25 jul 2026

El tiempo

El tiempo es como una fogata; se consume. Pues todo lo demás que conocemos se transforma, como predica la ciencia. O tal vez también se transforma; quién lo sabe. Porque el sol, que es una fogata, se consume; sin embargo, se transforma. Algún día, que no veremos, será un gigante rojo y después se apagará y será una pequeña enana blanca; un cadáver estelar. Ahí se habrá acabado el tiempo, para nuestro vecindario cósmico.

“El tiempo que perdemos es lo único que no podemos recuperar”; “matar el tiempo”; “el tiempo lo cura todo”; y otras como “el tiempo pone todo en su lugar” –que el cantor Pablo Milanés pinta en esta imagen tan cotidiana: “Por mi parte esperaba que el tiempo se hiciera cargo del fin”–, son lo que llamaríamos algunas de sus cualidades, citadas a lo largo del tiempo.

El tiempo es relativo, de acuerdo con la teoría científica. Es elástico. Para unos, es gigantesco; para otros, apenas queda tiempo. De niño, cuando corría descalzo por los campos de Mbatoví, desafiando al viento norte, la sensación del tiempo era infinita; era difícil percibir la muerte como final del tiempo; entonces, cada muerte era vista por mí como una tragedia.

Pero aquellos tiempos eran distintos. Teníamos un aparato de televisión Toshiba de 14, en blanco y negro, que funcionaba a batería de vehículo. En él veía los sábados de tarde, recuerdo que pasaba uno de los dos canales existentes, la serie científica Cosmos. El conductor Carl Sagan explicaba en uno de los capítulos que si uno llegase a viajar a una velocidad cercana a la de la luz, el tiempo para él prácticamente se detiene. Pasaría como en la película Interestelar, que el astronauta Joseph Cooper vuelve casi con la misma edad de cuando había partido a una misión espacial, mientras que su hija Murphy, que entonces era una niña, durante su ausencia había transitado toda una vida y estaba anciana y preparándose para morir cuando ocurrió el reencuentro. Teorías muy locas sobre el tiempo que no entraban en mi cabeza.

Hoy puedo concebir claramente esa finitud y me sorprende gratamente que la haya transitado hasta este punto en que siento que sí hay una cuenta regresiva. Todo tiempo la tiene, es decir, ya resulta posible intuir ese final del tiempo que en la niñez (por parecer muy lejana la posibilidad) era imposible de concebirlo siendo de uno mismo.

Y es inevitable hacerse ciertas preguntas en este punto, sobre todo, qué hice con mi tiempo en todo este tiempo que he vivido. Entonces, surgen realidades que no había tenido en cuenta o no les daba importancia en su momento, las postergaciones que, finalmente, pasaron su tiempo y ya no podrán ser; sueños que quedaron atascados bajo la somnolencia leve del despertar, no nacidos; deseos y compañías de toda la vida que ya no serán; otras que ya no están.

En una suerte de reflexión en este tramo, mi madre se quejaba con cierta consternación que llevaba tiempo conversando con muertos en sus sueños. Soñaba con su madre, con su padre, con sus hermanas más queridas, lo que le generaba la pesadumbre de que estaba próximo a morir. Tratando de ser lo más racional posible, le recordaba que ella era la última sobreviviente de su generación y de sus ancestros. Si todos sus seres queridos, salvo sus hijos, ya habían fallecido, ¿con quién iba a conversar en sus sueños sino con muertos? Pero era una premonición, al cabo de unos meses también falleció.

Lo que decía, en este punto, sobre todo darse uno cuenta de que ya acumuló más muertos que seres queridos que le quedan vivos; el ir uno quedando solo en el tiempo, señal de los tiempos.

El bálsamo es el tiempo, que lo cura todo, toda herida emocional, todo sufrimiento por amor hasta del desengaño por la falsedad de la idea del primer amor se hace cargo el tiempo. Menos de las cicatrices; esas permanecen.

Por eso presumo que para los seres conscientes –de lo cual presumimos los humanos–, el tiempo es la vida misma; es el retazo de espacio en el universo que nos toca ejecutar; un soplo de latidos del corazón que debemos respirar; una alforja de oportunidades que se nos entrega al nacer, sin la advertencia de que será por esta única vez. El tiempo es eso, y mucho más, se me hace. En fin.

El tiempo lo dirá.

Más contenido de esta sección