27 ago 2026

La gestión municipal debe tener como norte sobre todo el bien común

Con miras a las elecciones municipales, es necesario el ejercicio del poder y la contraloría ciudadana. Hace falta recuperar el sentido de pertenencia al tejido histórico y cultural que nos vincula como miembros de una sociedad que genera las verdaderas estructuras políticas. Es necesario que, junto con el ejercicio democrático del voto, recuperemos el sentido del bien común.

En octubre próximo tendremos las próximas elecciones municipales en las cuales se ponen en juego más de 260 cargos de intendentes y más de 2.780 de concejales.

Además de la participación ciudadana y el voto que sostienen los procedimientos básicos de la democracia representativa, es necesario para los ciudadanos de este país ahondar en los necesarios principios éticos que dan vida al republicanismo democrático real.

El primer factor a destacar es el de la misma dignidad de los vecinos de cada municipio que no son meros números estadísticos y masas informes que el poder tiene derecho a manipular para alcanzar sus objetivos, por muy ambiciosos que sean estos. Cada ciudadano tiene una presencia y una voz que deben ser atendidas y escuchadas por quienes pretenden su voto de confianza.

Hay que recuperar al sujeto de la democracia, pues si esta se centra solo en los procedimientos electorales, carece de contenido y tarde o temprano puede ser instrumentalizada por grupos de poder que solo abogan por sus propios intereses particulares y no por el bien común.

El diálogo franco entre los miembros de la sociedad requiere madurar también en la fundamentación racional de las ideas y propuestas, así como en un sano realismo que no caiga en los discursos populistas o utópicos que, al señalar las fallas del contrario electoral, prometen más de lo que pueden cumplir o bien caen en el cinismo de la continuidad sin autocrítica.

Necesitamos una apertura mutua para este diálogo social sobre los problemas comunes que tenemos y las necesidades reales de cada comunidad.

Por tanto, otro factor importante es el ejercicio de una sana libertad de ideas y expresiones que, a la vez, se autoexijan una correspondiente responsabilidad personal al ser emitidas.

Más que nunca el contexto histórico y los cambios de época que enfrentamos como ciudadanos del siglo XXI requieren fortalecer la identidad y la dimensión espiritual de la democracia, la cual contempla unos valores comunes que, en palabras del recordado mandatario Eligio Ayala, superan el simple materialismo en el juzgamiento del bienestar común.

No se puede desarrollar la democracia sin virtud.

La crisis política que muchos señalan hoy se debe también a razones más profundas como la falta de ideales y la decadencia de buenos hábitos sociales que dan paso a vicios que generan inseguridad y perturban la vida en común.

Las normativas municipales que heredarán los futuros gobernantes, así como las que ellos establezcan tienen la función de regular su gestión atendiendo y canalizando la realidad social, si son confusas solo benefician a demagogos y déspotas.

Los caudillismos exacerbados, así como el paternalismo son deformaciones que debemos superar.

Son los ciudadanos los que construyen su bienestar día a día, y lo que se debe esperar de los gobernantes de turno es el cumplimiento de sus deberes desde un rol subsidiario, no intromisivo o asfixiante.

Es evidente que la corrupción daña el tejido moral de la sociedad, pero como contrapunto debemos ponernos de acuerdo en qué virtudes de la excelencia humana, exactamente como señalara la filósofa alemana Hannah Arendt, estamos dispuestos a desarrollar todos.

No podemos vivir bajo el dominio de una ética fragmentada y relativista, la cual es propia de un tipo de discurso puramente declarativo y emocional, si queremos un progreso real en las gestiones venideras.

Recordemos que el republicanismo democrático real requiere del autogobierno personal y la libertad individual de los ciudadanos, así como el respeto a su dignidad personal, una condición ética realista que apunte al bien común, y podríamos agregar también una sana educación que fortalezca los conocimientos, vínculos sociales y virtudes cívicas, tales como la justicia y la solidaridad, que necesitamos para un desarrollo sostenible e integral. Porque el norte no debe ser el interés partidario, particular sino el bien común.

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