemas jubilatorios enfrentan urgencias de solvencia y gobernanza regulatoria que ponen en riesgo los ingresos y su sostenibilidad.

La estabilidad de precios y el crecimiento para el cierre del año son, sin duda, condiciones necesarias, pero bajo ningún concepto suficientes para el desarrollo integral.

Una inflación contenida alivia la presión sobre los hogares de menores recursos, pero no corrige la malnutrición en aumento, la falta de infraestructura de agua potable y saneamiento, ni la alarmante desprotección ante choques climáticos que sufren los pequeños agricultores de la agricultura familiar. No hay que perder de vista que mientras el promedio general de inflación es bajo, el de inflación de alimento en algunos años supera de manera importante este nivel.

El análisis crítico obliga a separar el éxito contable del progreso social real. El PIB, al comportarse como un promedio agregado, invisibiliza las desigualdades y la fragilidad de un modelo económico altamente dependiente de factores exógenos y de escaso impacto en la creación de empleo de alta calidad.

El desarrollo no se mide por las toneladas de soja exportadas ni por los puntos porcentuales de crecimiento, sino por su capacidad de transformar esa bonanza macroeconómica en capital humano, formalización y una red de protección social universal que inmunice a su población contra la incertidumbre del futuro.

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