26 sept 2026

El Rivas que llevamos dentro

Hemos dicho antes que ciertas conductas sociales solo pueden prosperar cuando encuentran alrededor una cultura que las vuelve posibles, tolerables y, muchas veces, hasta deseables. Ninguna impostura importante se construye completamente sola, necesita una trama de reconocimientos, de silencios, complicidades y aspiraciones compartidas.

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Hernán Rivas votó por su permiso.

Foto: Renato Delgado.

En Paraguay, a fuerza de servilismo, hemos aprendido a conceder un valor extraordinario a los signos exteriores de pertenencia. Así, nos seduce más la cercanía con el poder que la dignidad de mantener nuestros principios. Nos seduce menos el saber que su representación, menos la trayectoria que aquello que permite exhibirla con cinismo. Por estas actitudes tan nuestras es que ciertos escándalos nos resultan demasiado familiares.Primero nos provocan indignación, después risa y finalmente alivio, porque nos permiten concentrar en un individuo aquello que preferimos no reconocer como parte de una práctica social mucho más extendida.

Precisamente, el problema del caso Hernán Rivas es que resulta demasiado fácil convertirlo en una historia personal. Un hombre, un título, una universidad, unas firmas, unos profesores que aparecen y desaparecen de la memoria, unos pintorescos compañeros que recuerdan poco, unas instituciones que se culpan entre sí y, finalmente, una condena en primera instancia. Todo parece dispuesto para que podamos observar el espectáculo desde una distancia moral confortable y concluir que el problema era él. Rivas sería entonces la anomalía, el impostor descubierto, el personaje extravagante de una historia que termina cuando cae el telón del juicio.

La tentación, desde luego, es quedarnos en lo anecdótico. Reírnos de las entrevistas en las que Rivas no podía recordar profesores, compañeros o materias; detenernos en su manera de hablar, en sus silencios, en su dificultad para responder preguntas que cualquiera supone elementales para un abogado. Después llegaron los testimonios: quien lo recordaba sentado al fondo y hablando poco, quien decía haberlo visto pero no podía precisar demasiado cuándo, quien terminó asociando su recuerdo a un rasgo físico. El episodio tiene todos los ingredientes para el sarcasmo nacional. Y probablemente allí radique también su peligro, pues mientras discutíamos si Rivas habla o no como abogado, dejamos intacta la pregunta más incómoda sobre cómo fue posible que durante años tantas instituciones hablaran por él.

En ese punto el caso deja de ser judicial y comienza a parecerse demasiado a nuestra propia cultura educativa. Hace mucho tiempo que en este país el título dejó de funcionar exclusivamente como certificación de un saber. Para una buena parte de nuestra sociedad funciona también como objeto de pertenencia. Se es licenciado, abogado, ingeniero, magíster o doctor no solamente porque se ha atravesado una experiencia rigurosa de formación, sino porque el título –además de los “contactos” políticos– permite ingresar a determinados círculos, preceder el nombre con una abreviatura, ocupar una silla, o ser presentado en una mesa, tomarse una fotografía y, sobre todo, no quedar afuera.

El diploma se transforma así en una especie de pasaporte simbólico donde no importa lo que uno sabe; lo importante es que los otros lo acepten dentro del selecto grupo de los que detentan el poder, porque tampoco importa una pared llena de títulos sin las oportunas cuñas partidarias, ya lo advirtió antes, nada menos que el presidente de la República.

Pierre Bourdieu explicó hace décadas que los títulos constituyen una forma institucionalizada de capital cultural. La sociedad convierte determinados saberes en credenciales y esas credenciales en reconocimiento. El problema fundamental es que, en demasiadas ocasiones, en este país hemos invertido la relación: ya no buscamos la credencial porque hemos adquirido el saber, sino la apariencia del saber porque deseamos la credencial. Hace rato que gran parte de la educación dejó de ser formación y se ha convertido en escenografía. Se invierte cada vez más en cosmética y menos en ética advertía en esa línea la filósofa española Adela Cortina.

Desde los primeros años de escolaridad hemos construido una pedagogía obsesionada con los signos exteriores del aprendizaje: pasar de grado, obtener una nota, recibir el diploma, participar del acto de graduación y posar para la fotografía. El proceso importa poco, lo importante es su certificación pública. El sistema premia la capacidad de cumplir, antes que la capacidad de comprender y discutir. Por eso no es raro que, tras cada defensa de tesis de grado o posgrado, aparezcan en las redes sociales más flores y agradecimientos hueros que referencias al trabajo académico presentado.

Los resultados educativos del país deberían obligarnos, por lo menos, a desconfiar de nuestras ceremonias. Mientras acumulamos clausuras, certificados, promociones, licenciaturas y doctorados, una proporción enorme de nuestros estudiantes de todos los niveles educativos no alcanza los niveles básicos en los estándares de medición, lo que implica que existe una distancia considerable entre todo lo que nuestro sistema certifica y aquello que efectivamente logra enseñar y el caso Rivas, solo la volvió obscenamente visible.

A esto se añade otra forma de reconocimiento que conocemos demasiado bien: la endogamia académica y partidaria. Nos conocemos, nos presentamos, nos recomendamos, nos invitamos, nos citamos y nos certificamos todos los del mismo clan, no importa si uno de los nuestros no consigue hilar dos ideas, lo importante es que sea parte del “equipo”, porque a los “otros” hay que excluirlos.

Y en esa carrera por no quedar excluidos vamos entregando pequeñas cuotas de autonomía. Callamos una irregularidad porque mañana podemos necesitar un favor y aplaudimos un mérito, cuando menos dudoso, porque deseamos que después aplaudan el nuestro. Por eso Rivas incomoda mucho más si dejamos de verlo como una rareza. No hace falta falsificar un título para llevar un pequeño Rivas dentro. Basta aceptar que la apariencia vale más que el contenido, que el afán de “pertenecer” es más importante que el merecer y que preguntar demasiado puede dejarnos fuera del circulo de los elegidos.

Rivas recibió una condena judicial en primera instancia. Sobre su responsabilidad definitiva todavía existen las instancias que el proceso permite. Pero la responsabilidad que el caso deja frente a la sociedad no cabe enteramente en un expediente penal. Esa responsabilidad comienza en nuestras escuelas, atraviesa nuestras universidades, se instala en nuestros partidos, sobrevive en nuestras instituciones y termina, de nuevo, en nosotros mismos. ¿Acaso no deberíamos preguntarnos cuánto de nuestro sistema educativo, político y social hemos construido precisamente para que las apariencias puedan vivir cómodamente dentro de él?

Porque, al final de cuentas, el Rivas que llevamos dentro no necesita falsificar un título, alcanza con aceptar la ficción, mirar hacia otro lado y acomodarnos a una lógica que reproducimos, consciente o inconscientemente, cada vez que privilegiamos la pertenencia, la fotografía, el cargo o la cercanía al poder por encima del mérito y del conocimiento. Mientras esa cultura de simulación clientelista y complaciente siga atravesando nuestras instituciones educativas y políticas, seguirán apareciendo nuevos Rivas, como productos previsibles de un sistema que también –y, sobre todo– nosotros ayudamos a sostener.

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