Las declaraciones de José Duarte Penayo reactivaron un engranaje retórico habitual entre los defensores del régimen de Alfredo Stroessner: el uso de la contradicción y el relativismo moral para legitimar el autoritarismo. Al ratificar la expresión “dictadura democrática”, el discurso no solo recurre a un oxímoron insostenible, sino que desempolva un andamiaje propagandístico diseñado para maquillar el pasado. Sin embargo, el aspecto más revelador de su postura es la transferencia de culpas hacia el presente. Su argumento pretende neutralizar la fiscalización ciudadana actual bajo el pretexto de que los gobiernos liberales de principios del siglo XX cometieron mayores errores. Esta maniobra opera bajo la lógica de un “pecado original” político. Mediante esta falacia, el relato stronista agrupa arbitrariamente a toda la disidencia contemporánea —sectores progresistas, liberales o ciudadanos independientes— en una sola masa culpable por hechos ocurridos hace más de un siglo. Este análisis demuestra cómo dicha estrategia de culpa heredada busca anular la capacidad crítica del ciudadano actual. Se trata de un intento deliberado por desviar la atención de los crímenes objetivos del terrorismo de Estado y construir una falsa equivalencia que condena al disidente antes de que este pueda emitir su propio juicio.
El oxímoron de la “Dictadura Democrática”: La Imposibilidad Lógica como Estrategia
El uso del término “dictadura democrática” no constituye una categoría de análisis político válida; se trata, estrictamente, de un oxímoron. Al combinar dos vocablos cuyas esencias se repelen, el discurso stronista intenta forzar una coexistencia imposible. Por definición, la democracia radica en la soberanía popular, el pluralismo político y el respeto irrestricto a los derechos humanos. Por el contrario, una dictadura se funda en la concentración absoluta del mando, la supresión de las libertades civiles y la persecución de la disidencia. Unir ambas palabras es un ejercicio de pirotecnia verbal que busca disolver las fronteras de la verdad histórica. Lejos de ser un error conceptual inocente, este leitmotiv cumple una función precisa: la anestesia social. Al adjetivar la tiranía como “democrática”, el relato oficialista busca blanquear el pasado ante las nuevas generaciones que no vivieron el terrorismo de Estado. Se pretende instalar la idea de que la pérdida de libertades y los crímenes de lesa humanidad fueron simples “costos operativos” y los muertos desaparecidos, presos, desterrados y torturados solo “daños colaterales” de un sistema que mantenía fachadas institucionales, como elecciones controladas o un parlamento sumiso. El oxímoron funciona así como una máscara lingüística para vaciar de significado la palabra “democracia” y habituar a la ciudadanía a un autoritarismo edulcorado.
La falsa equivalencia histórica
Para sostener lo insostenible, el discurso recurre a una flagrante falacia de falsa equivalencia. Al afirmar que los atropellos del régimen de Stroessner fueron menores que los cometidos por los gobiernos liberales de la posguerra del 70, la argumentación incurre en un anacronismo calculado. En primer lugar, establece una balanza moral absurda donde los conflictos de la temprana república pretenden usarse como un cheque en blanco para justificar las atrocidades de la segunda mitad del siglo XX. En segundo lugar, equipara contextos históricos incomparables: la inestabilidad institucional de inicios del siglo pasado no puede medirse con la misma vara que un aparato estatal moderno, tecnificado específicamente para la represión sistemática a partir de 1954. Esta maniobra retórica busca licuar la gravedad del terrorismo de Estado. Las violaciones a los derechos humanos durante el stronismo no fueron excesos aislados; fueron crímenes sistemáticos ejecutados desde las instituciones públicas mediante la tortura, la desaparición forzada y el exilio masivo. Al desviar la atención hacia disputas partidarias de hace más de cien años, el relato stronista intenta diluir su responsabilidad en un océano de males compartidos. El mensaje implícito es tan cínico como efectivo: si todos los gobiernos del pasado cometieron abusos, entonces el stronismo no fue una aberración, sino simplemente un capítulo más de la historia paraguaya.
El “pecado original” político: la culpa colectiva como estrategia de inhabilitación
El núcleo más dañino del planteamiento examinado no reside en su distorsión del pasado, sino en su proyección hacia el presente. Al agrupar de manera indiscriminada a todo opositor o ciudadano independiente en una sola masa de “antistronistas”, el discurso opera bajo una lógica teológica de culpabilidad heredada. En la mente del defensor del régimen campea la idea de que cualquier ciudadano contemporáneo que ose cuestionar la dictadura carga automáticamente con los errores de los partidos tradicionales. Se trata de una falacia de asociación que castiga al individuo de hoy por las acciones de actores políticos que murieron hace un siglo, y con los cuales el ciudadano actual no posee ningún vínculo fáctico. Esta transposición de la culpa cumple una función discursiva letal: la inhabilitación del interlocutor. Al etiquetar al crítico de hoy como “heredero” de los errores del pasado, el relato stronista le arrebata su condición de ciudadano libre. El mensaje de fondo es que nadie posee la autoridad moral para juzgar al régimen, puesto que toda disidencia nace “manchada” por ese supuesto pecado de origen. Este mecanismo busca anular el debate de ideas y silenciar el pensamiento contemporáneo mediante un chantaje moral, impidiendo que las nuevas generaciones evalúen la dictadura a partir de datos históricos, hechos objetivos y principios universales de derechos humanos.
El operativo ético
Lo malo es malo, sin importar el color frente al intento de balancear la historia con una contabilidad de “pecados” pasados y presentes, se vuelve imperativo restablecer una frontera ética absoluta. Los atropellos de orden jurídico, moral, ético y político no admiten atenuantes según el signo político de quien los cometa. Lo que está mal, está mal. La tortura, la desaparición forzada, la quiebra de las leyes y la opresión de los ciudadanos deben ser juzgadas indiscriminadamente por su propia naturaleza intrínseca de maldad, y no según la conveniencia del relato de turno. Pretender que los abusos de un régimen son tolerables o “menores” porque un bando contrario cometió otros en el pasado es una claudicación moral. La justicia y los derechos humanos no son bienes relativos que se miden en una balanza partidaria. Deben defenderse por igual y por encima de los colores, las ideologías, los motivos, la procedencia o los autores. Cuando el discurso de Duarte Penayo intenta camuflar los crímenes del stronismo detrás de las fallas de los gobiernos liberales, no está haciendo historia; está intentando subordinar la moral universal a la complicidad ideológica, olvidando que la dignidad humana no acepta banderas políticas.
Conclusión
El análisis del discurso neo-stronista contemporáneo demuestra que la defensa de la dictadura ya no puede sostenerse mediante la razón, sino a través de la distorsión semántica y el chantaje psicológico. El uso del oxímoron “dictadura democrática” expone la fragilidad de un relato que necesita vaciar las palabras de su significado real para sobrevivir. Asimismo, la manipulación de la historia mediante falsas equivalencias no es más que un intento por diluir la responsabilidad de un régimen que convirtió al Estado en una maquinaria de persecución y muerte. Desarmar la falacia del “pecado original” político es un acto de higiene democrática indispensable para el Paraguay. La condena al stronismo –o a cualquier otra tiranía– no nace de un rencor partidario heredado, sino de la certeza de que lo que está mal debe ser señalado sin importar el color o la ideología de sus autores. Exigirle al ciudadano de hoy que cargue con las culpas de un pasado centenario es una estrategia autoritaria destinada a paralizar el pensamiento crítico. Solo mediante el ejercicio de una memoria histórica rigurosa, basada en principios éticos universales e indiscriminados, será posible blindar a la sociedad contra los intentos de normalizar el horror y consolidar, finalmente, una cultura democrática plena.
Nota del autor
La observación central y la tesis que motivan este ensayo son estrictamente mías, nacidas de mi indignación y análisis ante el discurso político actual. Sin embargo, reconozco mis limitaciones en la redacción académica y periodística de este nivel. Por ello, he recurrido a la inteligencia artificial como una herramienta aliada. Como suelo decir, la IA me ha dado la palabra: me otorgó la posibilidad técnica de estructurar y transmitir conceptos que de otra manera me hubiera sido imposible pergeñar con tanta precisión. Comparto el texto con total transparencia, asumiendo la autoría de la idea y celebrando la tecnología que me permitió expresarla.
Mayo 2026