19 ago 2026

Cuando el deseo cambia de lugar

Hace unos días vi un video ensayo en YouTube que me dejó reflexionando. No por hablar de moda, de belleza o de medicamentos para bajar de peso, sino porque me condujo hacia una pregunta mucho más profunda: ¿Dónde está colocado hoy el valor de las personas? Vivimos rodeados de imágenes.

Abrimos una red social y aparecen rostros perfectos, cuerpos cada vez más delgados, pieles sin marcas, filtros que modifican facciones y tendencias que cambian a una velocidad imposible de seguir.

Un día se habla de labios voluminosos, al siguiente de mandíbulas definidas, de ojos rasgados, de pómulos marcados o de una nueva técnica para parecer más joven. Todo parece girar alrededor de cómo nos vemos.

El video ¿La comida es el nuevo lujo? Marketing con comida en la era del Ozempic analizaba una paradoja interesante.

Mientras millones de personas recurren a tratamientos que disminuyen el apetito, la publicidad está más llena que nunca de imágenes de comida. Tortas brillantes, caramelos, frutas perfectas, helados irresistibles y aromas inspirados en postres aparecen en campañas de productos que nada tienen que ver con la alimentación.

La hipótesis es que el deseo no desaparece. Si una puerta se cierra, busca otra forma de manifestarse, y sí, en este caso es a través de lo que ven los ojos o degusta el olfato.

Más allá de si esa teoría es correcta o no, me llevó a analizar algo que observo desde hace tiempo. Pareciera que la cultura de la imagen penetró tan profundamente en el subconsciente colectivo que muchas personas terminan confundiendo apariencia con valor personal. Y allí encuentro un problema. No porque cuidar la imagen sea malo. Todo lo contrario.

La presentación personal forma parte de la comunicación y del respeto hacia uno mismo. El inconveniente aparece cuando el aspecto físico se convierte en la medida principal de la autoestima e incluso, en algunas sociedades, de la aceptación social y hasta laboral.

A veces pareciera que hemos reemplazado preguntas esenciales por otras mucho más superficiales. En lugar de preguntarnos cómo estamos, qué sentimos, qué pensamos o cómo estamos construyendo nuestra vida, terminamos concentrados solo en cómo nos vemos y a cualquier precio. Lo peligroso es que a veces, la salud queda relegada a un segundo plano.

Por eso me pregunto si no sería más útil hablar más de autocuidado que de perfección estética. Más de hábitos saludables que de cuerpos aspiracionales. Más de educación o gestión emocional que de estándares imposibles de alcanzar. Porque una persona puede verse delgada y no estar sana.

Puede ajustarse a todos los parámetros de belleza del momento y vivir profundamente insatisfecha. También puede ocurrir exactamente lo contrario. La verdadera transformación no ocurre frente al espejo. Ocurre cuando entendemos que nuestro valor no depende de una fotografía, de un filtro ni de una tendencia.

Y que la felicidad no sucede mágicamente ante los likes de extraños que “aprueban” una foto o video que subimos en alguna red social. Ser responsables de nuestra salud implica aprender a elegir. Elegir qué consumimos, cómo alimentamos, nutrimos nuestro cuerpo, cómo lidiamos con nuestras emociones y qué mensajes permitimos que influyan en la percepción de nosotros mismos.

En tiempos en los que la apariencia parece ocuparlo todo, para muchos, tal vez convenga recordar algo sencillo: La imagen es apenas una parte de quienes somos. Y ojalá no esperemos perder salud para darnos cuenta de que esta es lo verdaderamente valioso e irreemplazable. La inteligencia, la sensibilidad, la creatividad, la capacidad de amar, de trabajar, de aprender y de construir vínculos siguen teniendo un valor mucho más duradero que cualquier tendencia estética impuesta por intereses de quien sabe quién.

Y tal vez allí esté la verdadera libertad: En poder mirarnos al espejo sin olvidar que somos mucho más que el reflejo que vemos o esperan otros, que muchas veces ni conocemos.

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