Metete eso en el culo”, le endosa una senadora a otra mientras esta, aparentemente, levanta el dedo. En otra escena, una dirigente proclama: “Si ganamos por más de diez mil votos, pieza gratis de moteles para todos”. O la “refutación” de un periodista: “Se van a la puta todos, son una mierda”. Podríamos seguir. Son gestos. Palabras, me dirá más de un lector. ¿Qué importancia tienen? Para algunos, quejarse de estas cosas es mojigatería, escuché de un periodista. Antes, dicen, había más hipocresía. Puede ser. Pero, como sostuve en un artículo anterior, La desaparición de la vergüenza, una sociedad que pierde la vergüenza no se vuelve más auténtica: Pierde uno de los límites que regulaban la conducta frente a los demás.
Pero los gestos y las palabras no son solo lenguaje: Revelan una educación. O su ausencia. Dicen algo de cómo hemos aprendido a convivir, a disentir, a respetar al otro y, finalmente, a vivir en una República. Uno aprende esas cosas mucho antes de conocer la expresión competencia, en la familia. No recuerdo que en la mía se hablara de indicadores o resultados de aprendizaje. Pero había cosas que simplemente no se hacían. Por eso, cuando se debate hoy la crisis de la educación y miramos con alarma los resultados de las pruebas PISA, quizá deberíamos hacernos una pregunta anterior: ¿Qué estamos midiendo cuando decimos que medimos la educación?
Programme for International Student Assessment (PISA) mide competencias. Sus áreas centrales son comprensión lectora, matemáticas y ciencias. Le pregunta a un adolescente si sabe interpretar un gráfico, resolver un problema o comprender un texto. Son destrezas reales, y que un país las mida no está mal. Un sistema educativo que no llega al mínimo tiene un problema serio, pero medir competencias no equivale a medir toda la educación.
Hay dimensiones de la educación –el juicio, el respeto, el dominio de sí, la capacidad de escuchar al otro, el sentido de los límites– que no caben en una prueba estandarizada. Si educar no es solo entrenar destrezas, la cuestión ya no es cómo subir el puntaje en la próxima prueba PISA. La cuestión es cómo se enseñan –y cómo se miden, si es que pueden medirse– esas otras dimensiones.
Aquí está, me parece, nuestro talón de Aquiles. Hemos debilitado las humanidades: Historia, filosofía, literatura, lógica. Se las acusa de memorísticas, inútiles o alejadas de las necesidades de nuestro tiempo. Pero ¿cómo pretendemos que los jóvenes –y los no tan jóvenes– aprendan a argumentar, distinguir una razón de un insulto, reconocer una contradicción o comprender a quien piensa de otra manera si quitamos algunas de las disciplinas que durante siglos intentaron enseñar esas cosas?
Y ahí no hay examen que alcance. No hay ítem de opción múltiple que pueda preguntarle a un chico si es capaz de vergüenza, de lealtad o de reconocer un error propio sin buscar a quién culpar. Esas cosas se forman, o no se forman, en la casa, en el aula y en el ejemplo de los adultos que esos jóvenes tienen alrededor todos los días.
Y aquí el diagnóstico se vuelve más grave que cualquier informe de PISA. Las mismas personas que públicamente critican los resultados, deseducan con sus palabras y sus gestos. Y, además, son muchas veces quienes después juzgan la gestión de los docentes. Como si solo educara el docente. También educan el senador, el periodista, el dirigente y cualquiera que ocupa un lugar de visibilidad pública. Si los adultos hemos perdido la vergüenza, ¿con qué autoridad vamos a pedirles a los jóvenes que la tengan?
Aquí vuelven a entrar las humanidades. Y no me canso de insistir sobre esto. ¿Para qué filosofía, historia, literatura, arte? No solo porque formen parte de nuestra cultura. Las humanidades enseñan –cuando se enseñan bien– a leer una palabra en su contexto, seguir un argumento, descubrir una contradicción, ponerse por un momento en el lugar del otro y discutir sin convertir al adversario en enemigo. Enseñan, en definitiva, a ser personas. ¿Puede medirse también esto? De alguna manera sí. PISA, incluso, lo ha intentado. En 2018 evaluó la llamada competencia global, que incluye comprender perspectivas diferentes e interactuar apropiada y con respeto con otros. En 2022 incorporó el pensamiento creativo. Yo iría más lejos, pero eso será tema de otro artículo.
El escritor inglés C. S. Lewis escribió en 1943 una frase que, por supuesto, no pensaba en PISA: “La tarea del educador moderno no es talar selvas, sino irrigar desiertos”. Lewis hablaba de una educación demasiado ocupada en refutar convicciones y demasiado poco en formar aquello que estaba ausente. Ahí está, me parece, el diagnóstico de nuestro tiempo. PISA puede decirnos mucho sobre nuestra incapacidad de penetrar la selva cognitiva. Pero el desierto de valores y convicciones es mucho mayor.
Por eso la educación puede estar peor de lo que dice PISA. Los números pueden algún día mejorar y, mientras tanto, seguir sin caer una sola gota para hacer crecer aquellos principios y valores que se necesitan cultivar. Quizá por eso aquellas escenas de nuestra vida pública deberían preocuparnos tanto como una mala calificación internacional. También ellas son síntomas que requiere un examen. Solo que ese examen no nos evalúa PISA.