23 jun. 2026

El discurso teológico

El pasado 17 de junio el presidente Peña presentó su rendición anual de cuentas de su mandato ante la Junta de Gobierno de la ANR. Es el presagio de lo que suele repetir al Congreso el 1 de julio de cada año. En primer lugar, no está mal que un presidente miembro de un partido se reporte al directorio de este. Hay opositores que querrían ese tipo de disciplina –que no la tienen– en el archipiélago de proyectos de poder, y no de desarrollo nacional, como es el Paraguay.

En segundo lugar, Peña dijo que el país está en “su mejor momento económico de toda su historia”. Debe haber confundido la economía personal con la nacional. Eso le puede pasar a cualquiera en pleno Mundial, estábamos todos confusos con la derrota ante EEUU. Menos mal que volvió la euforia con la victoria ante Turquía. Nada mal. Porque, veamos, el 16 de abril, hace dos meses, la Feprinco –que representa a la economía nacional– lo acusaba de “prebendarismo galopante, populista, corrupción que ya no se oculta, nepotismo, oportunista y podredumbre moral” –justamente cuando su gobierno se declaró en “economía de guerra”, lo que le costó el cargo al ministro del MEF– por encima del saneamiento financiero del país que, en ese momento, comenzaba a mostrar una policrisis sin precedentes.

Entre otros indicadores, el desequilibrio fiscal con merma en las recaudaciones, además, con la Caja Fiscal en bancarrota, y una catastrófica morosidad (no registrada en las cuentas fiscales, disfrazada) en los pagos a empresas constructoras que comenzaron a quebrar, y a proveedoras de medicamentos, por alrededor de mil millones de USD, etc. No existe correlación alguna entre el discurso presidencial y la percepción empresarial en cuanto a calidad de la gestión en su gobierno.

Luego, en tercer lugar, el presidente Peña arremetió contra los grupos económicos mezquinos con privilegios que quieren intervenir sobre la política. Esto lo dijo sin ningún pudor, precisamente él, que dependió económica y políticamente –y depende aún– del poder total de un empresario, quien le hizo cambiar de pañuelo para lanzarlo luego como candidato a la presidencia, que cuando perdió ante MAB lo convirtió en su empleado en una de sus empresas del mercado financiero y que, según sus declaraciones de activos obtenidos en aquellos tiempos, lo hizo millonario, superbién, hasta poder hacerlo presidente en el 2023. Supongo que está agradecido. El que le dio trabajo y le hizo presidente le respondió en el mismo acto quejándose en público de la calidad de la gestión de su ahijado en materia de salud, urgiéndole la mejora en infraestructura hospitalaria, ampliación de la cobertura médica, disponibilidad de medicamentos y el fortalecimiento del capital humano. Fue un poco duro. Pero es algo justificado en la perspectiva de los negocios. Tiene razón el ex presidente: las inversiones deben tener retornos. No se puede perder el poder y los privilegios de este ante la oposición, debido a alguna ineficiencia en la gestión que se hace muy visible, como es la salud. La gente se muere. Ya el año pasado en julio en su discurso ante el Congreso, Peña había asumido mea culpas sanitarias y se había comprometido a cambiar radicalmente la salud de la nación. Era una promesa.

Luego el discurso ante la ANR se refirió al crecimiento y lo confundió con desarrollo. Esto es preescolar cuando se estudia economía. Lo primero es un medio, pero no es un fin en sí mismo. Debe haber mejoras sustanciales en la calidad de vida de la gente, ejemplo es la salud, para que exista lo segundo. Se lo dijo HC. En el discurso presidencial estuvieron ausentes referencias a la inflación de alimentos, la educación fundida –repito–, el déficit fiscal real de más del 4% sobre el PIB, la Caja Fiscal sin solución, el IPS deprimente que está quebrado en la gestión de la salud y plagado de corrupción (según el Dr. Fretes), la deuda pública creciente, y la economía de guerra, hasta ahora sin resultados. Se olvidó de que la ANDE amplió a 60 meses, 5 años, las promociones en cuotas para que más de 350.000 familias desesperadas puedan pagar su último aviso. Y no hizo mención del índice de confianza del consumidor del Banco Central del Paraguay, que se desplomó en mayo/26, en el “mejor momento histórico de la economía paraguaya”, a 38,2 puntos, zona de pesimismo, el más bajo de intención de compra de los últimos tres años. En mayo/25 era 53,46, la caída es estrepitosa de más de 15 puntos porcentuales.

Es conveniente repetir que no es bueno ser complacientes con la mediocridad. El Paraguay es una usina de tristezas. En este mes de problemas económicos dependemos de Alfaro más que de Óscar Lovera. Y las élites políticas viven un rampante hedonismo y una decadencia moral extraordinaria. En este contexto, el presidente se mandó un discurso en modo Guerra Santa. Los buenos contra los malos, repitiendo varias veces que su gobierno es de los buenos y está justificado y legitimado, incluso como una especie de teología política, que suele explicar lo que se ve por medio de lo que no se ve. En este caso se explicó lo que no se ve por medio de lo que no se ve. Concluyó y confirmó que estaba orgulloso de todo lo que hizo, y dijo que estaba en el “templo de la religión colorada. Amén”. Algo inaudito en plena era de la IA, y de separación Iglesia-Estado, desde hace siglos. Saludos cordiales.

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