10 oct 2026

El derecho a imaginar otro país

Hay momentos en que una elección local altera de tal manera la percepción de lo posible que anuncia incluso una transformación nacional. Eso ocurrió, en buena medida, en las últimas elecciones municipales en Ciudad del Este.

Dani Mujica, Soledad Núñez y Miguel Prieto

Soledad Núñez junto al intendente electo de CDE, Dani Mujica (i), y el líder de Yo Creo, Miguel Prieto (d).

Foto: Sole Núñez / Facebook.

En Ciudad del Este, en el Alto Paraná, durante décadas la política parecía condenada a reproducir los mismos apellidos, las mismas estructuras y las mismas formas de entender el poder, una mayoría volvió a demostrar que también es posible interrumpir la continuidad.

En las dos ciudades más importantes del país, el Partido Colorado perdió las intendencias. En Ciudad del Este la derrota fue abrumadora: Daniel Pereira Mujica obtuvo cerca del 73% de los votos y Yo Creo consiguió además nueve de las 12 bancas de la Junta Municipal. En Asunción, Soledad Núñez quebró el predominio colorado por un margen mucho más estrecho, aunque allí la ANR conservó 15 de las 24 concejalías.

Ciudad del Este y Asunción cuentan historias diferentes. En una, una fuerza nacida fuera de los partidos tradicionales consiguió transformarse en mayoría y conservar su predominio incluso después de atravesar conflictos, intervenciones y la destitución de su principal referente. En la otra, una amplia articulación opositora consiguió ganar la Intendencia por un margen estrecho mientras el Partido Colorado mantuvo, paradójicamente, una cómoda mayoría en la Junta Municipal.

Ambas experiencias resultan interesantes. No anuncian, necesariamente, el final de una época, pero demuestran que ninguna época tiene asegurada su continuidad. Durante demasiado tiempo la política paraguaya ha estado atravesada por una pedagogía de lo inevitable. El Partido Colorado aparece muchas veces menos como una opción electoral que como una especie de condición natural del país. Los gobiernos cambian, los candidatos cambian, las facciones se enfrentan, pero detrás de ellas permanece una estructura que parece sobrevivir a todo.

Es que cuando una hegemonía dura demasiado, termina produciendo algo más profundo que victorias electorales; comienza a organizar nuestra imaginación. Nos hemos acostumbrado demasiado a preguntar quién será el próximo candidato colorado antes de preguntarnos si seguirá gobernando el mismo partido. Discutimos qué sector controlará determinado municipio, ministerio o institución antes de preguntarnos por qué esas instituciones parecen pertenecer siempre a los mismos.

Por eso las derrotas electorales de una fuerza hegemónica tienen una importancia que excede ampliamente a la de quienes ganan una intendencia. Introducen una fisura en aquello que parecía natural. Recuerdan que el poder no pertenece ontológicamente a nadie y que ninguna institución democrática debería confundirse jamás con quienes circunstancialmente la administran.

Transformación de las instituciones

Pero derrotar a quien gobierna no equivale a transformar la forma de gobernar. La alternancia puede ser una condición de la democracia, pero nunca es garantía suficiente de democratización. Se puede cambiar de partido y conservar intactas las prácticas; reemplazar al viejo caudillo por uno nuevo; denunciar el clientelismo ajeno mientras se organiza lentamente el propio; condenar el uso patrimonial de las instituciones hasta el día en que esas instituciones queden bajo nuestro control.

La historia política está llena de oposiciones que llegaron al poder prometiendo terminar con aquello que, poco tiempo después, comenzaron a reproducir. Ese es, probablemente, uno de los principales desafíos que comienza después de las elecciones municipales. El desafío de transformar las instituciones.

Ciudad del Este tiene ahora una responsabilidad mayor que la de haber vuelto a derrotar al Partido Colorado. Debe demostrar que la construcción de una mayoría política diferente puede producir también instituciones diferentes. Asunción afrontará una prueba distinta, pues el resultado electoral produjo una configuración política compleja con una intendencia opositora que deberá gobernar frente a una Junta Municipal con mayoría colorada, lo que puede convertirse en cinco años de bloqueo, negociaciones permanentes y cálculos electorales.

Porque el problema de Paraguay nunca fue simplemente que determinadas personas ocuparan el Estado, sino la persistencia de una cultura política que concibe el poder como propiedad, la institución como territorio conquistado y el recurso público como instrumento para garantizar obediencias.

Si bien las municipales demostraron que el mapa político paraguayo contiene más posibilidades de las que muchas veces suponemos, conviene mirar con cierta prudencia el entusiasmo posterior a cualquier victoria electoral. Aunque las dos ciudades más importantes del país estarán gobernadas por la oposición, sería absurdo considerar que esto anticipa mecánicamente el resultado de las elecciones generales para el 2028. Las dinámicas municipales son diferentes, las alianzas serán otras y la estructura nacional del oficialismo conserva una capacidad que nadie debería subestimar.

El derecho a imaginar

Pero algo ocurrió y lo ocurrido pertenece menos al terreno de las estadísticas electorales que al de la imaginación política. Durante unas horas, miles de ciudadanos comprobaron que aquello que durante demasiado tiempo se había presentado como inevitable podía, sencillamente, dejar de serlo.

Sin embargo, como dijimos, la verdadera prueba comienza después de la victoria, porque cambiar de gobernantes no significa necesariamente cambiar la forma de gobernar. Se puede derrotar una estructura y conservar sus hábitos; sustituir un apellido por otro, un color por otro, un caudillo por otro. El clientelismo posee una extraordinaria capacidad de supervivencia: cambia de rostro, aprende nuevos discursos y hasta puede presentarse como renovación. Por eso el desafío no consiste solamente en construir una oposición capaz de ganar elecciones, sino una sociedad capaz de exigir algo distinto después de ganarlas.

Una sociedad que no transforme a sus nuevos gobernantes en nuevos propietarios del poder; que no confunda juventud con renovación, popularidad con liderazgo ni indignación con proyecto político. Que comprenda, sobre todo, que la democracia no consiste únicamente en reemplazar a quienes ocupan las instituciones, sino en impedir que alguien vuelva a creer que esas instituciones le pertenecen.

El domingo pasado más de un millón trescientos mil jóvenes de entre 18 y 29 años estaban inicialmente habilitados para participar de las elecciones, aunque después supimos que ciento ochenta y siete mil habían sido excluidos del padrón bajo la categoría de “inubicables”. Y aunque no sabemos todavía cuántos finalmente votaron ni hacia dónde orientaron sus preferencias, sí sabemos algo quizá más importante: que en el 2028 se incorporarán otros miles de jóvenes a una democracia que deberá decidir qué horizonte es capaz de ofrecerles.

Allí se juega una disputa mucho más profunda que una elección. Hemos dicho antes que una democracia comienza a debilitarse cuando una generación deja de concebir alternativas; cuando aprende que aquello que existe es también todo lo que puede existir; cuando la resignación consigue disfrazarse de realismo y soñar con otras posibilidades empieza a parecer una ingenuidad.

Por eso el derecho político más elemental que necesitamos recuperar es precisamente el derecho a imaginar que las cosas pueden organizarse de otra manera. Porque más allá de las 187 intendencias coloradas, los resultados en Ciudad del Este, Asunción o Valenzuela –un pequeño municipio de cordillera donde un movimiento independiente también se impuso por sobre los partidos tradicionales– no construyen milagrosamente otro Paraguay. Ganar una elección al oficialismo tampoco desmantela automáticamente el clientelismo, no democratiza por sí solo las instituciones ni elimina los viejos vicios que tantas veces reaparecen bajo nombres nuevos.

Pero si durante unas horas ocurrió algo indispensable para cualquier transformación y el país que conocemos dejó de parecer el único posible, a partir de ahora comienza lo verdaderamente complejo y que consiste en imaginar – y por eso mismo construir– el país que todavía no existe.

Más contenido de esta sección
Hay frases que pretenden explicar una situación y terminan, acaso involuntariamente, explicando todo un sistema. En estos días tuvimos dos de esas frases célebres que conviene recordar. La primera la pronunció el vicepresidente de la República –y firme candidato a la Presidencia en 2028–, quien, en su intento por ridiculizar a la oposición, terminó diciendo mucho más de su propio partido de lo que seguramente hubiera querido. Durante un acto en Encarnación afirmó que “la oposición, que a veces lo único que hace es criticar a los colorados, ha demostrado que son peores que los colorados cuando asumen los cargos”. La frase, destinada a desacreditar al adversario, terminó funcionando como una involuntaria confesión sobre la manera en que su propio partido entiende y ejerce el poder.
Hemos dicho antes que ciertas conductas sociales solo pueden prosperar cuando encuentran alrededor una cultura que las vuelve posibles, tolerables y, muchas veces, hasta deseables. Ninguna impostura importante se construye completamente sola, necesita una trama de reconocimientos, de silencios, complicidades y aspiraciones compartidas.
Hay trayectorias políticas que, con el tiempo, terminan diciendo mucho más sobre el sistema que las hizo posibles que sobre quienes las protagonizaron. La de Hugo Javier González puede ser una de ellas.
El escritor y director creativo argentino estuvo en Asunción promocionando sus libros Justo ayer y Despoblados, dos obras que abordan la memoria, la infancia y los imaginarios del interior bonaerense.
Quizás valga la pena preguntarse en este punto por qué las pinturas y las películas de Enrique Collar han tenido tanto éxito en las últimas décadas. ¿Se deberá ésto a una reacción, a una pulsión identitaria en la renovación del imaginario humano y físico del Paraguay mestizo?.
El escritor y profesor de Literatura Pedro Peña estuvo en Paraguay presentando cuatro de sus libros. Uno de ellos, adaptado al cine.