En 1983, el compositor estadounidense John Adams recibió del director de teatro y ópera, Peter Sellars, la propuesta de componer música acerca de la controvertida, pero no menos histórica visita en 1972 del presidente de EEUU, Richard Nixon, a la China comunista de Mao Zedong. En 1985, Adams y Sellars invitaron a la poeta Alice Goodman a encargarse del libreto. El resultado fue Nixon en China (1989), probablemente la última gran ópera del siglo pasado, con seis personajes y seis voces bien diferenciados, más un coro de tres mujeres; con una música intensa y un sentido teatral y coreográfico que electrifica las emociones y las cínicas racionalidades de la geopolítica desde lo heroico y romántico. Adams, Sellars y Goodman coincidían en una cosa: No sería una parodia posmoderna, sino una ópera heroica.
Que no fuera parodia no quiere decir que Nixon en China no esté llena de ironías aceradas, de teatralidad impostada y, a la vez, de honestidad profunda en unos líderes políticos tan disímiles pero dados también al discurso gárrulo como defensa de sus concepciones filosóficas, políticas, culturales y personales. Porque la ópera no solo escenifica lo público, sino también lo privado: En el tercer y último acto, cada una de las parejas del poder estadounidense y chino se dan al canto de lo íntimo y lo erótico.
Hay melodías populares de las que agitan el cuerpo, hay pop acechante en la voz de Nixon, hay unos metales y unas percusiones que recuerdan amenazantes riffs del heavy metal, hay repeticiones incesantes y rulos que bien pueden ser parte del minimalismo típico que caracteriza la música de Adams, pero que bien pueden ser parte de un rap agazapado o de un blues irónico y doliente. Tal vez por esto, según cuenta Goodman en el prólogo al libreto, Adams buscaba a alguien que escribiera buenos pareados, muy comunes en el rap y en cualquier música popular, pero con el sentido poético y político que hay en el brillante libreto de Goodman.
Trump estuvo en Pekín por segunda vez como presidente de los Estados Unidos. No es el líder estadounidense que más haya visitado China: George Bush Jr lo hizo cuatro veces; Barack Obama, tres; mientras que Bill Clinton lo hizo una sola vez, pero estuvo allí nueve días paseando por diferentes ciudades. Todos celebraron el acoplamiento productivo de China al flujo financiero mundial: menos Trump. Por esto es quien le da mayor importancia simbólica a la visita, escenográfica, aunque Xi Jinping tampoco se queda atrás bajo las formas chinas. En este sentido teatral y mediático, el presidente estadounidense actual solo se compara con dos ex habitantes de la Casa Blanca con los que mantiene una afinidad ideológica histórica: abogado y militar Richard Nixon y el actor Ronald Reagan.
En el primer aria de Nixon en la ópera, el barítono se regocija cantando repetitivamente: “Las noticias tienen una especie de misterio”. Es eso mismo lo que Trump y Jinping entienden con esta escenificación en Pekín, más allá del toma y daca arancelaria. El bucólico paseo por los jardines imperiales de Zhongnanhai, donde el chino le hizo sentir al estadounidense el peso milenario de China en comparación con los más imberbes de Estados Unidos. Como en la ópera, hubo algo de Wall Street y comercio en el cónclave, mucho menos de filosofía a la manera clásica de Mao, porque la pseudofilosofía del pragmatismo campea en ambos bandos.
A propósito, no son tiempos maoístas pareciera ser en China, pero no es tan así. Un revelador ensayo de Yinhao Zhang, publicado en el Monthly Review en abril pasado, hace notar cómo la nomenclatura comunista neoliberal que desterró el pensamiento de Mao, ahora enfrenta su resurgimiento bajo un radicalismo político renovado que exige liberalización democrática; o, más paradójica y masivamente, como una popular filosofía de autoayuda entre los jóvenes, basada en textos autobiográficos y combativos de Mao. Sus libros son los más consultados en la bibliotecas chinas y los jóvenes comparten sus frases en las controladas redes digitales. A esto, Jinping y los suyos le tienen algo de miedo. La juventud siempre es “de cuidado” en cualquier tiempo y lugar.
Nixon en China se puede ver en YouTube, en varias producciones. Sugiero la visualidad brutal de la versión de 2012 por parte de la Orquesta de Cámara de París, en el Théâtre du Châtelet.