24 abr. 2024

Estudio destaca potencial de las ballenas contra calentamiento global

La mayoría de las soluciones naturales contra el cambio climático se basan en preservar los ecosistemas y la biodiversidad (como restaurar bosques o humedales), pero, según un estudio, las ballenas podrían jugar un papel importante en el secuestro de CO2 atmosférico.

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La ballena franca del Atlántico Norte (Eubalena glacialis) no solo es uno de los animales más amenazados del planeta, sino que es cada vez más pequeña.

Foto: anipedia.net.

El estudio, publicado este viernes en Trends in Ecology and Evolution, analiza cómo influyen estos gigantes marinos en los niveles de carbono del aire y el agua y cómo, sin ser conscientes, contribuyen potencialmente a la reducción global del dióxido de carbono atmosférico (CO2).

“Entender el papel de las ballenas en el ciclo del carbono es un campo dinámico y emergente que puede beneficiar tanto a la conservación marina como a las estrategias contra el cambio climático, aunque para ello es necesaria la colaboración entre ecólogos marinos, oceanógrafos, biogeoquímicos, modelizadores del ciclo del carbono y economistas”, sostiene el estudio.

Las ballenas, que pueden pesar hasta 28 toneladas y tener el tamaño de grandes aviones, son unos seres vivos cuya biomasa se compone en gran parte de carbono.

Por eso, según los autores, las ballenas pueden ser la mayor reserva de carbono vivo del océano pelágico, la parte del sistema marino responsable del almacenamiento de una cuarta parte del carbono en la Tierra.

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“Su tamaño y longevidad les permiten ejercer un fuerte efecto en el ciclo del carbono, ya que almacenan carbono de forma más eficaz que los animales pequeños, ingieren cantidades extremas de presas y producen grandes volúmenes de productos de desecho”, explica Heidi Pearson, bióloga de la Universidad de Alaska Southeast y líder del estudio.

Las ballenas consumen diariamente hasta un 4% de su enorme peso corporal en krill y plancton que, en el caso de la ballena azul, supone casi 2.000 kilos.

Cuando digieren los alimentos, sus excrementos –ricos en nutrientes– ayudan a que el krill y el plancton prosperen, contribuyendo así a aumentar la fotosíntesis y el almacenamiento de carbono de la atmósfera.

Además, una ballena azul puede vivir hasta 90 años y cuando muere y su cuerpo cae al fondo marino, el carbono que contiene se transfiere a las profundidades a medida que se descomponen, explica el estudio.

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Esto complementa la bomba biológica de carbono, en la que los nutrientes y las sustancias químicas se intercambian entre el océano y la atmósfera a través de complejas vías biogeoquímicas.

Sin embargo, la caza comercial ha reducido las poblaciones de ballenas en un 81%, y eso ha podido tener efectos todavía desconocidos sobre la bomba biológica de carbono, avisa el estudio.

“La recuperación de las ballenas tiene el potencial de mejorar a largo plazo y de forma autosostenida el sumidero de carbono oceánico”, pero para ello hacen falta “intervenciones robustas de conservación y gestión que promuevan directamente el aumento de la población”, concluye el texto.

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