Un amigo norteamericano, poco habituado a los usos y costumbres de la política nativa, quedó sorprendido con las imágenes de la reciente conmemoración del Freedom 250. En un ambiente distendido, el presidente Santiago Peña y el líder de Colorado Añetete, Mario Abdo Benítez, se saludaron efusivamente. El pobre desconocía el significado del abrazo republicano y, por eso, hizo preguntas ingenuas: “Pero, cómo, ¿estos dos no son los mismos que se cruzaban acusaciones de ineficiencia y corrupción?”
Con la paciencia que me caracteriza, le expliqué que solo estaban cumpliendo un ritual ancestral. Para que lo entendiera mejor, apelé a una expresión que le resultaría conocida: estaban “enterrando el hacha de guerra”, un rito que se remonta a las antiguas tradiciones de los indígenas de Norteamérica. Cuando se alcanzaba un acuerdo de paz, los jefes de las tribus realizaban una ceremonia que simbolizaba el fin de las hostilidades: enterraban literalmente sus hachas de guerra —llamadas tomahawks— en el suelo.
Le advertí que nada había sido casual; los colorados no suelen improvisar. El escenario —un acto diplomático— era neutral y ofrecía una coartada para mostrar unidad sin que pareciera un pacto partidario. La “fortuita” presencia de Nicanor Duarte Frutos le quitaba tensión al abrazo. Eran solo dos ex presidentes saludando al presidente en ejercicio. Los propios protagonistas se encargaron de restarle dramatismo: “fue solo un gesto ciudadano y de cortesía”. En realidad, esa negación era parte del libreto. Acababan de realizar el acto más simbólico de la liturgia colorada.
Mi socio yanqui me escuchaba sin entender. Le aclaré algo que, para nosotros, los autóctonos, no era inesperado: el abrazo republicano es una puesta en escena con una dramaturgia ensayada. Esta tradición, indispensable para mantenerse en el poder, vuelve irrelevante que, hace pocos días, Mario Abdo haya declarado: “No hace falta un abrazo. Decirse de todo en campaña y después vernos juntos en un palco hace que la gente cuestione tu coherencia”. Ese abrazo “fortuito” no es una contradicción, es una preparación. Todavía no fue en un palco, pero es cuestión de esperar. Luego vendrá el magno abrazo: Cartes con Abdo. No será ninguna sorpresa.
La oposición le ha copiado muchas cosas a la ANR —como el prebendarismo y la corrupción— pero nunca pudo igualarla en su pragmatismo. Terminadas las internas municipales, el cartismo supo que el adversario estaba fuera del partido. En Asunción, hubo un inmediato acercamiento a la disidencia, y esta prometió acompañamiento a cambio de un trato igualitario. Enseguida, abrazo republicano entre Mario Abdo, el candidato Camilo Pérez y el presidente de Diputados, Raúl Latorre.
En Villarrica, Marito y Arnolfo Wiens se abrazaron con candidatos cartistas. Mi amigo del Norte me interrumpió: “Pero, ¿cómo puede ser? Ambos están procesados por el cartismo, uno por filtración de documentos y otro por el caso Metrobús”. Ese es el encanto del gesto, le repliqué. Luego de intercambiarse palmaditas en la espalda, ambos declararán, impertérritos, que “eso no cancela nuestras diferencias”.
Y ahí reside también su mayor misterio, porque, en el fondo, es una estafa que oculta impunidad y concesiones turbias. Lo curioso es que este abrazo entre élites, realizado lejos de la ciudadanía, se repite una y otra vez como si fuera inédito. Todos saben que su validez expira con las próximas elecciones. Al día siguiente, volverán a tratarse de badulaques, ese curioso insulto preferido de los paraguayos, de contundente sonoridad e impreciso origen.
El abrazo republicano, a esta altura, es un acto de desprecio a la inteligencia del votante. Pero, aun así, sigue funcionando. Es un insólito bucle de la política paraguaya: las mismas rencillas, el mismo guion, el mismo final y, sin embargo, el mismo éxito electoral.
Miré a mi amigo norteamericano para ver si había entendido este raro intríngulis colorado, y me contestó con un inexpresivo: “Qué notable”. Ya responde como paraguayo. Es cuestión de tiempo para que entienda el abrazo republicano.