Fuimos a Caazapá con unas amigas franciscanas. Como católica de a pie muchas veces tengo la necesidad de parar un poco las actividades rutinarias y encomendarme a Dios de una manera diferente. Nunca he sentido que estos gestos que marcan mi sentido de pertenencia a mi comunidad de fe me quitaran algo de libertad, de racionalidad o de sentido. Nunca he sentido la religión como una alienación, aunque sí he pasado mis momentos de rebeldía, con el tiempo y los acontecimientos de la vida he sabido retomar ese camino existencial de una manera, para mí, más inteligente; es decir, más realista.
Me declaro fan de la gran obra evangelizadora de las reducciones franciscanas, cuyas huellas quedan en muchos pueblos de nuestro país, incluso en nuestra mentalidad y estilo de vida comunitario. Mi amigo, el finado padre Aldo Trento, me ayudó a apreciar también la obra jesuita que, para “mayor gloria de Dios y bien de los hombres”, tiene un estilo imponente, en plena selva de la entonces Paraquaria.
Recuerdo que el gran artista Koki Ruiz, quien falleció el mismo día que el caritativo sacerdote enamorado del Paraguay, también fue un gran renovador, respetuoso de esa herencia espiritual y cultural de nuestro pueblo.
Los franciscanos lograron penetrar en las costumbres y llevar el principio de la encarnación divina, bella mezcla de espiritualidad y terrenalidad, a un estadio portentoso que casi no sabemos valorar porque su construcción es silenciosa y penetrante. Lo tenemos sí muy arraigado, pero a veces como un desconocido mundo de interioridad cultural que nos cuesta desentrañar. Es, en parte, por la brutal censura cultural que hemos vivido desde el genocidio de la Guerra Grande; los “guarangos” fuimos humillados hasta el fondo en nuestra propia tierra, pero no morimos. Gracias a las mujeres paraguayas resguardamos dentro de la casa, del patio, de la comunidad, la fe, el idioma y la cultura comunitaria. Lo que falta es animarse a hacer ese camino, mirar por dentro y sanar aquel dolor tan profundo. Y una forma concreta de hacerlo es agarrar viaje por los circuitos que llamamos “turísticos”, pero que podemos convertir en verdaderos itinerarios de sanación espiritual.
La cultura es una obra humana, profundamente espiritual porque pone en juego y arriesga nuestra persona, nuestra sensibilidad, nuestras expresiones artísticas como las que vemos en los antiguos retablos que construían como catecismo vivo para los que abrazaban la fe. De nada serviría resguardar cosas viejas, las apreciamos porque revitalizan la vida hoy.
Itá, por ejemplo, es el primer pueblo en el que De San Buenaventura y Luis de Bolaños dejaron huella y pusieron el corazón ni hablemos de Caazapá que es una verdadera joya, toda ella llena de detalles por redescubrir.
La artesanía, los templos, las casas coloniales, sus recuerdos, aún hoy constituyen un bien para los habitantes. Es igual en Capiatá, Caacupé, Villarrica del Espíritu Santo, Yaguarón…
Borremos esos pueblos, sus nombres, su saludo, sus kambuchi de agua hospitalaria… Y borraremos nuestra identidad.
Lo han hecho en otros sitios del mundo, creyendo construir una Babel llena de esplendor, pero han demostrado, sobre todo en Europa, tener pies de barro los que redujeron a racionalismo la inteligencia y a moralina la voluntad, creyendo ser más libres por tirarse a un abismo inmisericorde. Hoy su crisis social y cultural es evidente.
A nosotros nos seducen y también nos presionan desde fuera para abandonar nuestra identidad más profunda, al tiempo de que se admiran por nuestra vida comunitaria, por el sentido de la amistad, de la cordialidad que nos queda como herencia. Es paradójico.
Por eso, retomar el itinerario de los pueblos franciscanos y jesuitas, con sentido reflexivo, abiertos a todos los factores, es una oportunidad para ligar de nuevo con nuestra interioridad.
Justo este año tienen en Caazapá la reliquia de primer orden de San Francisco de Asís, a quien dedicamos el canto de un pajarillo, con quien compartimos la olla familiar y el primer mate de tereré… ¡Vale la pena ese camino!