07 oct 2026

Los sueños que permite el sistema

Hay frases que pretenden explicar una situación y terminan, acaso involuntariamente, explicando todo un sistema. En estos días tuvimos dos de esas frases célebres que conviene recordar. La primera la pronunció el vicepresidente de la República –y firme candidato a la Presidencia en 2028–, quien, en su intento por ridiculizar a la oposición, terminó diciendo mucho más de su propio partido de lo que seguramente hubiera querido. Durante un acto en Encarnación afirmó que “la oposición, que a veces lo único que hace es criticar a los colorados, ha demostrado que son peores que los colorados cuando asumen los cargos”. La frase, destinada a desacreditar al adversario, terminó funcionando como una involuntaria confesión sobre la manera en que su propio partido entiende y ejerce el poder.

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Edición ÚH

La otra perlita nos la regaló Silvio “Beto” Ovelar, quien afirmó esta semana que Hernán Rivas había logrado convencer a dirigentes de su partido de que integrar el JEM constituía “el anhelo personal de un joven profesional”. La frase, concebida para justificar una decisión política, terminó abriendo una pregunta mucho más interesante que el propio Rivas: ¿con qué sueñan hoy los jóvenes paraguayos? O, más precisamente, ¿cuántos de ellos pueden todavía darse el lujo de soñar?

Porque aquel “joven profesional” cuyo “anhelo personal” era integrar uno de los órganos constitucionales más importantes del país no llegó a la política justamente desde la intemperie. Su padre, Hernán Ysidro Rivas, construyó su trayectoria dentro de la estructura de la ANR y hoy busca nuevamente la intendencia de Tomás Romero Pereira bajo el cartismo. Su gestión fue observada por la Contraloría, que señaló, entre otras irregularidades, la falta de justificación de G. 6.201 millones correspondientes a los ejercicios 2022 y 2023. A ello se suman causas fiscales abiertas por supuesta lesión de confianza, asociación criminal y apropiación. Sin embargo, hasta ahora, ese cúmulo de cuestionamientos no se ha traducido en una imputación que altere sustancialmente su trayectoria política.

Y no se trata de negar que alguien pueda tener sueños por haber nacido cerca del poder, lo que sería absurdo. Se trata, más bien, de preguntarnos por qué algunos sueños encuentran puertas que se abren con sorprendente facilidad, mientras otros ni siquiera alcanzan a imaginar qué hay detrás de ellas. Y en este punto conviene detenerse, una vez más, en algunos datos que ayudan a dimensionar esa distancia.

Paraguay tiene hoy alrededor de 1,5 millones de jóvenes de entre 15 y 29 años, prácticamente una cuarta parte de la población. De ellos, según el INE 219.202 viven en situación de pobreza. Apenas el 24,9% posee seguro médico y aproximadamente seis de cada diez ya realizan alguna actividad económica. Entre los jóvenes de 15 a 24 años, solamente el 52,6% asiste a una institución de enseñanza formal.

Pero hay un dato todavía más revelador. A medida que los jóvenes se acercan precisamente a la edad en que deberían poder construir una profesión, el sistema educativo comienza a vaciarse. Según la Encuesta Permanente de Hogares Continua (EPHC) de 2025, a los 15 y19 años todavía estudia el 73,6%, pero entre los 20 y 24 años, apenas el 32,1% continúa asistiendo a una institución educativa y entre los 25 y 29 años, solamente el 14,5%.

Vale la pena pensar un instante en esos números, porque mientras discutimos la absurda idea de un supuesto “anhelo personal de un joven profesional”, casi siete de cada diez jóvenes de entre 20 y 24 años ya están fuera de una institución educativa. Y entre los 25 y 29 años, ya son más de ocho de cada diez. ¿Dónde quedaron los anhelos personales de estos jóvenes excluidos del sistema?

Quizás en algún colectivo tomado antes del amanecer. En una caja de supermercado, en una motocicleta haciendo delivery o en alguna oficina donde se aprende rápidamente que para conseguir ciertas “oportunidades” importa tanto el currículum como saber quién puede hacer una llamada. Tal vez en una universidad abandonada porque había que trabajar en la frontera, en Buenos Aires, en Madrid o, simplemente, en ese lugar oscuro donde terminan los proyectos cuando la urgencia cotidiana obliga a sustituir el futuro por la supervivencia.

Participación política

Esta es también la generación que mañana 4 de octubre deberá ir a votar. La Justicia Electoral registra 1.363.895 electores de entre 18 y 29 años habilitados para estas elecciones municipales. Representan nada menos que el 27% del padrón electoral. Dicho de otro modo: de cada cien paraguayos habilitados para elegir autoridades municipales este domingo, veintisiete son jóvenes.

Y detrás de ellos vienen quienes votarán por primera vez en las elecciones generales de 2028. No estamos, por tanto, ante un problema periférico de nuestra democracia. Estamos hablando de la generación que puede comenzar a modificarla o, también, terminar de convencerse de que nada merece ser modificado y ese es quizás el peligro mayor.

Porque la pobreza no consiste solamente en la carencia de recursos. Existe también una pobreza de horizontes. Una sociedad puede empobrecer de tal manera las expectativas de sus jóvenes que estos terminen aceptando como natural aquello que alguna vez debería haberles parecido intolerable.

Rafael Barrett lo vio con una lucidez que todavía incomoda. A principios del siglo XX encontró un Paraguay en el que los cuerpos estaban enfermos, porque las almas estaban muertas. Y frente a esa realidad no propuso despreciar ni moralizar sobre quienes habían sido derrotados por ella. Su consigna era infinitamente más exigente cuando afirmaba que no debemos juzgar su mal, sino que debemos curarlo. Más de un siglo después, acaso sigamos enfrentados al mismo problema bajo nuevas formas.

Porque también se enferma el alma de una sociedad cuando un joven aprende demasiado temprano que el camino más seguro no consiste en estudiar, trabajar y competir en igualdad de condiciones, sino en conseguir un padrino; cuando descubre que militar puede significar esperar un nombramiento; que participar consiste en llenar una seccional; que la lealtad se mide por la cantidad de votos que uno puede arrear y que la paciencia política consiste, demasiadas veces, en esperar que llegue nuestro turno en la larga fila del favor.

No hace mucho el propio Beto Ovelar explicaba públicamente a jóvenes de su partido una conocida pedagogía de la política paraguaya: afiliarse, militar, trabajar por el partido, cuidar votos y recorrer pacientemente la estructura. En apariencia, podría tratarse simplemente de militancia. El problema comienza cuando ese recorrido deja de ser una forma posible de participación política y se convierte, en el imaginario social, en el único camino posible y seguro para “progresar”.

Entonces ocurre algo mucho más profundo que el clientelismo y que consiste en la colonización del deseo. El joven ya no sueña con transformar las instituciones, sueña con entrar en ellas. No imagina cambiar las reglas sino que intenta aprenderlas cuanto antes. No se pregunta por qué las cosas funcionan de ese modo, sino que busca quién puede incorporarlo al engranaje. Y así el sistema obtiene su victoria más perfecta, porque ya no necesita obligarnos a reproducirlo. Lo reproducimos nosotros mismos mientras creemos estar buscando nuestro lugar en él.

Tal vez por eso hoy resulte tan necesario reconciliar a los jóvenes con otra idea de la política: aquella que implica servicio, participación y búsqueda del bien común en contextos de disputa. Y aunque las redes sociales han cambiado las formas de construcción del liderazgo político, no se trata de sustituir el viejo puntero por el nuevo influencer. Un candidato puede conseguir en TikTok en pocas horas una visibilidad que antes requería años de estructura partidaria, pero no se debe confundir visibilidad con construcción de ciudadanía.

Un joven reducido a consumidor de propaganda digital puede ser tan funcional a una estructura política como aquel que espera órdenes en un puesto de comando. La cuestión fundamental sigue siendo cómo transformar espectadores, seguidores o clientes políticos en ciudadanos.

Reconciliar a los jóvenes con la política significa devolverle a esa palabra algo distinto del acomodo, del padrinazgo y de la resignación. Hacerles sentir que participar no consiste necesariamente en acercarse al poder, sino también en discutirlo; que las instituciones no son propiedad privada de quienes aprendieron antes el camino para llegar hasta ellas; que un apellido, una seccional o una fotografía con el dirigente correcto no deberían valer más que el mérito, el conocimiento y el trabajo.

Sobre todo, significa disputar una idea profundamente arraigada: que este es el país que nos tocó y, como no puede cambiarse, lo inteligente consiste en aprender a sobrevivir dentro de él. Lo otro es ser “vyro”. Cuando una generación acepta eso, ya no estamos solamente ante una crisis de representación política, estamos ante una derrota cultural. Por eso es paradójica la expresión utilizada para explicar el caso Rivas: anhelo.

Ojalá nuestros jóvenes lo tengan. Ojalá puedan aspirar a ser médicos, buenos docentes, investigadores, artistas, ingenieros, comerciantes, escritores, agricultores o lo que libremente quieran ser. Ojalá alguno sueñe también con integrar el Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados. Pero ojalá ninguno tenga que creer que para realizar cualquiera de esos sueños necesita primero aprender el lento ritual de la obediencia.

Este domingo más de un millón trescientos mil jóvenes tendrán una papeleta –o una pantalla– frente a ellos. En 2028 se sumarán otros miles. El desafío democrático, más allá del voto, consiste en que puedan imaginar algo después del voto. Que puedan imaginar un país que todavía no existe y en ese sentido, hace tiempo vengo insistiendo en la necesidad de inocular el virus de la utopía en ellos.

Y no me refiero a esa ingenuidad infantil de creer que basta desear otro mundo para que aparezca. Me refiero a algo mucho más elemental y, quizá por eso mismo, más subversivo: impedir que una generación termine convencida de que el mundo que recibió es el único que existe. Porque una democracia puede soportar casi todo, lo que no puede soportar por mucho tiempo es una generación que haya dejado de imaginar otro mundo posible.

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