Estos hechos primeros (y finales) nos advierten que esta historia no va a terminar bien, si bien el título Narciso pueda resonar nostálgico o evocador de la belleza o circunstancias destructivas del mito griego. Narciso es ya, al menos para mí, un nombre agridulce, reflejando a partes iguales el deseo, la hipocresía y la decepción.
Con esta caligrafía cinemática, Marcelo Martinessi huye de la forma convencional de contar una historia, crea una intriga desde el principio, conquistando nuestra curiosidad porque queremos saber qué le pasará a nuestro vernáculo Narciso Arévalos. Asimismo, nos hace sentir simpatía inmediata por el personaje, al saber que asistiremos a las últimas horas del héroe en su Parnaso guaraní, quien ya derrotado y traicionado, no tiene más que brindar su pasión y muerte al ritmo del flashback.
Narciso, un relato escrito por Guido Rodríguez Alcalá en 2016, constituye la raíz de la película, construyendo una semblanza de los últimos días del locutor radial y promotor musical Bernardo Aranda. Se trata de un relato histórico que, utilizando ciertos hechos reales, Martinessi propone reconstruir en el espíritu de aquella época.
Asesinado y quemado en 1959, el de Bernardo Aranda sigue siendo un caso sin resolver y cuya memoria arrastra, a setenta años de ocurrido, un profundo simbolismo para los derechos humanos en el Paraguay. A Martinessi no le interesan los procedimientos de resolución de crímenes; pero, en cambio, utiliza la vida y la muerte de Narciso para diseccionar la historia reciente de mentiras, violencia y discriminación en el Paraguay.
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Triste trópico
Narciso, personaje de la mitología griega cuya belleza física impresionaba a mujeres y hombres, pero cuya carencia emocional y vanidad limitaron su experiencia en el amor, atrayendo la desgracia y la muerte de quienes lo aman y hasta de sí mismo, funciona para el escritor y el cineasta Martinessi como metáfora perfecta de esta tragedia. Extrapolando el mito a la historia, los paralelos señalan la belleza y el deseo no como gracia, sino como desgracia: Narciso trabaja, sueña con la libertad, es magnético, ama a mujeres y hombres, es inocente (e imperdonablemente) fluido y libre.
La película, como su anterior, Las herederas, explora otras formas de amar disidentes a las heteronormativas, pero haciendo del contexto sociocultural el eje central aun sobre estas narrativas de alteridad. En Narciso se abordan frontalmente, aunque con vulnerabilidad y secretismo, ejemplos de la caracterización de conductas o costumbres, como la del cruising (o la práctica de buscar una pareja caminando o conduciendo por un lugar público, de manera anónima y ocasional) de esos tiempos en callejones sórdidos, en no-lugares de la urbe. O la representación imposible de escenas erótico-festivas, donde las personas queer gimen o lloran ensoñadas entre humo y sombras.
El cuerpo quemado, otra vez, tiene varias implicancias en nuestra sociedad. La palabra “108” para nominar a los homosexuales varones se acuña en 1959 con el encuentro del cuerpo calcinado de Aranda. Sacamos en claro de esta película que en Asunción te pueden quemar, y no solo de forma simbólica, sino real: es la ejemplar advertencia y moraleja del poder patriarcal ejecutando la condena de sus hijos díscolos, como Bernardo/Narciso.
Algunas imágenes ígneas evocan también tantos momentos similares y ridículos en el inconsciente colectivo: inevitable pensar en las quemas de libros prohibidos durante el nazismo cuando incineraban los discos de Aranda, o en el supermercado Ycuá Bolaños, sin salida de emergencia, como le pasó al sacrificado por el fuego.
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Dulce vampiro
Cuando la película se acerca a su fin, la atmósfera transiciona al escalofrío y a estas alturas, a la vergüenza, al son de violines delirantes y anunciatorios. La escena última será la de una película dentro de la película: es la última representación de la obra radiofónica Drácula en la radio y en la que Martinessi logra un ejercicio de distanciamiento notable de la trama.
En las épocas romántica y victoriana, los vampiros solían servir como metáforas de la sexualidad, como escribió Bram Stoker en su novela Drácula a fines del XIX. En una época de extrema represión y miedo hacia el homoerotismo, usar a sus personajes vampíricos como vehículo de su propia sexualidad oculta representaba una vía de autoexpresión. Esto es comprendido por Martinessi, quien ofrece esta inesperada capa narrativa planeando de costado.
En esta escena, a Drácula se lo ve muy desmejorado, casi derrotado, como si su poder de sombras estuviera siendo vencido por “la moral y las buenas costumbres”. En las cavilaciones de Drácula, anticipamos el futuro de represión y muerte que se avecina, o el año cero de la intolerancia: la prisión de ciento ocho cuerpos y el resto de un cadáver quemado, o los sucesos del caso Palmieri de 1982.
Mientras a nuestro conde del subdesarrollo, preso y golpeado en un camión policial se le corre el rímel y su tinte de cabello se decolora, pienso en todo lo que esta película también puede ser para esta sociedad sin memoria: Narciso, pira funeraria donde cremar prejuicios, ignorancia y maldad; Narciso, faro seguro donde proyectar el prisma de nuestros colores verdaderos.