De épocas y bicis

Las bicicletas fabricadas décadas atrás, y que hoy se volvieron clásicas, son las que Hugo Sepúlveda se encarga de restaurar en su taller Go Custom. Una tarea reservada solo para los más apasionados y nostálgicos.

Daisy Cardozo Román Por Daisy Cardozo Román

Las que son clásicas tienen otra sintonía. Son para andar relajado, para volver al pasado. Esa es la sensación que tiene Hugo Sepúlveda de las bicicletas vintage. Él, a sus 31 años, se dedica a restaurarlas. Lo hace más por una cuestión de pasión, para devolverles el valor que históricamente les pertenece. Tiene su propio taller desde hace poco más de un año, donde les dedica su tiempo a solas, rodeado de algún que otro decorativo antiguo de colección, entre los repuestos y las herramientas. Ese lugar es como una pequeña máquina del tiempo —pero de bicis— con la que es posible viajar a los años 60, 70 u 80.

“Esto comenzó hace cinco años como un hobby”, cuenta Hugo, quien es propietario de Go Custom, desde el cual rediseña bicicletas retro o las restaura a su estado original. Al principio era un pasatiempo que compartía con otra persona, pero su compañero siguió otro camino y quedó solo él. “Parece que soy el único —en el país— que hago esto”, señala y agrega que siempre tiene como guía a personas que hace años están en el rubro de la bicicletería.

Trabaja en su taller solo por las tardes, a puerta cerrada, porque durante el resto del día se dedica a otras cosas. Pero esto es lo que le apasiona. Proviene de una familia que acostumbra a coleccionar; en especial su padre, quien tiene una debilidad por las antigüedades. Es por eso que el joven restaurador se enfoca exclusivamente en las bicicletas, cuyos modelos o versiones son de los años 60 en adelante.

Por dar una referencia: para que sean clásicas, algunos coleccionistas consideran que deben tener más de 30 años.

Hugo sostiene que en Paraguay, hasta hoy en día, todavía no hay mucha cultura de bicicletas. Incluso cita solamente a dos fábricas, que dejaron de funcionar hace décadas. Menciona a la Ciclomecánica Pilar, que desapareció en los años 80. Esta exportaba caños de Italia y hacía los ensambles en el país. Hasta que otra firma compró la fábrica, que ya no continuó con la misma producción. En cambio, entre los años 70 y 90 hubo otra, que se denominó Dávalos, que tampoco existe más.

Siguiendo con el relato de las reseñas, agrega que en el país, lo que nos quedan son artesanos particulares de bicicletas. Y la marca que más ingresó a nuestro territorio es la brasileña Caloi.

Les da vida

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En el taller, de todo lo que hay alrededor, en particular llama la atención el esqueleto de una bici muy vieja que está colgada sin sus ruedas. Es el cuadro de una Hércules Courier de los años 70, de origen inglés, todo un clásico en Alemania. Tiene la pintura roja y desgastada por el uso, o tal vez por los años. Hace muy poco tiempo llegó al taller de Go Custom para que Sepúlveda lo restablezca a su condición original, o al menos, para que lo intente con lo que sea posible.

A Hugo Sepúlveda esta tarea le toma un tiempo. Después de evaluar el diseño, tiene que ponerse a buscar los accesorios, si es que no los tiene a mano. Por lo general, si se trata de un modelo al que le debe añadir los originales, la búsqueda le lleva meses. Investiga previamente su año de fabricación y la serie a la que pertenece por un código que traen los biciclos en el tubo.

Los coleccionistas que recurren a Hugo para la restauración son quienes habitualmente prefieren que sus bicicletas clásicas conserven las mismas características de su fabricación. Porque, por otra parte, hay quienes no necesariamente pretenden lo mismo; es decir, las clásicas también se pueden customizar. Y esto implica menos tiempo de trabajo, solo semanas.

“La customización es cuando solo el cuadro se conserva y el resto de las partes ya no son originales. Primero vemos con el cliente qué quiere y en qué tipo de camino va a andar. De acuerdo a eso le podemos cambiar el color —si quiere—, colocarle un canasto, por ejemplo, un portabultos trasero o un asiento más cómodo”, explica el chico restaurador, mientras va mostrando dónde van los accesorios que nombra.

Aunque, para los coleccionistas, una bici antigua tiene mucho más valor si no se toca la pintura original. Eso es lo que dice Hugo, a quien le gusta abocarse especialmente a aquellas que son de calidad europea.

Ambientado a la época

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Es común ver que en un taller haya aceite negro en el suelo, en las herramientas, en las paredes, en todas las cosas que estén dentro de este espacio. Pero en el salón que tiene Sepúlveda todo es pulcro y hasta muy ordenado. El joven restaurador revela que es debido a que terceriza algunos trabajos, como la pintura. Enfatiza: “Yo solamente ensamblo y doy el estilo, veo cuál es el faro que va con la época u otros componentes”.

En la armonía que compone su lugar de trabajo hay cajas de asientos clásicos marrones, blancos y negros, así como neumáticos finos en distintas medidas.

También están encajonados los timbres, aquellos que suenan con mayor sutileza que una estridente bocina, y faros de diferentes versiones. Hugo nos enseña uno de estos, en su impecable Hércules azul. Muestra que funciona a dínamo, un motor pequeño que va junto a la rueda trasera y que produce energía cuando se pedalea.

Esto permite que el faro pueda alumbrar. Cuando explica esto, busca entre sus cosas y saca un faro de fabricación más nueva, que ya no tiene cable. Lo compara con el anterior y dice que funciona a pila y tiene luces led.

A Hugo pertenecen la Hércules azul y una Caloi de 1980, que es una fixie o contrapedal —porque se frena hacia atrás—. De la segunda, todos sus componentes son nuevos.

Todas las bicis clásicas tienen incorporados algún valor histórico. También había una Milano de caños oxidados, que fue de las que se ensamblaron en el país con la Ciclomecánica Pilar, décadas atrás. Otra, que es para niños, está en las mismas condiciones. El restaurador cuenta que por esta tiene un apego sentimental, porque pasará a una siguiente generación. Un padre quiere dejar la que fue su bicicleta a su hijo.

Sobre dos ruedas

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A todo lo anterior, Hugo añade que en el mundo hay encuentros internacionales de bicicletas clásicas que se hacen anualmente. En Uruguay, Estados Unidos e Italia se llevan a cabo grandes eventos, cuenta. “Andan unos 50 kilómetros de ripio con vestimenta de la época”, detalla.

En Paraguay se desarrolló algo similar, para que las personas pudieran mostrar sus bicis. “Un domingo, en 2016, recuerdo que hicimos uno en la Costanera de Asunción, donde participaron aproximadamente 150 aficionados”, afirma. Pero este acontecimiento no fue el primero, ya que Hugo venía participando dos años antes en encuentros así, con un grupo de ciclistas urbanos. Fue así que comenzó su interés hacia lo antiguo. Y es así que hoy se dedica a restaurarlas.

Él también expresa su ilusión: “En mi cabeza tengo el sueño de que haya bicisendas en nuestra capital y en las ciudades cercanas, que las bicis puedan circular. Que sean de todo tipo, pero preferentemente como las que restauro, con cubiertas más anchas para andar acá”.

Al respecto considera que los paraguayos de a poco se van dando cuenta de que hay medios alternativos, pero que todavía falta más para que lleguemos a tener una cultura como tal.

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Estilos e historias

Son consideradas bicicletas clásicas aquellas que tienen más de 30 años de antigüedad. Por lo general, las que fueron fabricadas en Inglaterra o Países Bajos. En los últimos años, los tradicionales modelos se volvieron muy populares y forman parte de una moda o un estilo de vida. Entre sus variantes están las roadster, Omafiets, Opafiets, sports, light roadster y club.

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Bianchi de 1925

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En 2016, Hugo Sepúlveda se encargó de restaurar una bicicleta Bianchi de 1925, de la que en principio solo tenía el cuadro para diseñar. Fue encontrada en un desarmadero. Para que fuera armada y volviera a su aspecto original, todas las partes fueron traídas de Italia. La restauración completa le tomó ocho meses. Su dueño fue Sebastián Scavone, quien la exhibió en un encuentro italiano de bicicletas clásicas, donde asombró a muchos por su estado de conservación. En su país de origen la compraron para que pasara a formar parte de un museo.

Fuente: Revista VIDA.

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