Hoy meditamos el Evangelio según san Mateo 14,13-21.
El evangelio de la misa de hoy nos vuelve a presentar a Jesús buscando soledad para tratar al Padre. Nos acercamos a esa relación, que los evangelistas nos recuerdan antes de muchos milagros, con sigilo y, al mismo tiempo, con temor y temblor, porque se trata de acercarse a un abismo que no podemos escrutar. Es Jesús mismo el que nos invita a mirar: quiere que le veamos orar y que deseemos orar también nosotros con el Padre: que oremos como hijos (cfr. Mt 14,23; Mc 1,35; 11,24; Lc 5,16; 6,12; 9,18; 11,1).
La “soledad” de Jesús al orar nos dice también que ahí, en el Padre, está todo lo que necesitamos, el alimento que nos perfecciona. Las personas que seguían a Jesús más de cerca estaban desconcertadas por su intimidad con el Padre. Sus corazones, llenos de su forma de comprender, pensaban en las necesidades que consideraban más imperiosas, y aun no podían entender que hubiera otras más profundas.
Jesús se fue a un lugar apartado en barca; los demás fueron desde las ciudades. Nuestro Señor sabe cómo “acercarse” al Padre, conoce el camino. Es el Camino. Nos muestra cuál es el verdadero alimento y dónde se encuentra. Jesús se acerca a ese alimento, la Voluntad del Padre, con un corazón lleno de Amor, sin pizca de egoísmo. Nuestros egoísmos hacen pequeños nuestros deseos, pero en Cristo son purificados y desvelados en toda su grandeza.
El evangelio de la misa nos muestra a Jesús deseoso de darnos lo que necesitamos, pero también deseoso de hacerlo a través de lo que nos podemos ofrecer unos a otros, aunque pensemos que no tenemos gran cosa. Sea lo que sea lo que tengamos, aunque parezca poco, unos panes y unos peces, siempre será potenciado por Jesús mismo sirviéndose de la fe y el amor con que compartamos eso que somos y tenemos.
Jesús bendice nuestra generosidad: tiempo, compañía, ropa, enseñanza, oración, una visita. Esos son nuestros panes y nuestros peces, los cuales, entregados por amor y con amor, son bendecidos como fueron bendecidas la tinaja de harina y la vasija de aceite de la viuda de Sarepta, que no se agotaban por mucho que se tomara de ellas (1R 17,8-24).
(Frases extractadas de