Opinión

Evitemos una nueva década perdida

Alberto Acosta Garbarino Por Alberto Acosta Garbarino

Hoy es el primer domingo del año nuevo, es un momento para dejar atrás al que se ha ido y mirar para adelante a este 2022 que está comenzando, pero principalmente, a esta década de los 20, donde tendremos grandes desafíos.

La expresión década pérdida fue utilizada en América Latina para referirse a la década de los 80 del siglo XX, cuando todos los países de la región sufrieron graves crisis económicas.

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El Paraguay no estuvo ajeno a esa situación y no solamente tuvo una década perdida, sino dos décadas perdidas, la del 80 y la del 90.

La principal causa del estancamiento de los 80 fue la finalización de la construcción de la represa de Itaipú, gracias a la cual habíamos crecido al 9% anual durante la década de los 70.

Terminada dicha obra, el crecimiento de nuestra economía se redujo a tan solo el 2% anual, porcentaje inferior al crecimiento anual de la población del 2,8%, lo que trajo como consecuencia mayor pobreza para nuestra gente.

En la década de los 90, la principal causa del bajo crecimiento económico del 2,5% anual fue la terrible crisis financiera, que llevó a la quiebra a más de la mitad de las instituciones financieras y dejó a miles de personas sin sus depósitos y a amplias zonas del país sin servicios bancarios.

Estos 20 años de estancamiento se terminaron en el 2003, cuando toda América Latina comenzó a disfrutar del viento favorable proveniente del crecimiento de China, que hizo que el precio de todos nuestros commodities se fueran por las nubes.

Cuando el precio de la soja creció de USD 180 a USD 650 la tonelada, en nuestro país se produjo una explosión de inversiones: aumentando el área sembrada, incorporando maquinarias y tecnología, ampliando silos, puertos y toda la cadena logística. Nuestra economía creció a una tasa anual del 5,14% muy por encima del 1,2% que crecía nuestra población, trayendo consigo una importante reducción de la pobreza.

Este boom de los commodities se ha ido moderando a partir del 2014 y los sucesivos gobiernos que hemos tenido desde aquel momento, han recurrido al endeudamiento externo para realizar obras de infraestructura que eviten que la economía se frene aún más.

Este camino era razonable teniendo en cuenta el enorme déficit en infraestructura que tiene nuestro país y el bajo endeudamiento que teníamos en el año 2014, pero hoy, debido al rapidísimo crecimiento de nuestra deuda pública de los últimos siete años, este camino es insostenible.

A pesar del fuerte impulso del endeudamiento, nuestra economía pudo crecer en el periodo 2015-2020 apenas un 2,4% anual, un porcentaje similar al de las “décadas perdidas”.

Eso se debió a que el fuerte impulso del endeudamiento se enfrentó al freno de las crisis de los países vecinos, de las fuertes sequías y de la pandemia del coronavirus.

A partir de ahora en los escenarios que proyectemos para el futuro siempre tendremos que tener presentes estos factores: el climático, el sanitario y el populismo político de nuestros vecinos.

Pero también siempre tengamos presente que para crecer económicamente la palanca, la única palanca, es la inversión, que puede ser pública o privada, nacional o extranjera.

En la década de los 20, el motor de nuestra economía no será la inversión pública, sino la inversión privada, y el Paraguay tiene muchas de las condiciones necesarias para atraerlo: una moneda estable, un sistema tributario simple, tierra fértil, abundante energía y agua dulce, y una población joven y entrenable.

En nuestro país existen grandes oportunidades para la inversión: en infraestructura, en la generación de energías alternativas, en el área forestal, en plantas de celulosa, en agricultura, en ganadería, en industrias y en servicios.

El escenario será muy difícil, pero si mantenemos nuestra racionalidad económica y no entramos en el populismo de la región, nuestro futuro puede ser mejor que el de nuestros vecinos.

Podremos evitar así una nueva década perdida.

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